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EDICIÓN | Agosto 2017

Que viva el rey

Por Marcelo Contreras
Que viva el rey

La última canción que interpretó en su vida fue Blue Eyes Crying in the Rain, una pieza con carácter de elegía famosa por Willie Nelson. “Cuando nos encontremos allá arriba”, dice la letra, “vamos a pasear de la mano de nuevo en la tierra que no conoce las separaciones”. Es el 15 de agosto de 1977. Elvis Presley tiene cuarenta y dos años y está a punto de iniciar una nueva gira.

Las cosas no van bien para el rey del rock. Un sobrepeso extraordinario, producto de una demencial dieta de veintidós mil calorías diarias, ha quebrantado su salud. Conciertos grabados en junio contienen imágenes desoladoras. Al turno de la balada Unchained Melody se sienta al piano. El rostro demacrado y abotagado parece una máscara grotesca. Elvis resopla. Toma vuelo y remata las últimas notas con evidente dificultad. El público observa en silencio y apesadumbrado. Ese hombre que veinte años antes había protagonizado una revolución parece acabado. 

Elvis Aaron Presley murió el 16 de agosto de 1977. Ha vendido más de seiscientos millones de discos en el mundo. Solo en EE.UU. registra cincuenta y tres álbumes de platino (once más que The Beatles), veinticinco multiplatino y uno de diamante.

Más que las cifras y el trágico final, fue protagonista de un cambio cultural. Su irrupción cambió el juego ante la autenticidad y la pasión que demostraba en el escenario y los estudios de grabación. Los artistas que le antecedieron, algunos gigantes como Frank Sinatra, aún se remitían a un molde. Elvis rompió con ese viejo orden y fundó uno nuevo donde podías ser como quisieras. Por supuesto, están las canciones, muchas de ellas sencillamente maravillosas e indemnes al paso del tiempo. Pero lo suyo, antes que todo, fue un gesto de libertad. 

 

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