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EDICIÓN | Agosto 2017

Dibujos y acuarelas

María José Puga, ilustradora
Dibujos y acuarelas

Pintar y recortar son cosas que ella ha hecho con gusto desde que era niña. Nació en Santiago y estudió diseño en Valparaíso, donde, en 2012, fundó la tienda/galería Loba, que se volvió un referente de la ilustración para los artistas que no tenían dónde exponer. Ahora es directora de la carrera de Ilustración del Instituto Arcos de Viña del Mar y, paralelamente, hace dibujos por encargo.

Por Francia Fernández P./ Fotografía José Luis Urcullú

“Lo más inspirador que tenemos los artistas son nuestras vivencias, nuestros sueños, nuestra infancia”, afirma la ilustradora María José Puga (33), que, de niña, se quedaba horas dibujando en la cama. “El dibujo siempre estuvo presente en mí. En el colegio era la alumna a la que sacaban a la pizarra. Además, me resultaba más fácil dibujar ciertas emociones que expresarlas en voz alta. Mis padres eran separados y el dibujo fue una especie de canalización; un escape y un refugio”, agrega, sentada en su casa de Barrio Puerto, donde también funciona su taller, un espacio colorido, con imágenes de zapatos puntiagudos, paraguas abiertos y ventanas redondas, elementos que conforman su mundo creativo.

 

Santiaguina, creció en la Villa Olímpica de Ñuñoa, arropada por el amor de su madre y su abuela, y deslumbrada por un mural que veía en la casa de un tío pintor. A Valparaíso llegó hace doce años, a estudiar diseño en la PUCV; se enamoró del puerto y se quedó. Luego de transitar un camino solitario y de autogestión —iba vendiendo sus dibujos por los bares o se ponía con un pañito en alguna feria—, en 2012, junto con la fotógrafa Geraldine Pacheco, fundó la tienda-galería Loba, que albergó producción propia —para exponer sus trabajos— y de ilustradores emergentes, y dio vida a Apocalipsis (2014), el primer festival de ilustración realizado en Valparaíso y bautizado así por las catástrofes a las que este está expuesto.

 

Actualmente, María José es directora de la carrera de Ilustración del Instituto Profesional Arcos de Viña del Mar, donde también da clases e impulsa el Festival de Ilustración Sacapuntas, que tiene lugar en el Museo Artequin y cuya segunda versión se hará en noviembre.

 

¿La carrera se creó contigo?

Sí, van cuatro años. Ha sido un aprendizaje increíble. Tenemos setenta y cinco alumnos; el primer año sólo había once, este año se inscribieron cincuenta. Creo que tiene que ver con que ahora hay un mercado para la ilustración y también es más visible: con las Redes Sociales es mucho más fácil mostrar tu pega. Cuando yo empecé, nadie sabía lo que era. Era una utopía, pero a mí me gustaba y sentía que era lo único que sabía hacer. Después, con la Loba, tuve que organizar exposiciones, hacer curaduría, atender al público, y me di cuenta de que no sólo sabía dibujar, sino que podía organizar, convocar, tomar decisiones.

 

La Loba sirvió de plataforma para los artistas jóvenes...

Sí, pavimentó el camino para los ilustradores, sobre todo en regiones, porque aparte de que la ilustración era desconocida y no había dónde exponer, todo estaba centralizado. Refrescó el panorama y metió un poco de discurso, por ejemplo, con el “no” al mall en Valparaíso y con muestras sobre el aborto. Usamos la ilustración para opinar sobre problemáticas. Fue el gran aporte de la Loba. Después cumplió un ciclo y se cerró.

 

¿Ahora la ilustración chilena pasa por un buen momento?

Hay muy buenos ilustradores y editoriales, y un escenario que se viene dando desde 2008-09. Yo creo que la ilustración está en un momento de ser reconocida, como la mexicana, la argentina, la española. Antes había buenos representantes en el extranjero, pero ahora puede hablarse de “ilustración chilena”. Comienzan a mirarnos como grupo.

 

¿Hacia dónde miras para enseñarles a tus alumnos?

Miro lo cotidiano. Me interesa que los chicos miren qué pasa en su mundo, porque todos los ilustradores en Chile crecimos con una historia importada: libros de dragones, princesas, muy europeos. Llegan muchos chicos pasados a animé, algo que no nos representa. Valparaíso y Chile, en general, tienen un imaginario muy rico. Entonces me interesa tener una camada de ilustradores bien conectados con su territorio.  

 

PINTAR, RECORTAR, SER FELIZ

 

María José se crió leyendo a los hermanos Grimm. Es ilustradora publicitaria: hace dibujos para empresas, el gobierno, pymes, bandas musicales y compañías de teatro. “Experimento cuando me encargan trabajos. Hace poco empecé a hacer maquetas tridimensionales, como la de la Fotomaratón del Festival de Fotografía que se hace en Valparaíso”, cuenta. “Son ilustraciones, que pinto y recorto, dispuestas en una maqueta con escenarios, a la cual le saco una fotografía, y eso vendría a ser lo final”. Cuando tenga suficientes “monitos” planea montarlos dentro de cajas y botiquines, en una exhibición. “Lo haré en una galería en Valparaíso. También espero devolverle algo a la ciudad, con afiches para un proyecto vecinal llamado Somos Barrio Puerto, que pretende tirar para arriba el barrio y sacarlo del abandono en que lo tienen las autoridades”, indica.

 

¿Trabajas con materiales específicos?

Soy acuarelista. Aunque me gusta ir probando otras cosas, la acuarela es lo que más me identifica: genera atmósfera, transmite emociones y me calma. Con ella hay que tener paciencia, porque es lenta; esperar a que se seque una capa para poner otra; preparar el color, los pinceles.

 

¿Y qué es lo más importante que has hecho hasta ahora?

Mi hijo Dante (se ríe). Tiene nueve años. Creo que ya renuncié a ser importante, ahora solo me interesa ser feliz y crear.

 

“La Loba pavimentó el camino para los ilustradores, sobre todo en regiones, porque aparte de que la ilustración era desconocida y no había dónde exponer, todo estaba centralizado. Refrescó el panorama y metió un poco de discurso”.

“Hoy hay muy buenos ilustradores y editoriales. Yo creo que la ilustración chilena está en un momento de ser reconocida, como la mexicana, la argentina, la española... Comienzan a mirarnos como grupo”.

“Me interesa que mis alumnos miren qué pasa en su mundo, porque todos los ilustradores en Chile crecimos con una historia importada: libros de dragones, princesas, muy europeos. Llegan muchos chicos pasados a animé, algo que no nos representa”.

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