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EDICIÓN | Agosto 2017

El Reino Prohibido

Nepal-Mustang

Sólo mil personas al año pueden visitar la zona de Mustang, más conocida como el reino prohibido de Nepal. Impresionantes ceremonias fúnebres, misteriosas cuevas y templos milenarios se aparecen mágicamente en una aventura que nos lleva por un lugar que parece detenido en el tiempo y en el espacio.

 

Texto y fotos: Rodrigo Ponce V.

El reino prohibido de Nepal. El reino de Shambala. Shangri-la. El paraiso perdido del Himalaya. Muchas denominaciones, mucha leyenda y muchas historias rodean al Mustang, zona montañosa del norte de Nepal, enclavada en la cordillera más alta del mundo, los Himalayas, y vecino del Tíbet, antiguo y vasto territorio de larga historia hoy bajo control chino. Acaso el término 'prohibido’ es el que mejor lo describió, pues sólo en la decada de los ’60 hizo ingreso el explorador francés Michel, quien con sus relatos expuso al mundo los secretos, maravillas, tesoros y misterios que rodean -hasta hoy- al Mustang.

Hoy sigue siendo una zona protegida y restringida; se debe solicitar un permiso especial al gobierno para poder entrar (además del pago de una visa de unos 50 dólares diarios) y sólo se otorgan 1000 permisos al año; es decir, aglomeraciones no hay. Es obligatorio ademas ir con un guía autorizado.

En general las zonas más conocidas de Nepal, como los Annapurnas e incluso el campo base del Everest son bastante concurridas, aunque no por ello poco interesantes; al contrario, en realidad (tuve la oportunidad de viajar por ahí algunos años atrás). Pero la zona de Mustang tiene muchos encantos particulares: es una zona alejada y de dificil acceso (a pesar que ahora hay un camino que permite llegar en 4x4), las jornadas de trekking son largas y a veces exigentes, algunas de 7 u 8 horas entre 3000 y 4100 msnm., y el clima puede ser duro.

El viaje parte en Jomsom, pequeño poblado al que se llega luego de un corto viaje en avión desde Pokhara, una de las ciudades más turísticas y concurridas de Nepal. El vuelo suele ser por la mañana temprano, antes que el clima aconseje no despegar, pues a pesar que los aviones que se usan son pequeños y resistentes, y los pilotos experimentados, la alta montaña y el viento poderoso imponen sus condiciones. Desde Jomsom comienza la caminata cerro arriba, siguiendo el río Kali Gandaki.

Tras unas horas se arriba a Kagbeni, pequeño poblado típico, con calles de piedra y construcciones en piedra y madera de dos pisos, según la costumbre. En los techos se suele almacenar madera, que es un bien escaso por estos lados. Kagbeni es la última localidad que se puede ingresar libremente; más allá, como señalé antes, es obligatorio contar con el permiso oficial, siendo revisado y timbrado por un funcionario antes de emprender la marcha.

En el camino iremos encontrando poblados de distinto tamaño, desde un par de casas hasta villorrios donde viven algunos cientos de personas, los más grandes. En todos ellos, eso si, se puede encontrar comida y alojamiento, a precios más que razonables: por unos 5 mil pesos chienos se duerme y se come, y se come bien. Siendo Nepal un país en parte Hinduista y en parte Budista, prácticamente no se come carne. La dieta es más bien vegetariana, y el plato principal -dal bhat-, es arroz blanco, lentejas y curry de papas; es asombroso eso si que en cada lugar el sabor es ligeramente distinto, a veces más picante, otras con más verduras, algunas adornado con algo extra. De todas formas es muy sabroso y apropiado para días de largas caminatas y gasto calórico importante.

En el Mustang todo es orgánico, en el sentido amplio de la palabra: por un lado la agricultura no usa químicos ni pesticidas y la conexión y respeto por el medio ambiente es bastante visible. Se usan métodos que tal vez nos parezcan curiosos, pero en este caso el lugar determina la acción; por ejemplo, todos los baños (que no son otra cosa que un hoyo en el suelo) de las casas están en el segundo piso, de tal forma que los desechos caen en una pequeña y oscura habitación en la planta baja y son mezcladas con hierbas para hacer compost y asi directo a fertilizar los campos. Los desechos de los animales, como vacas, caballos y yaks son secados al sol y usados como combustible en las estufas y cocinas. Los agricultores, que son la mayoría de la población acá, están muy organizados y acuerdan cada año qué va a  sembrar cada uno y dependiendo de eso se decide cuánta agua va a usar y en qué orden se va a hacer la siembra y la cosecha; todo un ejemplo de interacción y espíritu cooperativo.

Pero sin duda la ceremonia más curiosa viene con la muerte de un habitante del Mustang; el budismo es predominante en esta área, y por lo tanto se debiera cremar los cuerpos de los fallecidos luego de cumplidos ciertos ritos, y para ello se necesita leña. Pero en la alta montaña la leña escasea, en el mejor de los casos. ¿Entonces? Bueno…¿han oido hablar de los ‘funerales o entierros aéreos’? ¿No? El asunto es simple, hermoso y a la vez muy duro (y orgánico, no lo olvidemos): una persona de la comunidad designado para ello toma el cadaver y lo troza en partes muy pequeñas con un machete. Los buitres, que abundan y atraídos por el olor de la carne, son alimentados con estos trozos; los toman, mastican y tragan y una vez terminado el banquete vuelan lejos. La carne vuelve a la naturaleza, transmutada. Es el ciclo de la vida. Es la rueda del Dharma.

Los pequeños poblados de nombres difíciles se van sucediendo: Tchele, Geling, Tsarang, Dhamkar, Syangbochen, Chhusang. Finalmente, después de varios días de caminata con mochila al hombro, arribo a Lo Mantangh, la antigua ciudad amurallada, que solía ser la capital del reino, y cuyo nombre usan desde siempre sus habitantes para referirse al Mustang : la tierra de Lo. Es el poblado más grande de esta zona y cuenta con algunos tesoros destacables. Existen tres templos del siglo XIII, en cuyo interior existen imágenes doradas de Buda, algunas de 3 o 4 metros de altura, además de pinturas en sus murallas que describen la vida de Buda o de algún Dios. Todo con un detalle, técnica y colorido que asombran. Todo tiene casi mil años y a pesar de la precariedad económica (Nepal es el segundo paìs más pobre de Asia, después de Bangladesh), se mantiene bastante bien. Bueno, ese es el sentido de la restricción y protección de este lugar.

Al final del trayecto, a unas horas de caminata de Lo Mantangh y casi en la frontera con Tibet, se encuentra uno de los misterios más grandes de la tierra de Lo: en los cerros circundantes, y talladas en sus paredes verticales de arenisca, existen cientos de cuevas hechas por los antiguos habitantes, unos 3000 años atrás según las últimas investigaciones. Son complejos sistemas de galerías conectadas entre si, con ventanas, pasadizos y fogones donde ellos habitaban y probablemente se defendían. No se sabe exactamente quiénes eran ni cómo construyeron las cuevas (ni cómo accedían a ellas pues a primera vista parece imposible trepar a ellas), pero se plantea que esta zona era una especie de carretera de comercio entre India y Tibet desde hace unos 5 mil años, y que los habitantes de las cuevas eran agricultores y usaban hierro y cobre, según los vestigios que se han hallado hasta ahora.

Acá se acaba el trayecto y me preparo para mi regreso a Jomson y luego a Kathmandú, la capital nepalesa. Me ofrecen alivianar un poco el viaje y tomar un jeep local hasta un poblado cercano que me ahorra un par de días (duros días) de caminata. Acepto encantado, previo pago, eso sí. Como soy el único turista me ofrecen ir adelante, de copiloto. Acepto más que feliz (somos 9 más el chofer). Saco a relucir mi cortísimo conocimiento idiomático: Dannebat! (Gracias!)

 

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