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EDICIÓN | Agosto 2017

Alimento generoso

Giglia Lancellotti, presidenta Fundación Gota de Leche
Alimento generoso

De la solidaridad y esperanza de un grupo de mujeres, surgió la Gota de Leche, hace casi ochenta años, en Ovalle. En ese entonces, entregar un alimento básico para aplacar la desnutrición de niños y madres fue su primera misión. Con el tiempo, se fue adaptando a las necesidades y, hoy, cien niños y jóvenes reciben su almuerzo diariamente. Una obra que, al igual que una posta, ha perdurado en el tiempo gracias al aporte de sus socias, de colaboradores y de la entrega diaria de su presidenta, Giglia Lancellotti, a quien más allá de un vínculo familiar con esta fundación, la une el agradecimiento a la vida. 

Por Verónica Ramos B. / Fotografía: Francisco Díaz U.

Son las once y media de la mañana y la casa que cobija a esta institución, hace más de cuarenta años, luce acogedora y radiante. Ubicada en calle Socos 450 en Ovalle, el comedor de la Fundación Gota de Leche ya está dispuesto para atender a los cien estudiantes que, de lunes a jueves, reciben su almuerzo.

 

A la una de la tarde comienza a llegar el primer grupo de alumnos de un colegio cercano. Saludan cordialmente, se instalan en sus puestos y las socias de esta fundación, quienes se turnan para atenderlos, se apresuran en sus labores, pues los chicos deben volver a sus clases y el segundo grupo se apronta en llegar. Hasta las dos de la tarde, la rutina es la misma, en especial desde que el ministerio de Educación extendiera la jornada en los colegios. Y es que la Fundación Gota de Leche, pronta a cumplir ochenta años desde su formación, ha debido adaptarse a los cambios, a las necesidades y a los tiempos.

 

En la antesala del comedor, una serie de fotografías, la mayoría en blanco y negro, refleja una parte importante de esta historia que nació en 1937, bajo el alero de un directorio integrado solo por mujeres y todas residentes en Ovalle; entre ellas, Berta Montt de Muñoz, Matilde Ortiz de Zárate de Álvarez y Elena de Bulnes. Junto a estos rostros, figuran varios más que dieron continuidad y permanencia a esta gran obra, incluso parte de ellos tiene un vínculo directo con quien hoy es la presidenta de esta fundación.

 

CORAZÓN DE OVALLINA

 

Giglia y dos de sus cinco hermanos ya habían nacido cuando su madre, Carmen Gloria González, decidió estudiar educación de párvulos en la Universidad de La Serena. Después de algunos años y tras la aventura de acompañarla en su proceso de formación, la familia Lancellotti González regresa a Ovalle. Giglia siempre soñó en convertirse en bailarina de ballet, disciplina que estudió hasta los dieciséis años, sin embargo, el cierre de la carrera en la Universidad de Chile, la llevó a seguir los pasos de su madre. Trabajó un tiempo en el jardín infantil formado por Carmen Gloria en Ovalle y, luego, en el colegio Santa María.

 

“Cuando me embaracé de mi segunda hija, no volví a trabajar. Me dediqué tiempo completo a mis niños, porque mi proyecto de vida era la familia”, afirma Giglia Lancellotti, esposa del reconocido empresario inmobiliario, Raimundo Peñafiel y madre de cuatro hijos: Eduardo, Javiera, Josefina y Raimundo.

 

¿En qué momento te integras a la fundación?

Varias de las mujeres que ves en estas fotos me invitaron a ser parte de la Gota, pero mis niños estaban muy pequeños y dejarlos durante la hora de almuerzo era complicado. Decidí entrar a la Gota, en el 2006 y cinco años despues fue elegida presidenta de la fundación.

 

Pero mucho antes ya estabas vinculada con su historia

¡Así es! Berta Montt de Muñoz llega a Ovalle con la idea de crear la Gota de Leche. Conoce a varias señoras de la ciudad, entre ellas a Berta Olivares de Peñafiel, abuela de mi esposo Raimundo. A su vez, invita a sus cuatro nueras a integrar la fundación, entre las cuales figura mi suegra, Florencia Salas. Todas las integrantes son mujeres muy arraigadas a la zona, muy solidarias y generosas con su tiempo y dedicación. Cuando Berta Montt se traslada de la ciudad deja en manos de otro directorio la responsabilidad de continuar con esta labor que, en definitiva, es un voluntariado.

 

¿Cuál era la misión de la Gota de Leche en ese entonces?

La primera necesidad fue preocuparse de la desnutrición. En 1937 no existían muchos recursos y esta fundación comienza a colaborar con harina para que las familias pudiesen elaborar el pan y coordina, también, las visitas de médicos para tratar el bajo peso de los niños. Con el tiempo, la Gota entrega un vaso de cocho, un vaso de leche y una ración de pan a los niños de ciertas escuelas, incluso se daba el alimento a las madres que después de dar a luz quedaban desmejoradas nutricionalmente.

 

Y las necesidades fueron cambiando

¡Exacto! Las señoras fueron muy visionarias, porque les regalaron unos terrenos en Tongoy, los vendieron y compraron esta propiedad hace cuarenta años. Aquí se formó el comedor y se empezó a entregar el almuerzo a niños de escuelas de la comuna, desde los cinco a los doce años. Cuentan que esta época fue muy linda, porque los chicos veían a la Gota como su hogar. Pasó el tiempo y la JUNAEB comenzó a entregar alimentación a las escuelas, por lo tanto, dejamos de recibir a los más pequeños y optamos por entregar el almuerzo a niños de séptimo básico hasta cuarto medio. Una nutricionista nos ayudó para que la dieta fuese lo más balanceada posible. Hoy, son cien niños y jóvenes que almuerzan de lunes a jueves en la Gota.

 

¿Con el tiempo se van sumando también más colaboradoras?

Se invitó a las amigas, a conocidas y la gente fue llegando con el afán de aportar. La Gota se rige por estatutos y para integrarla, en esos años, las personas debían cumplir ciertos requisitos y uno de ellos era asumir una cuota mensual. Con este aporte económico se financia la fundación hasta hoy, junto con la colaboración de un par de empresas que nos ayudan todos los años.

 

LAZOS Y GRATITUD

 

Que la Gota de Leche perdure en el tiempo y que sus socias, además de colaborar con un aporte económico mensual, dediquen parte del día a este servicio voluntario son los principales objetivos de la fundación. “Tenemos un equipo de trabajo maravilloso formado por Andrea, nuestra secretaria; Silvia Cabrera, quien hace cuarenta años es la cocinera de la Gota, y Miriam, la ayudante de cocina. Todas ellas son de una generosidad extraordinaria, porque al margen de que tengan un sueldo, tienen puesta la camiseta de la Gota de una manera que impresiona”, recalca Giglia.

 

¿Organizan actividades a beneficio de la Gota?

Hemos realizado desfiles de moda, exposiciones de arte, rifas, bingos. Nuestra intención ha sido poner en la retina de la gente la obra de esta fundación, porque estaba un poco olvidada. Era necesario darla a conocer. Todo lo que hemos hecho ha sido a pulso y  gracias a las cuotas de los socios, donaciones de un par de empresas de la zona, de una colecta anual y del arriendo de unas propiedades que posee la Fundación. Nuestros hijos y amigos, también colaboran y eso es muy enriquecedor.

 

¿En lo personal, que te motiva a dirigir esta fundación?

En el 2018, cumplo ocho años como presidenta de la Gota. Es un cargo que no da ningún poder ni trato especial; si tengo que trabajar en la cocina o en lo que sea lo hago. Las decisiones se toman en conjunto y somos un gran equipo de trabajo. Ahora, de las motivaciones personales, tengo cuatro hijos sanos, una familia unida y la gente que quiero está cerca. Tengo una vida plena, obviamente con altos y bajos como todo el mundo, pero soy una mujer feliz. El agradecimiento y el aportar para que otros también tengan una buena vida es lo que me atrae a la Gota de Leche.

 

Para tu marido debe tener un valor especial el que formes parte de esta obra 

¡Por supuesto! Hay un afecto especial de Raimundo por la Gota, porque su abuela, su madre y sus tías formaron parte de ella. Además, para mí, él es uno de los grandes colaboradores de la fundación. Siempre está ahí, apoyando. Así como mi marido, también hay muchos esposos de socias que aportan de una u otra manera.

 

Pero la ayuda no siempre es suficiente para solventar los gastos

Nosotros tenemos las puertas abiertas de nuestro comedor para quien desee participar, colaborar o hacerse socio. Es tan importante ese granito de arena y, la verdad, hace feliz a cualquiera. Lo cierto es que nos faltan socios que aporten con una cuota mensual que parte desde los dos mil pesos y, también, necesitamos más voluntarios que acompañen y ayuden a los chicos en la entrega de su almuerzo.

 

¿Hasta la fecha son solo socias, la invitación también va para los hombres?

¡Absolutamente! Sería muy interesante tener la visión y el apoyo de ellos. Contar con más profesionales también, porque como institución es muy necesario en el quehacer diario.

 

¿Los niños y jóvenes de la Gota valoran esta obra?

En una ocasión llegó un joven a hacerse socio y después supimos que él había estado en la Gota. En la calle, cuando hacemos la colecta, algunas personas nos han dicho “yo almorcé en la Gota de Leche y soy un agradecido de esta fundación” ¡Esto es muy lindo!

 

Y es el reflejo de una realidad

Nos damos cuenta de que somos privilegiados y que hay tantas personas que necesitan de nuestra ayuda. Si no salimos de la burbuja, no vemos y no conocemos lo que pasa en nuestra sociedad. Despertar en uno la semilla de la solidaridad, de dedicarle tiempo al otro, de ser generoso, permite que nuestro camino sea mucho más enriquecedor y nos hace más felices. 

 

“Todas las integrantes son mujeres muy arraigadas a la zona, muy solidarias y generosas con su tiempo y dedicación”.

“La primera necesidad fue preocuparse de la desnutrición. En 1937 no existían muchos recursos y esta fundación comienza a colaborar con harina para que las familias pudiesen elaborar el pan”.

“Nuestra intención ha sido poner en la retina de la gente la obra de esta fundación, porque estaba un poco olvidada”.

“Tengo una vida plena, obviamente con altos y bajos como todo el mundo, pero soy una mujer feliz. El agradecimiento y el aportar para que otros también tengan una buena vida es lo que me atrae a la Gota de Leche”.

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