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Entrevistas

EDICIÓN | Junio 2017

El viaje de Jesús

Jesús López
El viaje de Jesús

Hay viajes transformadores, que sanan, que rompen esquemas. Y que simplemente ocurren. Como el de Jesús, quien, el 2015, decidió tomarse un año sabático. Había terminado la universidad y su plan, antes de entrar de lleno al mundo laboral, era ir a Australia, trabajar en cualquier cosa, juntar plata, recorrer el sudeste asiático, sacarse las típicas fotos en Tailandia e Indonesia y después volver a Chile a buscar pega como ingeniero. Pero algo pasó en el camino. 

Por Macarena Ríos R./ fotografías Andrea Barceló A. y gentileza Jesús López

“Dos semanas antes de irme de viaje, Andrea, mi hermana mayor que estudia filosofía, conversó conmigo. Yo estaba en toda la onda del rugby, la parrilla, el carrete, los amigos.  Siempre he sido un gallo súper sociable, con harta “perso”, extrovertido, ruidoso. ¿Cómo estuvo la gala?, me preguntó. Súper buena, fue muy entretenida, estábamos todos curados, le contesté. ¿Por qué te borrai para estas cosas?, volvió a preguntarme. ¿Por qué la gente, mientras más importante es el evento en sus vidas, más se borra? ¿Por qué, mientras más debiera estar presente, menos lo está? Yo quedé en blanco. El problema no es el alcohol, me dijo, el problema eres tú. Ahora que te vas a Australia, vas a conocer el mundo, vas a conocer mucha gente, lo vas a pasar bacán, pero anda a conocerte a ti mismo, porque eso es lo que debes hacer.

Quedé plop, le pedí que me recomendara un libro, que me guiara con algo. Y me pasó dos: Más Platón y menos prozac y Sidharta.

Cuando llegué a Sídney, luego de vivir en un hostal durante un mes, arrendamos una casa entre varios chilenos. Trabajé a full en una carnicería durante seis meses y logré juntar doce mil dólares. Como uno de los requisitos de la visa era no tener por más de seis meses el mismo empleador, tuve que renunciar y me tomé cinco semanas de descanso. Fue durante ese break donde aproveché de leer. El último libro que había leído fue en octavo básico. Me fui a recorrer Nueva Zelanda y luego Melbourne. No era la primera vez que me iba de viaje. Ya había hecho un intercambio el último año del colegio a Nueva Zelanda y más tarde, cuando estaba en la universidad, me había ido a Squaw Valley, en California, como instructor de esquí. Pero sí era la primera vez que veía todo desde un ángulo diferente, gracias al par de libros que llevaba conmigo. Un dato. Hoy leo unos quince libros al año, la gran mayoría relacionados con la espiritualidad y la introspección.

TORQUAY

Al mes de volver a Sídney decidí partir a Torquay, un pueblo de diez mil personas donde se practica mucho el surf. Estuve tres meses. En ese tiempo trabajé repartiendo pizza a domicilio, lavando platos en un café y ayudando en una viña. En mis ratos libres comencé a leer El poder del ahora de Eckhart Tolle, un libro muy espiritual que habla sobre cómo aprender a vivir en el presente y disfrutar lo que tenemos. Lo había traído un amigo desde Chile. Ese libro cambió mi vida, mi forma de ser.

Como vivía con una francesa que era vegetariana, decidí probar ese estilo de comida durante una semana. Los siete días sin comer carne se transformaron en tres meses. Me sentía distinto, vital, energético. La masa muscular ya no era la misma. Mi mente tampoco. Me sentía un Jesús totalmente distinto al que había dejado Chile. En Torquay encontré la calma que necesitaba, fue una pausa en mi vida. Este pueblo me ayudó a conocerme en una faceta más contemplativa. Vivir una vida más simple te hace ser una persona más simple. Aprendí a ser feliz con menos y a encontrar la esencia de las cosas.

En ese tiempo, y mientras planeaba mi viaje al sudeste, una amiga chilena me habló de un templo en India, donde había ido a hacer un voluntariado. “Es un buen lugar para comenzar”, me dijo. No era la primera persona en hablarme de la India como un lugar de otro mundo. Y partí, sin ningún tipo de expectativas.

ZONA DE CONFORT

India es un lugar súper incómodo. Te saca de tu zona de confort absolutamente. La pobreza, el caos vial, la gente comiendo con las manos. Todo me llamaba la atención. Después de recorrer algunos pueblos y playas del sur, llegué a AmritaPuri, el templo de Amma, la mujer de los abrazos, del que me había hablado esta amiga. Por cinco dólares australianos la noche, además de un par de horas de servicio comunitario, tenía comida y alojamiento.

El primer día conocí a un español, un exitoso hombre de negocios que, aburrido del mundo del materialismo, ya llevaba dos años viviendo ahí como instructor de yoga. ¿Puedo hacer yoga contigo?, le pregunté. A las siete de la mañana te espero en la playa, me dijo.

Esa primera clase fue increíble y marcó lo que soy ahora. Nunca me había sentido así, ni cuando jugaba rugby por la selección nacional, ni en los entrenamientos. Liviano a nivel físico, social y espiritual. El yoga físico es como el nivel uno de Candy Crush, es la puerta. Con el tiempo supe que el hata es un tipo de yoga que consiste en posturas físicas para purificar el cuerpo y prepararlo para la meditación, porque la finalidad del yoga es meditar.

El yoga, por definición, es el control de la mente desde la conciencia. A Occidente ha llegado como posturas físicas y elongaciones, pero ese es el aspecto más superficial del yoga, como el envase de un jugo. Lo importante es el néctar que está dentro.

Necesitaba incorporar el yoga a mi vida y qué mejor que India para aprenderlo. Averiguando, me hablaron de la Universidad de Yoga en Bangalore, un templo que quedaba en la mitad de la selva. Postulé a la universidad mientras hacía el viaje al sudeste asiático y quedé.

DETOX CON YOGA

Éramos 145 alumnos, de los cuales 141 eran indios, dos de Bangladesh, una china y yo. Yo juraba que iba a hacer todo el día posturas de yoga y elongaciones. Error. El curso intensivo que hice (y que duraba un mes) era prerrequisito para el de Bachelor de Yoga Cience o Yoga Teraphy, Master en Yoga Science o Yoga Teraphy o PhD. Nunca me imaginé que existiera esto en yoga. De hecho, el rector de la universidad había sido un ingeniero mecánico de la NASA que renunció a su trabajo y se dedicó a investigar la ciencia del yoga como ciencia de sanación desde las energías.

La primera meditación era a la cinco de la mañana. No había fines de semana, tampoco descanso. Durante un mes tuve trescientas veinte horas de instrucción. Una locura, pero una locura necesaria porque sabía que estaba invirtiendo en mi vida para siempre.

En un principio, este lugar era un centro de terapias, donde —bajo el lema “Less medication, more meditation”— curaban enfermedades como el cáncer, la hipertensión, el asma, la artritis, el Parkinson, con la energía del yoga. Tan popular se hizo, que llegó un momento en que los terapeutas de yoga se hicieron pocos y crearon esta universidad.

A las clases de yoga, meditación y canto de mantras, se sumaron clases teóricas que hablaban de la ciencia del yoga y de los tipos de yoga que existían. En ese mes aprendí que la única forma de cambiar al mundo es cambiando uno mismo. Fue un detox físico, mental y sicológico.

MENTE SANA…

Un día en kínder, me pidieron escribir qué quería ser cuando grande y por qué. Y yo puse que quería ser médico, para ayudar a los que estaban enfermos y tener un jarabe para mi señora. Qué increíble, desde siempre quise ayudar a los enfermos. De ahí el profundo interés por esta visión del yoga que aprendí en la Universidad de India, en que uno puede sanar sus enfermedades sanándose a uno mismo.

En India ven al cuerpo en cinco niveles de existencia: corporal, respiratorio, mental, emocional y espiritual. En el nivel emocional es donde comienzan todos los desequilibrios humanos, porque las emociones gobiernan tu comportamiento y provocan tensiones cuando se ven afectadas por situaciones externas. Esas tensiones se van hacia la superficie, llegan al nivel físico y comienzan las enfermedades. Todos tenemos células cancerígenas o la probabilidad de desarrollar algún tipo de enfermedad, pero la desarrollamos de acuerdo con nuestro nivel de estrés y de tensión.

La medicina occidental no tiene “saneamientos”, tiene tratamientos. Es decir, tratan la enfermedad, no la sanan. Y si no sano la pena, si no sano el desbalance emocional que gatilló eso en mí no estoy yendo a lo medular, al porqué me enfermé. En India ven a la enfermedad en forma más profunda. Y eso me interesó mucho.

El yoga es una ciencia holística, una herramienta que permite desarrollar infinitamente el potencial de la mente y el alma del ser humano, que nos ayuda a ser mejores personas y a trabajar nuestra inteligencia emocional.

“NADA ES PARA SIEMPRE”

Después de diecinueve meses, con veinte kilos menos y el Hatha Yoga Pradipika bajo el brazo —que es como la biblia del yoga— y un certificado internacional como Instructor de Yoga, volví a Chile.

El ramo que más me marcó en la universidad, que más apliqué en el viaje y que más aplico en el día a día es Liderazgo. No puede haber liderazgo externo si no me sé liderar a mí mismo. Por eso diseñé un taller llamado “Control de la mente y las emociones a partir del cuerpo” en el que apliqué todo lo que había aprendido durante mi viaje y lo presenté en una feria en la UAI, mi universidad. Para poder hacerlo necesitaba un mínimo de diez alumnos. Se inscribieron cincuenta en dos módulos y fue todo un éxito. En él enseño técnicas de respiración que permiten trabajar de mejor manera la inteligencia emocional, posturas de yoga que ayudan a reducir el ego, a manejar de mejor manera el estrés y meditación cíclica en movimiento que dura treinta y cinco minutos.

Este taller fue mi primer approach. Enseño desde el ejemplo y es lindo ver que estoy entregando calidad de vida. Encuentro que en esta sociedad occidental vivimos en una carrera contra el tiempo, sin pausa, en pos de los objetivos y las metas. Y eso es lo que en cierta forma entrego con este espacio: conexión espiritual desde una mirada oriental que acá no existe. No tengo un mentor, pero sí un feedback de quienes van a mi taller. Siento que la gente se inspira cuando ve el cambio en ti.

Paralelo a esto, me puse a trabajar como instructor de yoga en la Clínica Alemana, que tiene un programa de reducción de estrés y tensiones. También hago clases de yoga en Viña y Santiago. Y mi hermana es mi alumna número uno.

Si tú estás bien, va a estar todo bien. Si estás seguro, si estás tranquilo de lo que estás haciendo, la vida se va a encargar de ponerte a la gente correcta. En esta vida no hay errores, hay lecciones. Sé que es una etapa la que estoy viviendo ahora. Nada es para siempre, por eso es que sufrimos tanto, porque pensamos que todo es para siempre: una relación, un hijo, un auto, una pega. La vida continúa, el sol sigue saliendo”.

 

“El yoga, por definición, es el control de la mente desde la conciencia. A Occidente ha llegado como posturas físicas y elongaciones, pero ese es el aspecto más superficial del yoga, como el envase de un jugo. Lo importante es el néctar que está dentro”.

“A las clases de yoga, meditación y canto de mantras, se sumaron clases teóricas que hablaban de la ciencia del yoga y de los tipos de yoga que existían. En ese mes aprendí que la única forma de cambiar al mundo es cambiando uno mismo. Fue un detox físico, mental y sicológico”.

“En la UAI hago un taller llamado “Control de la mente y las emociones a partir del cuerpo” en el que apliqué todo lo que había aprendido durante mi viaje.  En él enseño técnicas de respiración que permiten trabajar de mejor manera la inteligencia emocional, posturas de yoga que ayudan a reducir el ego y a manejar de mejor manera el estrés”.

 

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