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EDICIÓN | Abril 2017

Suculentas a color

Mónica Murillo y Paulina Vidal, en su Vivero Laguna Verde

Desde hace seis años, las propietarias de este vivero se especializan en la venta y reproducción de estas plantas, llamadas también crasas, que cautivan por sus formas y colores, provienen de zonas áridas y necesitan escaso riego. Resistentes a casi todo, son ideales para desarrollarse en ambientes costeros, dicen.

Por Francia Fernández P./ fotografía José Luis Urcullú

Todo comenzó con una pequeña colección; como un pasatiempo que, poco a poco, se convirtió en una actividad de tiempo completo. Hace seis años, Mónica Murillo y Paulina Vidal —amigas y excompañeras de curso del Colegio Saint Dominic de Viña del Mar— fueron agrupando suculentas —unas plantas carnosas, que almacenan mucha agua, sobre todo en las hojas, y son capaces de sobrevivir en ambientes áridos y secos— de diferentes características y especies, hasta sumar las suficientes como para formar un almácigo y producir por su cuenta.

 

Actualmente, la variedad es tal, que cuentan con más de trescientos tipos repartidos en los seis mil metros cuadrados que conforman el Vivero Laguna Verde. Para llegar hasta este lugar cercado por pinos, hay que tomar el Camino La Pólvora, dar unas vueltas de más y de menos, y atravesar un portón, hasta una entrada que da a un sendero estrecho, donde un cartelito de madera señala que es el sitio correcto. La propiedad pertenece a la familia de Mónica, una agrónoma que creció ahí hasta los cinco años, entre el amor por la naturaleza que le traspasó su padre y los relinchos de los caballos que aprendió a montar casi junto con caminar.

 

“Las suculentas son las que mejor se adaptan a esta zona; por la falta de agua, la gente gasta poca plata en riego y estas plantas pueden pasársela mucho tiempo sin ella”, explica Mónica. Según dice, serían la solución “ideal” para quienes tienen terrazas en las playas y van los fines de semana, porque la costa es compleja para la agricultura, y estas plantas resisten el doble que una planta común. “En el invierno, la gente puede hasta abandonarlas y, al regreso, con un poquito de agua, se ponen lindas inmediatamente”.

 

Su socia, Paulina, que es artista textil, comenta que las suculentas, que acá se aprecian en forma de alcachofas —echeverias—, o de pequeños árboles —crásulas—, o acolchonadas —sedum—, o descolgándose como si fueran racimos —rosarios—, y en diferentes colores —amarillos, anaranjados, rojos, rosados—, son muy agradecidas. “Una vez tuvimos problemas con sales, en la chacra se murió todo y ellas resistieron”. Otras características son que contraen pocas enfermedades y la mortalidad es mínima comparada con cualquier otra planta de vivero. Y crecen lentamente, si bien la mayoría florece en algún momento del año. “Todos los meses hay algunas floreciendo y duran más de un mes en flor”, señala Mónica, mientras ella y Paulina hacen un recorrido por su criadero, una especie de gran jardín al aire libre, con un invernadero, donde están las plantas madres, a un costado.

 

A las suculentas, que crecen principalmente en Australia y el sur de África, y en Chile se encuentran en forma nativa en la playa y el desierto —la más conocida es la pata de guanaco— se las conoce también como plantas crasas. Aparte de necesitar escasa agua para desarrollarse, su naturaleza todoterreno las hace resistentes al viento y al sol. De hecho, es al sol donde toman su color óptimo. “Si las tienes estresadas, se ponen rosadas, y si están a la sombra se ponen celestes”, puntualiza Mónica.

 

Por lo visto, son plantas que están de moda. Hasta este vivero llegan cada vez más clientes que se enamoran del lugar, además de coleccionistas que buscan un ejemplar específico, personas que revenden suculentas, y arquitectos y paisajistas que las incorporan con mayor frecuencia en sus proyectos, por su tamaño pequeño, su precio —cada una cuesta unos dos mil quinientos pesos— y su colorido. Una visita que Mónica recuerda especialmente es la de la bióloga y botánica Adriana Hoffmann. “Fue muy emocionante, porque para mí, que estudié agronomía, ella es una eminencia. Quedó maravillada. Se tiraba al suelo y decía: ‘quiero este jardín en mi casa’”.

 

El dato del vivero ha pasado de boca en boca, sobre todo entre los asiduos santiaguinos, que comparten imágenes en Instagram y Facebook, y también se ha difundido gracias a eventos como la Feria Jardinera, que organiza la revista Vivienda y Decoración (VD) de El Mercurio y la compañía Árbol de Color, en noviembre, y al que cada año se apuntan Mónica y Paulina con sus arreglos: cajitas de colores con plantas, esferas colgantes, suculentas en vasitos de greda clara —traídos de Nacimiento—, que son recuerdos de bodas; cuadros de 50 x50 centímetros con base metálica que se pueden colgar, o mandalas en platos de cemento. Este último fue el producto estrella de Vivero Laguna Verde, en la pasada edición de la feria.

 

Junto con pedidos “ornamentales”, estas amigas reciben cada vez más solicitudes para hacer jardineras en departamentos, así como encargos que han viajado hasta Puerto Aysén. “Ahora nos están haciendo pedidos de Antofagasta y de La Serena. Vamos a empezar a mandar a regiones”, cuenta Paulina. El invierno pasado también se ocuparon del jardín del mall Vivo Los Trapenses de Lo Barnechea. El decorador Francisco Camiroaga diseñó las macetas y los árboles de madera, y ellas hicieron el resto. “Fue muy bonito hacer todo lo que queríamos. Estábamos un poco asustadas con la helada, pero las plantas resistieron súper bien. Se destacaban mucho las suculentas, y muchas personas se interesaron en nuestro trabajo”, indica Mónica.

 

Próximamente, tienen previsto hacer jardines costeros, en Matanzas, cerca de Pichilemu. Asimismo, esperan desarrollar diseños y composiciones en techos y muros. “En los techos se puede dibujar, es algo que nos entretiene mucho, y como los paisajistas no conocen cómo se comportan las suculentas, nosotros los asesoramos”, dice Paulina. “También nos estamos metiendo con las plantas acuáticas que, al igual que las suculentas, casi no ocupan agua”. Como muestra, en el vivero hay algunas, incluso con pececitos de colores, en unos toneles metálicos. “Se arman ecosistemas, los peces se mantienen ahí y se alimentan de caracoles, de zancudos; el agua no se pone hedionda. Es un ecosistema perfecto, equilibrado”, acota Mónica. “Y los pececitos son tan entretenidos para los niños”, agrega Paulina.

 

Un punto que distingue su trabajo es la mirada ecológica, en la tierra que utilizan, aunque las suculentas se dan casi en cualquier parte, ya sea que se asomen rastreras —miden unos quince centímetros—, entre las piedras, o se levanten —hasta un metro y algo— sobre el suelo. “Nuestra tierra es especial, hacemos una mezcla liviana, porque algunas variedades pueden pudrirse, sobre todo la raíz. Y ya no usamos tierra de hojas, para no depredar bosques, porque va empobreciendo el suelo”, sostiene Mónica. Todos los años se renuevan y van probando materiales, por ejemplo, para que las cajas con los arreglos que hacen, no goteen, si se las cuelga.

 

En el vivero también producen miel orgánica —para contrarrestar el serio declive de las abejas en Chile—, básicamente, para vecinos y conocidos, y cultivan una huerta sin químicos, que les da frutos de estación que luego cocina Carlitos, un trabajador que también les ayuda a sembrar y cosechar.

 

¿Se aprende algo de las suculentas? “Sí”, responden Mónica y Paulina, sin dudar. “La capacidad de adaptación. Son impresionantes”. 

 

“Las suculentas serían la solución ‘ideal’ para quienes tienen terrazas en las playas y van los fines de semana, porque la costa es compleja para la agricultura, y estas plantas resisten el doble que una planta común”.

“Son plantas que están de moda. Hasta este vivero llegan cada vez más clientes; además de coleccionistas que buscan un ejemplar específico, personas que revenden suculentas, y arquitectos y paisajistas que las incorporan con mayor frecuencia en sus proyectos, por su tamaño pequeño, su precio y su colorido”.

“El invierno pasado también se ocuparon del jardín del mall Vivo Los Trapenses de Lo Barnechea. El decorador Francisco Camiroaga diseñó las macetas y los árboles de madera, y ellas hicieron el resto. ‘Fue muy bonito hacer todo lo que queríamos’”.

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