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EDICIÓN | Agosto 2017

OASIS DE GENIALIDAD

Restaurante La Diana

Parece mentira estar en pleno centro de Santiago. En la calle Arturo Prat, detrás de los tradicionales Juegos Diana, un grupo de jóvenes emprendedores y visionarios le está dando un nuevo aire a la ciudad, a sus habitantes y al diseño. Comer rico y rodearse de brillantes ideas de construcción y decoración en un solo lugar: La Diana.

Por Mónica Stipicic H. / Fotos Juan Américo Reyes

Magia. Pura magia y mucha, mucha imaginación. Esas parecen ser las primeras conclusiones que surgen después de recorrer por algunos minutos este lugar, que en poco tiempo se ha transformado en un referente en el centro de Santiago y en un símbolo de lo que hoy se conoce como gentrificación, que es el proceso de renovación y repoblamiento de barrios céntricos, que aumentan su valor y se convierten en nuevos polos de vida urbana.

Y algo así está ocurriendo entre San Diego y Arturo Prat, casi en la esquina con Santa Isabel. Precisamente ahí, y con una privilegiada colindancia con los jardines de la basílica de Los Sacramentinos, se encuentra el recientemente bautizado Espacio Diana. En él confluyen los tradicionales juegos electrónicos que ya son parte del patrimonio santiaguino, un teatro, una sala multiusos y la estrella del lugar: el restaurante La Diana.

Su historia y orígenes deben remontarse a otro local y otro barrio. Los socios y creadores de este lugar son los mismos que llevaron a cabo La Jardín, un local que funcionó de manera temporal en el barrio Italia a la espera de que los dueños del espacio afinaran los detalles de su remodelación. El proyecto duró un poco más de lo presupuestado, pero al final debió cerrar sus puertas y sus dueños comenzaron la búsqueda de un nuevo lugar.

LAS SORPRESAS

Todo empezó cuando el actor Cristóbal Muhn partió a vivir a Londres. Allí conoció al diseñador Tony Hornecker, quien realizó el vestuario de una de sus obras y lo invitó a trabajar como garzón en un restaurante que funcionaba en su propia casa. De a poco se dio cuenta de que Cristóbal tenía tremendas habilidades manuales, especialmente con la madera, y comenzaron a trabajar en varios proyectos juntos.

Con ganas de volver a Chile, La Jardín fue una muy buena excusa. Para ese emprendimiento sumaron a Rodrigo Arellano (a cargo de la programación y eventos), al chef Gabriel Marticorena y a Andrés Rodríguez para el tema de administración y finanzas. Hoy todos ellos, menos el inglés, son parte de La Diana. Y Cristóbal nuevamente está cargo del look del lugar. Y, sin duda, el look es lo que más sorprende.

Cuando estaban en la búsqueda de un nuevo espacio, recibieron un llamado del dueño de los Juegos Diana, quien les ofrecía el espacio ubicado justo detrás de su local. Se trataba de un conjunto de bodegas, que hace muchos años había pertenecido al convento de Los Sacramentinos, luego había sido parte de los propios juegos en su momento de mayor apogeo, y en los años noventa, cuando bajó la demanda por este tipo de entretenimientos, se transformó en bodega. Y eso fue lo que encontraron: un largo pasillo que a un costado albergaba espacios de bodegas angostas y muy altas, abarrotadas de máquinas en desuso.

Hubo que poner mucha imaginación, y toneladas de trabajo y talento para transformar eso en lo que hoy es La Diana. Y eso queda claro cuando se observa por una de las “ventanas” cómo era el galpón originalmente: un espacio vacío, oscuro, angosto y altísimo… un espacio en el que muy pocos habrían visualizado lo que hoy existe.

Fueron varios meses de trabajo ininterrumpido. Cristóbal hizo algunos planos de lo que quería, pero mucho fue apareciendo sobre la marcha. El principal desafío era hacer de este espacio algo funcional, evaluar el tema del desplazamiento por este pasillo enorme transformado en terraza y sacarle partido a la altura de las bodegas versus su poco espacio de profundidad.

Con la ayuda de una cooperativa de trabajo llamada CoEnergía —quienes se encargaron de la administración de obras, arquitectura, jefe de obra, faenas y maestros—, el descubrimiento de un par de maestros que resultaron unos genios del trabajo en fierro, y las toneladas de maravillas que el propio Cristóbal fue recolectando en barracas, demoliciones y galpones de anticuarios, fueron surgiendo barandas, escaleras, balcones y, mágicamente, un segundo y un tercer piso que, tal como explica su creador, lo que hacen es “abrazar” el espacio e integrarse a él.

 

MULETAS, BOTELLAS Y VERDE

El gran pasillo que da la bienvenida a La Diana, y que en esta época agradece la sombra de los árboles del jardín de la basílica, es el marco perfecto para cada pequeño gran detalle. A la izquierda está la cocina y a la derecha la barra. El centro presenta una inmensa escalera que conduce a dos alas del segundo nivel. Construida por el propio Cristóbal con tablas encajadas sobre los perfiles metálicos hechos a medida, en sus barandas tiene una solución tan práctica como genial: decenas de muletas, de las antiguas con soporte de cuero, pegadas una al lado de la otra, entregan todo el carácter al lugar.

Arriba van apareciendo, casi de forma mágica, pequeños espacios con sillas y mesas. Todo a medida, todo pensado para darle valor al lugar. Porque si uno de los espacios era un poco angosto, la mesa se fabricó con esas características y en vez de mesas se le acomodaron banquetas. Si un poco más allá el espacio no permitía mucha altura, se acomodaron sillas más bajas o simplemente se colocó una mesa pequeña rodeada de cojines. Hay espacio para cada tipo de personas y hay grupos que reservan con anticipación su rincón preferido.

Asimismo, a la entrada hay una mesa enorme. Ideal para celebrar un cumpleaños, por ejemplo. Originalmente esa fue la mesa de faena, donde se ponían los planos y se trabajaba. Hoy se completa con altas sillas de fuente de soda setentera. En el camino se fue construyendo todo.

En las mesas, los individuales están hechos con telas de cortinas antiguas. Todos son diferentes, igual que los cubiertos. Y no sólo se trata de una decisión estética, sino también práctica. En ellos es posible degustar las especialidades de la casa que, en una carta pequeña, puede pasar desde platos sofisticados como los tortellini de tinta de calamar con salsa de piure al mascarpone, hasta una simple pero deliciosa pizza para degustar con amigos junto a una cerveza fría.

Las lámparas están hechas con varios recipientes con ampolletas, cientos de botellas de cerveza unidas entre sí o antiguas lámparas de cristal unidas por un complejo sistema de poleas. Cuerdas que atraviesan el espacio de un lado a otro y que tienen como objetivo poder limpiar y renovar las ampolletas.

Todo está rodeado de plantas, muchas plantas, que a veces dan la sensación de haber surgido espontáneamente. Algunas están en maceteros, otras en recipientes de latas, algunas trepan por las paredes y otras se dejan caer desde balcones falsos que Cristóbal fue inventando para dar la sensación de continuidad. Por todos los bordes circulan pequeñas mangueras negras, casi imperceptibles, que forman un complejo y eficiente sistema de riego.

Cada paso recorrido es una nueva sorpresa. Todos los rincones atrapan, todos invitan a quedarse, conversar y comer rico. Parece increíble estar sentado en pleno centro de Santiago. Parece mentira estar a pocos metros del calor, los bocinazos y los apretujes en el metro. Pero es así. El oasis está aquí. Y logrado con creces.

 

Los socios y creadores de este lugar son los mismos que llevaron a cabo La Jardín, un local que funcionó de manera temporal en el barrio Italia a la espera de que los dueños del espacio afinaran los detalles de su remodelación.

Arriba van apareciendo, casi de forma mágica, pequeños espacios con sillas y mesas. Todo a medida, todo pensado para darle valor al lugar. Hay espacio para cada tipo de personas y hay grupos que reservan con anticipación su rincón preferido.

Toneladas de maravillas se recolectaron en barracas, demoliciones y galpones de anticuarios. De ellas surgieron barandas, escaleras, balcones y, mágicamente, un segundo y un tercer piso que lo que hacen es “abrazar” el espacio e integrarse a él.

Todo está rodeado de plantas, muchas plantas, que a veces dan la sensación de haber surgido espontáneamente. Algunas están en maceteros, otras en recipientes de latas, algunas trepan por las paredes y otras se dejan caer desde balcones falsos.

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