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EDICIÓN | Mayo 2017

Maquillaje con carácter

Alana Seemann, Make up Artist & Hair Stylist
Maquillaje con carácter

Es de las que se tira a la piscina pese al miedo. Aunque se equivoque y tenga que pedir perdón después, o le queden moretones por porfiada. Intensa, busquilla y persistente, tras catorce años de trayectoria y siete viviendo en Santiago, hoy vuelve a su Reñaca querida con su propio estudio, equilibrando con éxito el tiempo entre sus dos hijos y su pasión: lograr que sus clientas descubran su versión más atractiva. Más que vanidad, para Alana trabajar con la belleza es crear. Jugar y arriesgarse, dos conceptos que conoce de cerca.

Por Carla Stagno G./ Fotografía José Luis Urcullú

Es buena para hablar. Y lo hace con histrionismo, acelerada, con tantas anécdotas que a ratos parece una actriz de Stand Up Comedy. Pero también escucha. Y analiza. Le gusta dedicar tiempo a cada una de las mujeres que llegan a verla en busca de un cambio en su cabello o rostro, poniendo tanta atención a lo que estas piden, como a lo que en realidad necesitan de acuerdo a sus particularidades. “Muchas vienen con fotos sacadas de internet, pero cada persona es distinta, no sólo físicamente, sino también en sus hábitos. A algunas les encanta dedicar horas a cuidarse, pero otras prefieren lo más fácil y cómodo. Hay que aprender a leer entre líneas”, dice. Y a juzgar por su cantidad de clientas, lo está haciendo bien.

 

El camino, sin embargo, no fue fácil. Todo comenzó al quedar embarazada de su primer hijo, Martín, quien hoy tiene catorce años. “Iba a ser mamá soltera y me desesperé. Dije ¿Qué hago? ¡Tengo que apechugar como sea!”. Aconsejada por su madre, que insistía en sus habilidades estéticas, se puso a estudiar en cuanto curso de maquillaje y peluquería encontró. No paró más. Poco a poco comenzó a tener sus primeras clientas, inventando hasta el día de hoy la mayoría de las técnicas que utiliza con ellas. “Cuando chica pintaba cuadros, tocaba piano, cantaba. Años después entendí que todo lo que yo hacía se podía abocar a esta profesión, que me apasiona, y me di cuenta de que era buena. Muy buena”.

 

Su confianza funcionó. Llegó a trabajar con el destacado estilista Sebastián Ferrer, donde sus trabajadoras se dieron el espacio y la paciencia para perfeccionarla. En ese tiempo, Alana vivía en Reñaca y el trabajo era en La Dehesa, Santiago. Se levantaba todos los días a las cuatro de la mañana y llegaba a las once de la noche, cuando Martín ya estaba durmiendo. Años más tarde pudo reunir una cantidad de clientas que le permitiera trabajar por su cuenta.

 

¿Es la inestabilidad económica lo más difícil de ser independiente?

Sí. Me ha costado acostumbrarme, porque me gusta tener mi plata ordenada, sobre todo teniendo hijos. Pero así funciona. Hay que moverse mucho y aprender a hacer malabarismos, porque hay meses buenos y otros no tanto. Pagar apenas se pueda y confiar en el talento, decretar que van a llegar las pegas necesarias en el momento justo. Buscar cosas siempre, tener garra.

 

¿La perdiste en algún momento?

Hubo un tiempo en que tuve miedo de no generar las lucas que necesitaba, cuando era mamá soltera. En ese entonces con mi hijo vivíamos solos y en las noches me entraba el pánico, no sabía si estaba haciendo lo correcto, lo más seguro, si nos iba a alcanzar para vivir bien. Fuimos súper austeros y aperramos en una realidad difícil, pero eso nos hizo más fuertes. Ser independiente requiere ser valiente, decir “me tiro a la piscina y después veo cómo lo resuelvo”. De ser jugada. Tuve que aprender a creerme el cuento.

 

“ME RÍO Y LO PASO BIEN CONMIGO” 

 

Ese mismo ímpetu, aunque por casualidad, la llevó a protagonizar comerciales. Llegó a un casting con su hijo cuando este tenía apenas un año, y al verla con él en brazos, un director le ofreció probarse para un papel. No iba a decir que no. Su personalidad extrovertida hizo el resto, y hoy es común verla como madre en publicidades de supermercados, alimentos y farmacias, trabajo que, además de generarle dinero extra, le permite suscitar contactos, y sobre todo, la divierte.

 

Alana sabe que tiene una personalidad fuerte. Que llama la atención y es capaz de convocar, aunque su honestidad a veces carezca de tino. “Distintas experiencias en la vida me han llevado a bajar la pluma, a pensar más antes de hablar o actuar, pero todos los errores me han servido. Aprendo y sigo más power, no me doy ni pienso darme por vencida”. Para ella, la autenticidad es la clave para captar y mantener clientas a lo largo del tiempo, pues más que “dejarlas lindas y listo”, lo que busca es generar lazos afectivos.

 

Me ha tocado ir a la peluquería y escuchar verdaderas confesiones entre las clientas y las profesionales. ¿Te pasa seguido?

Sí, y me encanta. Hay personas más reservadas, obviamente, pero otras que van a relajarse y te cuentan todo… ¡Pero todo!

 

¿No les da miedo?

No, porque se genera una onda rica, un espacio que claramente voy a respetar. Además, creo que se distienden precisamente porque no me conocen tanto, y yo no las voy a juzgar quizás como lo hacen sus conocidos. Por otra parte, también les cuento mis historias, me abro con ellas, y la mayoría de las veces tenemos muchos temas en común, problemas, rollos o terminamos riéndonos. Es la ventaja de trabajar en un lugar más privado, sin el sonido de tantos secadores y gente entrando, como pasa en las peluquerías, por ejemplo. Esto es más íntimo, con buena música, cositas ricas para picar… Con cada clienta se genera un ambiente distinto.

 

Algunas veces la complicidad llega a límites insospechados, como cuando le tocó ayudar a una novia a escapar, literalmente, de su matrimonio. “Durante los días de prueba, me hablaba de su expololo de años y no había que ser adivina para intuir que seguía enamorada de él. Y el mismo día de la ceremonia, el ex la llamó. Como su mamá estaba en la peluquería y no podía dejarla afuera de la casa, me pidió que por favor yo la esperara para contarle la noticia. Hizo un bolso y se fue. Efectivamente, cuando llegó la mamá yo tuve que contarle, y no sólo eso, sino que ayudarla porque tuvo una crisis nerviosa. Empezaron a llegar más familiares y yo ahí, arreglando mis cositas para irme”.

 

Otra vez tuvo que trabajar con una novia y sus catorce damas de honor, todas venezolanas: “Nunca había usado tanta laca y base. Era el cliché de lo latino: alegre, con la música fuerte, de tomar desde tempranito. Yo no podía, porque estaba trabajando, pero me contagiaron el buen ánimo por harto tiempo”.

 

LA BELLEZA PUEDE HUMANIZARSE

 

La conexión de la que habla Alana no sólo se da con las novias, sino especialmente al trabajar en lo que ella llama “maquillaje terapéutico”. Lo hizo hace un tiempo junto a Nerea de Ugarte, psicóloga especialista en sexualidad y autoestima femenina, al realizar clases de auto maquillaje gratuito para mujeres violentadas, de escasos recursos. “Fue una experiencia muy potente. Estamos hablando de mujeres que no podían mirarse al espejo, que les daba vergüenza, que se culpaban por lo que les había pasado o, derechamente, no habían sido capaces de seguir con sus vidas. Fue muy inspirador generar ese espacio, hacerles ver que valían, que eran bellas… devolverles un poco la dignidad, ayudarlas en su proceso de sanación”.

 

También trabajas con mujeres que han tenido o tienen cáncer

Sí. Y es muy bonito ver cómo, desde lo estético, se pueden generar cambios en su autoestima. Ellas han perdido las cejas, el pelo, y con el maquillaje se pueden hacer muchas cosas para reinventarse, para ganar seguridad.

 

TODO QUEDA EN CASA

 

Otra decisión que tomó para darle sentido a su vida fue volver a vivir y trabajar en Viña. “Me sentía sola en Santiago. Echaba de menos ir a comprar y en una cuadra encontrarme con amigos, estar en un taco pero viendo el mar”. Eduardo, su marido, piloto y padre de su segunda hija, Alicia, la apoyó. Martín lloraba y reía de felicidad al mismo tiempo.

 

Hace rato que estaba apuntando a bajar el ritmo. Primero fue dejar de trabajar los domingos, luego administrar mejor los horarios durante la semana. Privilegiar el tiempo con sus hijos, un lujo que antes no podía darse. Eso sí, separando los espacios. Si bien el taller está en su casa, el ambiente es netamente para las clientas, aunque Alicia lo utiliza cada vez que puede. “Dice que es maquilladora, y anda a llevarle la contra. Le encanta arreglarse y ya ha inventado sus propias técnicas de maquillaje”, cuenta Alana, sin ocultar admiración. Los videos y fotos que sube de ella en sus redes sociales no mienten: Alicia tiene igual o más personalidad que su madre.

 

¿Te consideras exitosa?

Sí. Y no sólo en lo profesional, sino que en todo. Estoy con mi familia, tengo una buena calidad de vida y hago lo que amo. Imagínate, de un talento innato logré hacer una carrera que me genera lucas, felicidad, y en los otros, un cambio.

 

De aquí a veinte años te ves…

Muy canosa y convertida en una dinosaurio del rubro, con muy buenas técnicas y mi propio local. 

 

“Me sentía sola en Santiago. Echaba de menos ir a comprar y en una cuadra encontrarme con amigos, estar en un taco pero viendo el mar”.



"Ser independiente requiere de ser valiente, de decir “me tiro a la piscina y después veo cómo lo resuelvo”.


“Cuando chica pintaba cuadros, tocaba piano, cantaba. Años después entendí que todo lo que yo hacía se podía abocar a esta profesión, que me apasiona, y me di cuenta de que era buena. Muy buena”.


“Distintas experiencias en la vida me han llevado a bajar la pluma, a pensar más antes de hablar, o actuar, pero todos los errores me han servido".

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