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EDICIÓN | Mayo 2017

UNA CERAMISTA QUE HACE ESCULTURAS

Constanza Amaral, artista
UNA CERAMISTA QUE HACE ESCULTURAS

Acaba de exponer en La Sala, pero prefiere no creerse el cuento de la artista. Es ceramista y le apasiona tanto hacer un torso como un plato y una taza. Lo suyo es el Raku, una técnica milenaria japonesa que combina el calor con la tierra y el humo. Lo suyo son las manos en la masa.

Por Mónica Stipicic H. / Fotos Andrea Barceló

Se define a sí misma como ceramista. Así lo ha hecho siempre. Aunque sus esculturas hayan estado expuestas durante todo el verano en la Galería La Sala, prefiere ese mote, que tiene mucho más que ver con lo que ella es.

 

Constanza siempre tuvo habilidad con las manos. Desde chica hacía figuritas con greda y en la adolescencia descubrió la orfebrería. En esa época era alumna del Saint George, un colegio que siempre permitió que desarrollara sus habilidades artísticas. Y tuvo la suerte de crecer en una familia que jamás coartó sus talentos y, muy por el contrario, nunca sintió de parte de ellos la presión de entrar a la universidad, estudiar una carrera o seguir los cánones más “tradicionales”.

 

Fue así que sus años escolares los pasó recorriendo la Plaza de Armas para comprar piedras o alambres. Armó su propio taller en la casa… al lado del escritorio donde hacía las tareas instaló un soplete y un balón de gas. Primero las hacía para ella, después para regalar y muy pronto comenzó a venderlas. “Pero siempre fue un pasatiempo para mí, jamás pensé que podía dedicarme a esto”, explica. Por lo mismo, su primera opción fue estudiar Diseño Industrial; pero duró poco… lo de ella era el trabajo manual.

 

Después de estudiar dos años Decoración, más que nada por tener algún título, partió a vivir a Pirque, a la misma parcela donde había pasado todos los veranos de su vida. Allá se casó y fue mamá. Y en eso estaba cuando la invitaron a participar en un curso de cerámica. Aceptó un poco reticente, pensando que se iba a tratar de un grupo de señoras pintando platos, pero estaba equivocada. Lo que ahí descubrió no fue solo a hacer sus propios objetos, sino que una técnica milenaria que, desde entonces, ha sido parte de su vida: el Raku.

 

“Hace quince años nadie lo hacía ni lo conocía; la ceramista que hizo el curso, Luz María Godoy, era la única en Chile. De hecho, juntó seis personas para ese taller y nunca más lo volvió a hacer”, recuerda Constanza.

 

 

TÉCNICA MILENARIA

 

El Raku es una técnica japonesa para trabajar la cerámica, cuyos resultados son sorprendentes.

 

Consiste básicamente en modelar la pieza en pasta, llevarla a un horno eléctrico a novecientos grados para hacer el bizcocho y después de eso esmaltarla. Hasta ahí, todo bastante normal. Lo sorprendente es que, después de eso, la obra se mete a un horno de gas hasta llegar a los mil grados celsius. En ese momento, y protegida con pinzas, máscara y guantes, la pieza se saca del horno ardiendo y se mete en un hoyo en la tierra, que se tapa con material orgánico, como aserrín, cáscaras de frutas, virutas o bostas.

 

Como resultado de ese proceso de enfriamiamiento se produce una reducción, en que la pieza se “ahoga”, no deja salir el oxígeno y comienza a absorber el humo, lo que la quema. “Todos los craquelados que se hicieron por el cambio de temperatura comienzan a teñirse y eso provoca un efecto envejecido, como si fuese una antigüedad. Es alquimia pura, una maravilla”, explica.

 

Hay algo de sorpresa, tú sabes cómo entra una pieza al horno, pero no el resultado final…

No hay una pieza igual a otra, son todas únicas e irrepetibles.

 

¿Hay alguna limitación de diseño?

Lo único que no resiste son las piezas muy delgadas. A veces cuando haces esculturas se abren, pero existe una técnica de restauración que es muy bonita y transforma esas grietas en parte de la obra. Cuando uno saca la pieza podría venir desde China o haber sido recién encontrada después de miles de años.

 

¿Se puede hacer cualquier cosa?

Sí, se pueden hacer figuras, rostros, adornos, pero creo que tienen que ser siempre líneas muy simples, similares a la naturaleza, para poder seguir con una línea orgánica.

 

¿Dónde se juntan y se separan la cerámica de la escultura?

Yo siempre digo que soy ceramista. Porque una ceramista sabe de esmaltes, de temperatura, de pastas… pero también de formas, diseño y estructura. Soy una ceramista que hace esculturas, y que puede hacer desde un plato y una taza hasta una cabeza y un torso gigante. Que puede hacer cosas que van desde la veinte lucas a los cuatro millones de pesos.

 

¿La única limitación es el tamaño del horno?

Sí, pero yo igual tengo dos hornos y no quiero hacer nada más grande que lo que ahí me cabe. Hacer piezas grandes es más peligroso, más físico, la cantidad de humo es diez veces mayor. Hay que estar muy concentrado, porque trabajo de manera bien precaria, el horno ardiendo está ahí mismo, metes la mano… no es como esos talleres alemanes de ultra tecnología.

 

¿Cuánto tiempo hay detrás de una pieza?

En la escultura hay días y días. A veces hay amor a primera vista y todo sale altiro y otras veces pasan semanas antes de encontrarla. Eso, el modelado, porque una vez que entra al horno es rápido, seis horas de horno y otras tantas en la tierra. Después hay que echarle agua para reducir el choque térmico y que se fije el proceso.

 

 

VIVIR DEL ARTE

 

El trabajo de Constanza comenzó a hacerse conocido de la mano del decorador Enrique Concha. Con él trabaja desde hace seis años e, incluso, fue su alumno aprendiendo sobre la técnica Raku.

 

A él llegó sin ningún contacto, sólo tocando la puerta de su tienda. “Me recibió como la tercera vez que fui. Me acuerdo que llegó y yo estaba sacando mis muestras en el suelo. El pasó, las miró y me dijo… podría ser. Y fue él quien me convenció de hacer cosas más grandes, de modelar cabezas, torsos y las fuimos vendiendo en su tienda”.

 

También por casualidad, su pololo —el cineasta Rodrigo Ortúzar— se topó con la galerista Alejandra Chellew y le preguntó si podían hacer algo en La Sala. La respuesta fue positiva, pero estresante: sí, pero en dos meses más. “Eso significó armar todo rapidísimo… trabajamos cuarenta días de sol a sol, sin parar ni fines de semana, ni pascua y año nuevo. Viví ahumada… pero logré hacer doce piezas, seis cabezas y seis torsos e inauguramos el 10 de enero”.

 

Después del éxito de tu muestra, ¿te quedó el bichito de la exposición?

Ahora estoy metida en una línea de joyas con cerámica. Hago mucho trabajo a pedido, trabajo para Enrique Concha, con Metro Cuadrado y Licantay, que tiene una tienda en el aeropuerto.Esas son mis pegas estables. Tengo también una línea de zapatitos en cerámica, en que he vendido más de cuatro mil pares

 

Igual es meritorio vivir del arte…

Sí, y yo vivo completamente de lo que hago. Pero para lograrlo es necesaria una rutina, disciplina, estar buscando todo el tiempo, observando las tendencias en decoración…

 

Muchas veces los artistas se niegan al vínculo más comercial

Pero es que hay que vender. Hay que ser buen marquetero, estar en las ferias, que la gente te vea, tener un Instagram, reconocer cuando los tiempos se vienen difíciles y diversificarse, como yo lo estoy haciendo con las joyas. 

 

“Soy una ceramista que hace esculturas, y que puede hacer desde un plato y una taza hasta una cabeza y un torso gigante”.

“En el Raku los craquelados que se hicieron por el cambio de temperatura comienzan a teñirse y eso provoca un efecto envejecido, como si fuese una antigüedad. Es alquimia pura, una maravilla”.

“Hay que vender. Hay que ser buen marquetero, estar en las ferias, que la gente te vea, tener un Instagram, reconocer cuando los tiempos se vienen difíciles y diversificarse”.

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