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EDICIÓN | Abril 2017

Recuerdos de papel

Carlos y Gustavo Muencke, Fotográfica FullColor
Recuerdos de papel

Con treinta y cinco locales de Arica a Puerto Montt, los hermanos Muencke, cuya tradición fotográfica los precede, han sabido resistir los embates tecnológicos marcados por la era digital y el bullying industrial que sufrieron en un principio, cuando se les ocurrió poner el primer laboratorio a color en la Región de Valparaíso en la década del setenta. Gracias al ingenio y a la diversificación de productos, esta empresa familiar supo reinventar un negocio que parecía destinado a bajar el telón. Esta es su historia. 

Por Macarena Ríos R./ Fotografía José Luis Urcullú

Es la hora de almuerzo y Foto Café, el centro de operaciones y casa matriz de los hermanos Muencke, ubicado en Valparaíso y por el que recibieron un premio al rescate del patrimonio cultural porteño el 2013, está en su punto de ebullición. Nos sentamos en el privado, piso de pino Oregón, mesas de lingue, y Carlos me muestra con un dejo de orgullo un libro de tapas gruesas, hecho por su hija, donde aparece la historia familiar que los liga con la fotografía desde el siglo XIX. Un lujo.

También me enseña una imagen con Gustavo, su hermano y compañero de aventuras a estas alturas del partido: cuarenta y cinco años trabajando juntos no es menor. Ambos posan con una cámara de cajón antigua, la misma que hoy descansa en el subterráneo, esperando ser exhibida en el Museo de la Fotografía, un proyecto que los tiene muy entusiasmados.

“¿De qué año es?”. “Del año pasado”, responden con una carcajada cómplice. Esa fue una de las cámaras con las que Fotográfica Valk —el primer estudio fotográfico del país y Latinoamérica, fundado en 1842 por el fotógrafo inglés William Helsby y que más tarde adquiriera su tía Magdalena Muencke—, pasó a los anales de la historia al retratar a la alta sociedad porteña de la época. “Todas las familias se tomaban fotografías de estudio, bautizos, primeras comuniones, matrimonios, que después eran exhibidas en la vitrina del primer piso de calle Condell, donde estaba el estudio en ese tiempo. A falta de photoshop había un par de señoras que retocaban las fotos a mano, se demoraban dos horas en cada una, era todo un trabajo artístico”, recuerdan.

¿Algún personaje?

Tenemos una fotografía original del almirante Merino cuando era guagua.

 

 

 

CUARTO OSCURO

Gustavo tenía catorce años cuando reveló su primera fotografía en un cuarto oscuro; Carlos, dieciocho.

Fue su tía Magdalena, la hermana mayor de su padre, que nació en altamar y los crió como sus regalones, quien les enseñó los misterios de la fotografía y el proceso mágico del revelado. Las visitas a su estudio después del colegio, eran pan de cada día y fueron aprendiendo con la práctica, lejos, la mejor maestra. “Aprendimos mucho de esta tía bohemia y artista, que fue la primera mujer ícono de la fotografía en Chile, pero también nos mandamos las mansas “cagadas”, dice Gustavo, que más tarde tomó clases de fotografía con Natalio Pellerano y Manuel Opazo, en el entonces Foto Cine Club de Valparaíso. “En ese tiempo, el fotógrafo era una especie de laboratorista”.

¿Cuánto se demoraban en entregar un álbum de matrimonio?

Un par de meses. A veces nos pasó que llamábamos a los clientes para avisar que estaban listas las fotos y ya se habían peleado y separado. Una vez vinieron a buscar un álbum después de la luna de miel, el tipo preguntó el precio, pagó y acto seguido lo hizo pedazos y lo tiró a la basura.

¿Cómo es trabajar juntos?

Perfecto, cada uno ve un área en particular, y nunca hemos peleado. Pero pusimos una regla: ninguna de nuestras señoras puede opinar sobre los negocios y esa ha sido una de las claves, tú sabes que las mujeres son más carboneras.

Y guiñan un ojo.

 

LOS INICIOS

Distendidos y con mil anécdotas para el recuerdo, los hermanos Muencke disfrutan lo que hacen. Y se nota. Su política de puertas abiertas es conocida dentro de la empresa, así como su arrojo en los negocios. “Como FotografICA Muencke, fuimos los primeros en poner un laboratorio a color en la Región de Valparaíso en la década del setenta. En ese tiempo nos hicieron bullying industrial”, afirma Gustavo, muy serio. “Pero si no fue para tanto”, lo interrumpe Carlos. “Claro que sí”, alega el hermano, “¿o no te acuerdas cuando llegaban del extranjero las cajas con los papeles cambiados? Eso nos hizo aprender mucho más de calidad, de corregir sobre la marcha, y memorizarnos a la perfección los códigos de cada tipo de papel”.

Más tarde, en 1989, le compraron a Kodak, FullColor, junto a un tercer socio: Arturo Platt. Pero una década más tarde vendrían tiempos difíciles. La era digital provocó el cierre en cadena de varias tiendas fotográficas de la época, como Reifschneider, Kónica, Agfa. Y tras la crisis de comienzos del 2000, los Muencke tuvieron que achicarse a la mínima expresión. De cien tiendas, se quedaron con treinta.

¿Con qué enseñanzas se quedan?, ¿qué rescatan?

Aprendimos a enfrentar cambios duros. Tener que tomar la decisión de cerrar el setenta por ciento de tus tiendas, despedir gente y guardar en una bodega cuatro millones de dólares en laboratorio, fue fuerte. La gran preocupación era que este negocio moría y comercialmente tuvimos que tomar medidas bastante drásticas. Pero al mismo tiempo nos abrió los ojos para incursionar en otras áreas distintas a la fotografía. Nos diversificamos en otros negocios: inmobiliario, papel mural, vidriería, empresas de andamios, de metal.

¿Cuál ha sido el logro más grande?

El salto que dimos cuando compramos la cadena de tiendas Kodak a Kodak.

¿Cómo reencantar a la gente con la fotografía?

Para que te hagas una idea, al año se revelaban treinta y seis millones de fotos en el mercado nacional fotográfico en la década de los noventa. Con la era digital, esa cifra llegó a rozar los siete millones, porque mucha gente comenzó a guardar sus fotos en disquetes, pendrives, discos duros, CD, en lugar de revelarlas. Muchas de ellas se perdieron y con el tiempo se dieron cuenta de que con ellas se había ido para siempre una gran parte de la historia de su vida. Sus recuerdos. Hoy día, Fotográfica FullColor revela cerca de trece millones de fotos anuales. De hecho, tenemos una fábrica de marcos especialmente para las fotos, que produce unos treinta mil al mes.

¿A qué se debe ese repunte?

La gente hoy sabe que la única manera de no perder su historia es imprimiendo las fotos. Todas las revistas mundiales de fotografías hablan de una generación completa sin instantáneas, que perdieron las imágenes por diversas razones. Eso es lo que más duele, el quedarse sin historia, sin memoria, sin recuerdos para la posteridad.

¿Cuál es el plato fuerte?

Las impresiones digitales. Actualmente, el setenta por ciento de nuestras ventas está orientada al servicio de imagen, ya sea en papel, tazones, poleras, imanes, calendarios. Vendemos muchos álbumes de fotos, las personas están volviendo a guardar sus recuerdos.

¿El plus?

El conocimiento, nosotros venimos con la veta antigua de la fotografía, está en nuestro ADN.

 

UN DELHI EN NUEVA YORK

Un día, hace ya unos quince años, Gustavo estaba en una librería de Nueva York, esperando que le entregaran un ejemplar de la saga de Harry Potter. Mientras esperaba, de un minuto a otro, y ante su asombro, el local se transformó en un Delhi, donde la gente pasaba a comer y aprovechaba de leer. “Me encantaría hacer lo mismo con la fotografía”, pensó Gustavo, “como para amenizar el tiempo de espera”.

Diez años después abrieron Foto Café. Lo que era el laboratorio análogo, en la planta baja de la casa matriz, lo transformaron en la actual cocina. Rescataron y restauraron mesas, sillas, lámparas y paragüeros pertenecientes al antiguo café Riquett —que habían rematado años antes de puro románticos, como dicen ellos­— y apostaron sus fichas. Hoy sacan cuentas alegres. En cuatro años el café se convirtió en un restorán, donde la gente aprovecha de almorzar mientras espera que le entreguen un revelado, compra álbumes o se saca fotos en El Baúl de la Abuela (en una alianza que formaron con Diego Bromberg).

¿Han pensado replicar este tipo de negocio en otro local?

Está en nuestros planes. Este modelo, que mezcla la fotografía con un restorán y cafetería, es único en Chile. Dentro de nuestros proyectos para el próximo año es hacer un museo de la fotografía en Chile en el subterráneo de este local. Por eso es que siempre estamos recolectando fotografías antiguas y elementos de esa época, como cámaras, trípodes y lentes.

Gustavo, que añora el romanticismo del revelado a la antigua usanza, maneja el área artística-técnica, es decir, todos los desarrollos fotográficos que conllevan innovación, y Carlos ve el área comercial y de tiendas.

¿Cuáles son las fortalezas de esta empresa?

El equipo de trabajo. Tenemos gente tremendamente comprometida, preparada y honesta, que trabaja con nosotros hace muchos años. La llamamos la familia FullColor.

¿Los próximos desafíos?

Estamos desarrollando una aplicación para mandar a revelar desde el celular.

¿La mejor feria internacional?

Photokina, en Colonia, Alemania. Esa es la feria más importante del mundo y a la que vamos todos los años.

¿Qué se viene de aquí a diez años más?

Se va a volver a poner de moda el papel fotográfico. La gente se está dando cuenta de que ha perdido muchos de sus recuerdos y va a comenzar a imprimir más fotos. El otro día salió un artículo en Estados Unidos que hablaba sobre la vuelta de las diapositivas, a lo análogo vintage.

Hay una suerte de nostalgia en las palabras de estos hermanos viñamarinos, cuyas casas están tapizadas de fotos, en las paredes, en marcos, en álbumes, sobre mesitas de noche, en tazones y poleras. Hay un dejo de añoranza por un pasado que pretenden reflotar. Porque hay muchos huérfanos de imágenes que quieren volver a guardar sus historias en álbumes. Y ellos no solo lo saben, sino que están trabajando para devolver el sitial a la foto en papel. Como era antes.

“¿Qué es para ti la fotografía?”, le pregunto a Gustavo, el artista. “La vida”, contesta, rotundo. 

 

“Nos demorábamos un par de meses en tener listo un álbum de matrimonio. A veces nos pasó que llamábamos a los clientes para avisar que estaban listas las fotos y ya se habían peleado y separado. Una vez vinieron a buscar un álbum después de la luna de miel, el tipo preguntó el precio, pagó y acto seguido lo hizo pedazos y lo tiró a la basura”.

“Aprendimos a enfrentar cambios duros. Tener que tomar la decisión de cerrar el setenta por ciento de tus tiendas, despedir gente y guardar en una bodega cuatro millones de dólares en laboratorio, fue fuerte”.

“Se va a poner de moda el papel fotográfico, la gente se va a dar cuenta de que ha perdido mucho sus recuerdos y va a imprimir más fotos. El otro día salió un artículo en Estados Unidos que hablaba sobre la vuelta de las diapositivas, a lo análogo vintage”.

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