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EDICIÓN | Agosto 2017

La Tierra y su ancianidad

Por Arturo Gómez M., ex astrofotógrafo del Observatorio Interamericano Cerro Tololo
La Tierra y su ancianidad

Para nadie es un misterio que, cuando pasan los años, el cuerpo y las cosas, en general, comienzan a deteriorarse. Es la ley de la vida. Aunque los astrónomos y los estudiosos de la geología nos han indicado que a la Tierra le quedan poco más de cuatro mil millones de años de vida. En este caso, nuestro planeta nos está mostrando, en una pequeña escala, que algo le está sucediendo.

Las temperaturas extremas de frío y calor en los diferentes puntos de la tierra, nos indican que deberíamos ya empezar a acostumbrarnos a una nueva escala de temperatura. Dicho sea de paso, indicar que el calor es el movimiento molecular y la temperatura es el nivel calórico de las cosas.

Tanto los vientos como las corrientes marinas, que tenemos en el Océano Pacifico, están dando paso a una seguidilla de marejadas en nuestras costas. Tuve la oportunidad, en estas vacaciones de invierno, de poder ver gran parte del borde costero y, en realidad, es un desastre. Caminos cortados, playas sacadas de cuajo, arena y tierra combinadas entre sí, y escuchar a los lugareños decir que "nunca habían visto esto antes".

Para qué decir lo que está pasando en la Antártica. Aunque esos procesos son habituales, no es habitual que un trozo gigante de hielo, casi del largo de nuestra isla de Chiloé, se separe en tan pocos años del continente antártico. Afortunadamente, ese fenómeno no implicará una elevación del nivel del mar. Lo malo es que esa mole de hielo avanzará por el océano como un obstáculo casi sin rumbo, llevado en su recorrido solamente por las corrientes marinas. Se estima que su rumbo será por el Océano Atlántico.

Los observatorios astronómicos, ubicados en el norte de Chile, siempre han estado monitoreando el Océano Pacifico, para ver, con unos cuatro días de anticipación, como se mueven las nubes que vienen desde el oeste hacia el continente y proyectar las condiciones de nubosidad que tendrán en sus noches de observación astronómica. Las imágenes satelitales, logradas en cerro Tololo, me hicieron poner atención en unos extraños "remolinos de nubes" que se veían en las fotografías.

Al menos uno o dos remolinos se producían cada año y su extensión, en diámetro, era de algunos cientos de kilómetros. Mis pensamientos iban dirigidos, al ver esas imágenes, a esos fenómenos tan habituales del Caribe y que llegan a las costas de EE.UU.

No me extrañaría que, en un futuro cercano tengamos que dar aviso en los informes meteorológicos de veloces vientos rotatorios, frente a nuestras costas... su nombre: mini huracanes. Afortunadamente, aún guardo esas imágenes en mis carpetas y están archivadas, porque es un aviso de hace unos quince años atrás, que se aproximan cambios en el Océano Pacífico.

A estas alturas y con los enormes cambios meteorológicos en nuestro planeta, todo puede suceder, aunque no lo queramos.

 

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