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EDICIÓN | Agosto 2017

DE PASEO POR NUESTRA HISTORIA

Palacio Cousiño

Visita obligada del centro capitalino, esta mansión acaba de reabrir sus puertas después de los daños que sufrió para el terremoto de 2010. Conocida y reconocida, cada uno de sus rincones sigue sorprendiendo como símbolo de un Chile marcado a fuego en la memoria del país.

Por Mónica Stipicic H. /Fotos Andrea Barceló

Recorrer sus pasillos y salones es como meterse en un libro de historia. Es recordar las lecciones escolares, pero también cerciorarse de la existencia de un Chile esplendoroso, de riqueza, elegancia y sofisticación.

 

El Palacio Cousiño es el símbolo de todo eso. Es la gran mansión de Santiago y el hogar de una de las familias más poderosas de nuestra historia. El matrimonio formado por Luis Cousiño e Isidora Goyenechea reunió a lo más granado de la elite chilena; una familia millonaria por la minería que, además, tenía la rareza de ser inmensamente feliz… sí, porque en una sociedad de matrimonios por conveniencia, Luis e Isidora se amaron profundamente el tiempo que estuvieron juntos. Que no fue mucho, porque él murió antes de cumplir cuarenta años.

 

Lo curioso de su historia de amor es que eran hermanastros. Tal cual. La madre de Luis, Loreto Squella, murió en el parto y su padre, don Matías Cousiño, se casó seis años después con la joven viuda de Ramón Ignacio Goyeneche, María de la Luz Gallo. Es decir, los futuros esposos se conocieron siendo niños y compartieron una infancia en Lota, donde crecieron alrededor de las minas de carbón.

 

Como una prueba de su fortaleza marital y del poder de sus apellidos, en 1870 encargaron al arquitecto francés, Paul Lathoud, la construcción de la casa familiar, emplazada en la entonces aristocrática calle Dieciocho. La obra duró ocho años y todo lo que hay adentro se trajo directamente desde Europa, pero el dueño de casa murió de una tuberculosis fulminante en medio del proceso, por lo que nunca pudo habitarla. Eso no impidió que Isidora y sus seis hijos se mudaran allí hasta 1938, después de lo cual se vendió a la alcaldía de Santiago para ser utilizada como residencia de visitas ilustres.

 

Durante varios años cumplió esa función, hasta 1968, cuando un incendio destruyó por completo el segundo piso. La reconstrucción no fue fácil, hubo que recurrir a anticuarios para reponer muebles, a coleccionistas para recuperar algunas obras de arte y a la misma familia Cousiño que donó algunas piezas. De esa forma fue reinaugurado en 1977 como un museo, aunque sólo el primer piso conserva fielmente su estilo original.

 

El terremoto de febrero de 2010 volvió a remecerlo y destruyó parte de sus molduras y artesanado, por lo que fue necesario cerrarlo nuevamente para su total remodelación. Hoy está de nuevo abierto al público en gloria y majestad. Y vale la pena recorrerlo.

 

 

SENTIR LA HISTORIA

 

La entrada impacta con un piso de cerámica italiana pintada a mano y cuatro pinturas que representan las estaciones del año. El paso siguiente es a la llamada “Sala de recibo”, que es donde se instalaban las mujeres antes de entrar a la casa. El mobiliario es Luis XVI y las paredes están tapizadas en velour francés. En paralelo está la “Cancillería”, que era el espacio destinado para que los hombres esperaran ser recibidos.

 

A un costado se encuentra el Salón Dorado, que se llama así porque está completamente laminado en oro. Este es el salón de baile, el verdadero epicentro de la vida social santiaguina a fines del siglo XIX. Posee un juego de espejos que entrega una mayor amplitud, chimeneas en mármol de Carrara y cortinas hechas a mano por monjas francesas. Dentro de sus detalles destacan muebles como el “indiscreto”, que es un sillón para tres personas, en que los novios se sentaban a los costados y la chaperona en el medio, y la pintura del cielo raso, que originalmente era una obra de Ignace Domaire, pero que resultó muy dañada por el agua el día del incendio y debió ser restaurada completamente por Miguel Venegas Cifuentes.

 

La película de época se completa con la Sala de Música, espacio para música en vivo, con capacidad para una orquesta de doce músicos y construido con forma ovalada para asegurar buena acústica. Los detalles acá son impresionantes: las cenefas de las cortinas tienen pequeños instrumentos musicales, el piano es un Érard original y el centro está coronado por la escultura Lucía de Alejandro Rossi.

 

Como en ese tiempo los roles femenino y masculino se mantenían bastante separados, en el palacio existía un Salón de Té, en que se reunían las mujeres y un Salón de Juegos para los hombres. En el primero destacan los muebles en madera de palo de rosa, una gran lámpara de cristal de Baccarat y un cuadro de Pedro Lira llamado La mucama de celeste. En la sala destinada a los hombres, destacan los motivos de la luna creciente junto a una estrella en las cortinas, símbolo del Imperio Otomano y del islam.

 

 

Espacios simbólicos

 

El Invernadero es uno de los lugares más icónicos de esta casa. Considerado una de las grandes innovaciones de esta residencia, está marcado por un piso de cerámica mayólica y calefacción central, que proviene de unas cañerías de cobre que lo recorren completamente y por las cuales circula agua caliente proveniente de la caldera subterránea.

 

La entrada al comedor principal impacta por su estilo barroco bávaro. Los muebles están repletos de detalles, los muros tapizados en cuero y en la mesa caben cómodamente veinticuatro comensales. Destaca un gran aparador, que viajó por partes en barco junto a un grupo de ebanistas que lo ensamblaron en el mismo espacio donde hoy se encuentra.

 

El paso siguiente es el gran Hall Central, de estilo neoclásico y morisco, enmarcado por dos grandes cuadros de don Luis y doña Isidora y coronado por una inmensa lámpara de cristal de Bohemia, que pesa media tonelada, posee sesenta ampolletas y trece mil cristales. Otra de las exquisiteces de esta casa es un ascensor, el primero de su tipo fabricado en Chile, que funcionaba con un sistema hidráulico y que fue colocado allí sólo por una cosa vanguardista, pues nadie en la familia tenía necesidades espaciales ni estaba impedido de subir la escalera.

 

La casa era servida por un grupo que variaba entre las veinte y las veinticinco personas. Todos ellos vivían en una casa ubicada afuera, donde también estaba la cocina. La única excepción era el mayordomo, quien vivía en una pequeña residencia a la entrada del palacio. Ellos mantenían, entre otras cosas, la monumental escalera, tan representativa de esta residencia. Con más de veinte tipos de mármol separados en cada uno de los peldaños, esta sube en un tramo y luego se divide en dos y sus muros están decorados por pinturas alegóricas de George Clairin.

 

Al llegar al segundo piso, las escenas que se observan son de la familia Cousiño en Santiago y en París, que fueron originalmente pintadas por Clairin, pero tras el incendio debieron ser restauradas por el chileno Manuel Venegas. Hay escenas en el Portal Fernández Concha, el Club Hípico y el Parque Cousiño, por un lado, y del Café de la Paix, la Plaza de la Concordia y los Campos Elíseos, por el otro. Tal como era la vida de Isidora y sus hijos: una temporada en cada país.

 

 

Lo nuevo y los recuerdos

 

La diferencia entre el primer y el segundo piso se evidencia rápidamente. Aunque se nota que existió un esfuerzo por reproducir lo que era la casa antes del incendio, no todo lo que allí existía pudo recuperarse. Prueba de ello son los parqués originales del piso, que hoy son expuestos a través de una palmeta rescatada del fuego a la entrada de cada habitación.

 

Originalmente, la segunda planta consideraba diez dormitorios, un escritorio, dos salitas y cinco baños. La familia se instalaba en el área poniente, mientras que en la contraria dormían institutrices y niñeras. Uno de los espacios destacados es la habitación de doña Isidora, del que se conservan el peinador, el velador y el respaldo originales. También hay un dormitorio de niño que conserva su mobiliario, y que fue donado por uno de los herederos de la familia.

 

Cuando se decidió convertir la casa en museo debieron agregarse algunas cosas, como salidas de emergencia, señaléticas y baños de uso público, lo que modificó algunos detalles, sobre todo en el segundo piso.

 

Para el final queda el jardín, coronado por un impresionante gomero de ciento treinta años. Todos sus detalles fueron diseñados por el paisajista español Manuel Arana, quien además había proyectado el Parque Cousiño (actual Parque O’Higgins). En su monumental terraza se realizaron eventos tan recordados como el matrimonio de Cecilia Bolocco, pero hoy no están disponibles para celebraciones privadas. La gran novedad de esta última remodelación es un espacio originalmente utilizado como cava de vinos, ubicado en el subterráneo a un costado de la caldera, que fue transformado en galería de arte.

 

Cada espacio, cada rincón de este lugar nos habla de nuestra historia. Pero, además, tiene el mérito de ser una obra bien lograda en un país en que la reconstrucción y la restauración no siempre resultan exitosas. Visitar y recorrer el Palacio Cousiño vale la pena desde el primer momento. Desde el instante en que se atraviesa una reja que deja atrás la ruidosa esquina céntrica en que se emplaza para dar paso a los acordes de la música clásica, al piano tocando incesantemente, a los grandes vestidos de época y al rostro de doña Isidora, sentada a la sombra del jardín, silenciosa y reservada, llorando la ausencia de su marido, cuya muerte impidió vivir juntos este sueño histórico.

 

En 1870 encargaron al arquitecto francés Paul Lathoud la construcción de la casa familiar, emplazada en la entonces aristocrática calle Dieciocho. La obra duró ocho años y todo lo que hay adentro se trajo directamente desde Europa, pero el dueño de casa murió de una tuberculosis fulminante en medio del proceso, por lo que nunca pudo habitarla.

 

 

El Salón Dorado, llamado así porque está completamente laminado en oro, es el salón de baile, el verdadero epicentro de la vida social santiaguina a fines del siglo XIX. Posee un juego de espejos que entrega una mayor amplitud, chimeneas en mármol de Carrara y cortinas hechas a mano por monjas francesas. Dentro de sus detalles destacan muebles como el “indiscreto”, que es un sillón para tres personas, en que los novios se sentaban a los costados y la chaperona en el medio

 

 

Originalmente, la segunda planta considerada diez dormitorios, un escritorio, dos salitas y cinco baños. Uno de los espacios destacados es la habitación de doña Isidora, del que se conservan en peinador, el velador y el respaldo originales.

 

El jardín está coronado por un impresionante gomero de ciento treinta años. Todos sus detalles fueron diseñados por el paisajista español Manuel Arana, quien además había proyectado el Parque Cousiño (hoy Parque O’Higgins).

 

La gran novedad de esta última remodelación es un espacio originalmente utilizado como cava de vinos, ubicado en el subterráneo a un costado de la caldera, que fue transformado en galería de arte.

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