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EDICIÓN | Agosto 2017

Singapur y la verdadera tolerancia cero

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D.
Singapur y la verdadera tolerancia cero

Hasta los sesenta, Singapur fue uno de los países más violentos del orbe, con un nivel de criminalidad desquiciante. Y cómo no, si está en el ángulo más Oriental del “Triángulo Dorado” de la heroína. Toda mafia operativa del Sudeste Asiático tuvo a Singapur como eje de sus fechorías. Los peores hampones de Malasia, Indonesia y China tenían su hogar en Singapur. 

El gobierno no tenía ni la capacidad, ni el coraje para solucionar nada. Vivir en Singapur fue por entonces una ruleta maldita. Raptos, violaciones, asesinatos; trata de blancas. Dicen que a veces la realidad supera la ficción; pues, Singapur era peor que la más cruel y brutal novela. Era simplemente un caos, una ciudad sin ley, con un nivel de corrupción insoportable, sin considerar que ya era conocida, además, por sucia y desordenada.

Singapur, desde hace siglos, fue un enclave favorito, muy buen puerto y sitio de comercio; era la perla de Asia; sucia y sin brillo, pero perla al fin. Al finalizar el milenio, a más maledicencia se sumó el terrorismo. Singapur era refugio ideal para cualquiera de las decenas de grupos extremistas (Al-Qaeda es uno de medio ciento; tema que analizaremos próximamente). Homicidios y toda forma de atropellos eran pan de cada día. Fue por entonces cuando asume el poder Lee Hsien Loong, hijo mayor de Lee Kuan Yew. Lee Hsien fue el redentor temerario esperado. Con puño de hierro dispuso tolerancia cero contra capos de la droga y todo delincuente. O dejaban Singapur, o enfrentaban castigos infernales. Hsien Loong aplicó la pena de muerte hasta para crímenes “insignificantes”. Por cierto no fue fácil; Singapur es un país pequeño y en poco tiempo tuvo medio millón de presos. Demasiado. Entonces, se endureció aún más la justicia y se aplicó pena capital a todo criminal confeso y probado: a narcotraficantes y violadores. A los que se salvaron del cadalso se les condenó a trabajo forzado. Hacia 2010, en Singapur ya casi no había reos; aunque sí se podía hallar a miles de condenados en obras de limpieza o desmalezamiento. En paralelo, se aplicó igual trato para depurar a toda la administración pública, a la policía y a las fuerzas armadas. Sólo que la tolerancia hacia todo servidor público era mucho menor. Y rodaron las cabezas como si fuese un juego.

La eliminación de la corrupción, aun a los costos más altos, trajo al fin la salud al sistema social singapurense. El resultado de la dolorosa purga es evidente: hoy el país es legislativa, judicial y políticamente impecable, cristalino, casi angelical. Posee una administración eficiente lo que le da una base sólida y estable. No hay espacio ni posibilidad alguna para la perversión, la decadencia ni la degeneración social. El tráfico de drogas recibe penas tremendas: cadena perpetua o pena de muerte. Resultado: Singapur es una de las sociedades más seguras; una de las mejores plazas para instalar una base de operaciones financieras o de negocios, creando un envidiable círculo virtuoso que atrae a compañías internacionales que prefieren Singapur por sobre otras opciones, constituyéndose en la mejor puerta del Asia.

La población de Singapur es una mezcla de etnias. Chinas, malayas, indias. A nadie importa. Lo que se pide es honradez, respeto, lealtad, ganas de trabajar. Los típicos valores confucianos; y, siendo que Singapur atrae a inmigrantes altamente calificados, deben competir con los nacionales, preparados con todo esmero para triunfar. La Universidad Nacional de Singapur es la número treinta a nivel mundial. Y si no egresaron de esa, hay decenas de otros institutos de alto nivel, catalogados entre los mejores del Asia. Todo estudiante habla inglés y dos o tres lenguas más. Ciertamente la educación de excelencia proyecta un alto nivel de vida y de renta, la más alta de Asia.

Para el pensamiento occidental en boga, a veces ebrio de derechos pero cada vez menos humano, el modelo singapurense luce draconiano, autoritario, persecutorio, restrictivo y hasta castrante, pero funciona. El objetivo está logrado: hay paz y seguridad, y no a costa de los justos. Para los buenos, también ha ocurrido un cambio conductual. Hay un reverdecer de valores tradicionales y que a nadie avergüenza: reverencia y obediencia hacia la ley. Hoy, pretender arrastrar a un singapurense a un acto de depravación, violencia, escándalo o desenfreno, no sólo es casi imposible sino le valdría la inmediata denuncia contra quien pretende causar inmoralidad. Delitos de connotación sexual son impensables; todo hecho cometido queda registrado y con acceso público, aunque también figura la legítima defensa. En cuanto a quienes fueron condenados por delitos menores, se les ve en calles y parques usando unos curiosos uniformes y realizando trabajos de limpieza. En pocas palabras, el que delinque, paga. A más grave el delito, más caro le cuesta. Y así, Singapur logró frenar y acabar con la delincuencia.

 

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