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EDICIÓN | Junio 2017

Vidrios que mueven

Fernanda Brooks, vitralista
Vidrios que mueven

Llegó al oficio por casualidad, pero rápidamente supo que era lo suyo. Un arte que requiere de incomodarse, ver más allá de lo obvio y perderle el miedo al fracaso. Sus creaciones varían en temas y tamaños, pero todas buscan lo mismo: tener alma.

Por Carla Stagno G. / fotografía José Luis Urcullú 

Tiene los ojos achinados, cara de gitana y risa fácil. Es sociable, inquieta y sencilla, tanto como rebelde. Sus aros de alfiler de gancho la delatan. El pequeño corte que tiene en el dedo pulgar, en tanto, revela su aceleramiento, rasgo que desde que comenzó con los vitrales ha tenido que aprender a domar.

Y es que no es llegar y trabajar con vidrio. Es una labor minuciosa, a ratos lenta, que exige paciencia y estar centrado. “Es una técnica relativamente fácil de aprender, pero no a mucha gente le agrada lo que tiene que hacer para lograrlo, como cortar o manipular herramientas peligrosas. A mí me gusta, porque estoy acostumbrada a trabajar con las manos”.

Todo empezó hace cuatro años, cuando Fernanda estaba sin trabajo. Había estudiado arquitectura y diseño de interiores, pero se sentía más atraída hacia el arte. Se adentró en el mundo del teatro realizando diseño escénico, pero como suele ocurrir con los trabajadores independientes, había momentos en que necesitaba salir de apuros económicos. Buscando opciones, se acercó a Pilar Argandoña, destacada vitralista regional, para ofrecerle ayuda mientras esta restauraba una iglesia en Valparaíso. Tras corroborar que tenía dedos para el piano, Pilar se transformó en su mentora. Hoy, las dos, junto a Mariana Castillo, forman el colectivo “Las Tres Marías”, mostrando su trabajo en ferias y exposiciones. Cada una mantiene, además, sus propias creaciones.

CONECTAR CON EL MATERIAL

Una pluma colorida le dio la bienvenida. Fue lo primero que hizo, motivada por su interés en la naturaleza. Luego vinieron colibríes con alas en volumen, enredaderas, decoraciones, lámparas, puertas, ventanas, espejos, y tantas esculturas o artesanías se le ocurran, la mayoría bajo la técnica Tiffany. “Ahora veo el vidrio de otra manera. Si antes se me rompía un vaso, lo botaba; hoy, lo guardo para hacer cosas”.

¿Lograr que el vidrio cobre vida?
Sí. Estamos muy acostumbrados a verlo “de lejos”, a que sea un elemento que está en nuestra vida cotidiana, pero sin tener idea de cómo llegó ahí, o de las cualidades que tiene. Y ese descubrimiento me motiva. Ver cómo un material aparentemente tan simple puede avivar un lugar, crear atmósferas que nos hagan sentir cosas, que nos envuelvan.

Luz, textura, volumen, color y el reflejo de todo ello en una superficie que va mutando a medida que pasan las horas, como una extensión del vitral que nos invita a hacernos parte. Lo que explica Fernanda puede lograrse con cualquier diseño, aunque su asociación más típica siga siendo a grandes ventanales de iglesias.

¿Está un poco olvidado el vitral?
Es poco común, por lo menos lo que me ha tocado ver. Hay pocos vitralistas y el público es bien objetivo. Es un nicho, no de elite ni necesariamente personas con mucha plata, aunque es un trabajo que puede ser relativamente caro. Pero se pueden hacer cosas más pequeñas. Lo que importa es que tengan alma.

Aunque para muchos esto podría ser subjetivo, para Fernanda es algo que puede medirse. “Puede no agradarte un objeto e igual provocarte algo porque tiene vida, alma, aire… como si se moviera aunque esté quieto”.

CONSTANTE DESARROLLO

Ser busquilla le ha servido, tanto para aprender el oficio, como para perseverar y abrirse un espacio vendiéndolo, ya sea en ferias, por “boca a boca”, o encargos a través de internet. “Por suerte, lo que más me piden es lo que hago. Alguien ve mis trabajos, le gusta uno y me pregunta si puedo repetirlo”.

Se preocupa, sin embargo, de no mantenerse mucho rato cómoda. De explorar aunque se equivoque, con el fin de lograr en sus entregas, cierta honestidad. “Me gusta sorprenderme con lo que puede aparecer. Porque es importante que tu obra le guste a quien la compre, pero también que tenga tu estilo, tus colores… tu propuesta personal”.

Las mismas ansias de movimiento la llevaron a cambiar Concón por Valparaíso. “Creativamente hablando, es en el puerto donde pasan más cosas en la región, que no es lo mismo a que hay mucho dinero. Es movido, con muchos artistas haciendo lo suyo”.

¿Santiago no era opción?
No. No me atrae ni el ritmo ni la calidad de vida, y estamos al lado. Si tengo que ir a comprar o a dejar encargos, voy y vuelvo. Me gusta donde estoy, en el cerro O´Higgins. Tengo la suerte de que mi casa y mi taller estén en la misma calle.

Lo que no quita que en un futuro quiera moverse. O viajar. Lo que sea para seguir inspirándose y creando.

¿Te ves probando otras técnicas?
Puede ser, aunque con los vitrales me veo harto tiempo más. Es probable que de esto salgan cosas afines, que son parte de seguir conociéndote. Quizás en cinco años esté trabajando con vidrio, cerámica y metal, por ejemplo. Siento que mi trabajo, hasta el momento, está siempre en desarrollo.

 

“Puede no agradarte un objeto e igual provocarte algo porque tiene vida, alma, aire… como si se moviera aunque esté quieto”.

"Es importante que tu obra le guste a quien la compre, pero también que tenga tu estilo, tus colores… tu propuesta personal”.

“Creativamente hablando, es en el puerto donde pasan más cosas en la región, que no es lo mismo a que haya mucho dinero. Es movido, con muchos artistas haciendo lo suyo”.

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