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EDICIÓN | Junio 2017

Crecer en el silencio

Alejandra Menares, sicóloga clínica forense
Crecer en el silencio

En esta región, el setenta por ciento de los casos de delito sexual contra un menor o un adolescente que llegan a juicio, el agresor forma parte del círculo familiar más íntimo de la víctima. Una sórdida realidad que toma fuerza con la valentía de una denuncia y con el testimonio y pruebas de una herida profunda e incomprensible. Voces atormentadas e inocentes que hacen eco en la labor y en el corazón de esta sicóloga perito forense.

Por Verónica Ramos B. / Fotografía: Francisco Díaz U.

Siempre le llamó la atención conocer y estudiar las mentes criminales, sin embargo, durante su formación profesional constató que no existía una especialidad en esta área.  “En Chile no existen mayores casos emblemáticos de asesinos o violadores en serie, a diferencia de Inglaterra o Estados Unidos. Este tipo de sicopatías no son comunes en nuestro país ni en Latinoamérica, pero tenemos otro problema que también es muy complejo y se trata de la perversión sexual. Un área que decidí seguir como estudio de investigación y que por una experiencia cercana de vida, me llevó a profundizar aún más mis conocimientos”, relata Alejandra Menares, sicóloga de la Universidad Diego Portales y madre de dos hijos.

 

Cuando estaba terminando la carrera, aparece en Chile la especialidad de sicología jurídica. Es así como años después, postula a un diplomado en esta área y al mismo tiempo, a un magíster de sicología clínica en la Universidad Católica. “Quedé en ambas, pero opté por el magíster porque mi objetivo era seguir comprendiendo la mente del adulto y mi interés inicial era trabajar con personas que cometen delitos sexuales”.

 

En el 2004, llega a La Serena y se dedica a la docencia en distintas universidades. Tiempo después retoma la idea de especializarse en sicología jurídica, sobre todo porque, en esos años, comienza aplicarse la nueva Reforma Procesal Penal. “Por primera vez los sicólogos deben declarar ante el Ministerio Público y eso, sin duda, marcó un precedente. Decidí, entonces, realizar un magíster de sicología forense en la Universidad del Desarrollo. Eso me significó viajar todos los fines de semana a Santiago, durante tres años. Mis niños estaban pequeños, así que fue un costo personal y emocional bastante fuerte”, comenta Alejandra.

 

En el 2008, al finalizar su magíster, es contratada por el Ministerio Público y se convierte en la sicóloga perito forense de la Fiscalía Regional. Su objetivo era trabajar directamente con los imputados, sin embargo, el destino la llevó por otro rumbo. “Desde entonces, y por alguna razón de la vida, comencé a trabajar con víctimas infanto-juveniles que han sido agredidas sexualmente”.

 

SACAR A LA LUZ

 

La labor de Alejandra es presentar pruebas de daño síquico causado a la víctima, producto de una agresión sexual, es decir, todas aquellas vulneraciones de la corporalidad de un menor, de un adolescente o de una mujer. “Dentro de estas agresiones sexuales, existe un subgrupo que es considerado delito y que están estipulados en la ley chilena. Entre ellos, el estupro, la violación, el abuso sexual impropio, el abuso sexual con agravante y la pornografía. Hoy, se está tramitando considerar el grooming, como un delito sexual”.

 

¿En qué consisten esas pruebas?

Depende de la edad de la víctima, del tipo de agresión sexual y de cuándo se produjo esta agresión, entre otros aspectos. Cuando la víctima ha sido agredida sexualmente desde muy pequeño y por un familiar cercano, se utilizan pruebas proyectivas, es decir, técnicas sicológicas que permiten sacar a la luz elementos que están en el inconsciente. A través de estas, se puede demostrar que hay un daño profundo que a nivel consciente y conductual no presenta síntomas en la víctima. En otras casos, los síntomas son demostrables y el proceso resulta menos dificultoso. El menor presenta estrés postraumático, tiene pesadillas, manifiesta enuresis o encopresis. Por otra parte, debo presentar el testimonio de la víctima y este debe ser creíble, es decir, lo que el menor cuenta debe ser compatible con lo demostrado. Ahora, no todas las agresiones sexuales que son vistas por profesionales de la salud mental, son consideradas delitos…

 

¿Cuáles son esos casos?

Los niños menores de catorce años que han sido abusados sexualmente y que estos a su vez agreden a niños más pequeños, no son imputables, pero para el niño que es agredido sí es una agresión sexual, es decir, lo vive como tal, padece los mismo síntomas y no discrimina si el agresor es un adolescente o un adulto. En términos de daño síquico, este incluso puede ser mayor cuando existe cercanía de edad, porque no entiende que lo que está sucediendo entre ellos es impropio o inadecuado. El niño agredido normaliza esta situación y, en algunos casos, comienza a generarse un circuito muy complejo de poder intervenir.

 

Ese niño de catorce años que no es imputable, también es una víctima

Es víctima y victimario a la vez. Un niño de catorce años que agrede sexualmente a un pequeño de seis o siete años es porque ha sido víctima de una agresión sexual y ese es el daño más grave que a nivel sicológico documentado puede existir. La gran mayoría de estos casos presentan factores que los hace ser más vulnerables a este tipo de experiencia. Uno de ellos, es el caso de las madres o adultos a cargo de estos niños, que también han sido víctimas de agresiones sexuales y que no fueron tratados, ya sea porque ocultaron esta realidad, porque se sintieron culpables o, incluso, porque al denunciarlo dentro de la familia fueron castigados. Crecen con este silencio y cuando los dejan a cargo de otras personas, no son capaces de visualizar los factores de riesgo para sus hijos.

 

¿Pero, porque además, no hay signos de alertas?

Cuando el niño es agredido desde muy pequeño, el agresor genera una especie de hipnosis o embrujo en la víctima, en definitiva, es seducido por el agresor. Y cuando el caso es develado, se le pregunta a la madre si notaron un comportamiento extraño en el niño y ella contesta que “¡no!, por el contrario, siempre fue muy cariñoso y había una gran vinculación”.

 

¿Por qué se repiten estos patrones?

El agresor aprende de su experiencia que eso produce placer y, a nivel síquico, esto predomina por sobre cualquier otro tipo de patrón mental o moral. Puede tener conciencia de que agredir sexualmente es inadecuado, pero no se conecta con el daño que esto provoca en el otro. Incluso, hay agresores que esperan que sean los mismos niños los que se entreguen o tomen la iniciativa, porque parten como si fuese un juego y, en especial, porque en la gran mayoría de los casos el agresor es alguien conocido para la víctima, es decir, puede ser un familiar o está dentro de su círculo más cercano.

 

LOBOS CON PIEL DE OVEJA

 

¿En definitiva, el agresor, está mucho más cerca de lo que se piensa?

La naturaleza de este fenómeno tiene que ver con vínculos que se pervierten. El agresor tiene una estrecha relación con su víctima y esta muchas veces es de afecto del niño hacia el agresor. Ahora, de acuerdo a mi estadística a nivel regional, que por cierto está muy cercana a la realidad nacional e internacional, el ochenta por ciento de las agresiones sexuales son intrafamiliares, es decir, el agresor es conocido por la víctima, porque está dentro de su círculo familiar, ya sea, en primer o segundo grado. De este ochenta por ciento, el setenta corresponde a la familia directa, hablamos de padre, padrastro, abuelos, tíos y hermanos.

 

El veinte por ciento restante, no es parte de la familia ni conocido de la víctima. En este caso, es el menor quien espontáneamente cuenta lo ocurrido y son los padres quienes hacen la denuncia, porque tienen un sistema de protección. Son familias donde prima el respeto, la comunicación, la confianza, hay presencia y atención de los padres. Estos casos son los que presentan un mejor pronóstico.

 

Y quien sea el agresor, el menor es absolutamente indefenso

Aquí tocas un punto muy importante, porque dentro de la naturaleza de esta realidad, el niño nunca tiene el poder y siempre lo tiene el adulto. En esto como sociedad cometemos un error al decirle a un niño, como un manera de resguardarnos de que esto suceda que, ¡nadie los puede tocar! Lo correcto es enseñarle a nuestros hijos que frente a cualquier situación impropia o inadecuada puede tener la confianza de decir lo que le ocurrió o lo que está sucediendo. Porque, además, el niño se siente culpable y esa es una estrategia que usa el agresor al decirle: “¡tú te dejaste tocar, tu mamá se enojará si lo sabe!”.

 

¿Y qué pasa con la madre que no quiere ver o escuchar, porque el agresor forma parte de su familia?

Generalmente, cuando el agresor es el padre biológico y el caso llega a judicializarse, nunca es la madre quien hace la denuncia. A nivel sicológico, la madre también es víctima. Quienes denuncian hechos de esta naturaleza, son entidades externas a la familia, por ejemplo, el colegio o los vecinos. Ahora, si el menor está en tratamiento sicológico, es el profesional quien tiene la obligación de realizar la denuncia.

 

¿Hasta ahora solo hablamos de hombres agresores, qué ocurre con las mujeres que agreden sexualmente a menores?

Es muy complejo porque la mujer no puede ser acusada legalmente por violación. Los pocos casos de agresoras sexuales femeninas han quedado en nada, es decir, en términos legales no hay condenas o ni siquiera han llegado a juicio.

 

¿Es posible determinar en qué segmento socioeconómico es más común esta realidad?

Esa es una gran incógnita. Si nos basamos en los datos clínicos, la gran mayoría de las mujeres que están en terapia tienen historias de abuso que nunca fueron develados y pertenecen a estratos medios-altos. De acuerdo a los datos que maneja la PDI y que son más actuales, existen agresiones sexuales transversales a todos los segmentos socioeconómicos. Ahora, de los casos que llegan a juicio, estos pertenecen a estratos medios-bajos, pero esto se da porque tienen un mayor sistema de protección social.

 

¿En esta labor tan compleja, existe satisfacción personal?

Sí la hay y es cuando tengo la capacidad de poder hablar, conocer y escuchar a esos niños. Me conmueve su dolor y sufrimiento, pero para sostenerme en esta labor me quedo con la enorme fortaleza que existe en cada uno de ellos. Por una lógica incomprensible han debido pasar por esto… Para mí son unos guerreros.

 

“Cuando la víctima ha sido agredida sexualmente desde muy pequeño y por un familiar cercano, se utilizan pruebas proyectivas, es decir, técnicas sicológicas que permiten sacar a la luz elementos que están en el inconsciente”.

“El agresor aprende de su experiencia que eso produce placer y a nivel síquico, esto predomina por sobre cualquier otro tipo de patrón mental o moral”.

“…el ochenta por ciento de las agresiones sexuales son intrafamiliares, es decir, el agresor es conocido por la víctima, porque está dentro de su círculo familiar, ya sea, en primer o segundo grado”.

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