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EDICIÓN | Abril 2017

Ortiga, la isla

Paseos de mar y tierra

Desde tiempos antiguos ha sido el corazón y alma de Siracusa, primera ciudad griega de Italia, allá en el sudeste siciliano. En tan sólo un kilómetro cuadrado, L’Isola di Ortigia, Patrimonio de la Humanidad desde 2005, conserva atractivos vestigios de antiguas civilizaciones. Encantadora, simple y fácil de recorrer; ciudad ideal para el filósofo Platón, uno de sus tantos enamorados. En cada época un nuevo amor y, si usted también siente su atracción, elija un puente, cruce y déjese sorprender. 

Texto y fotografías: Constanza Fernández C.

Era verano, agosto, y aún quedaban algunas horas antes del atardecer. Me detuve frente al Duomo, allí en su plaza, la plaza del Duomo o Catedral, el centro de casi todas las ciudades italianas, donde turistas y locales suelen compartir cafés y helados para pasar el calor. La mitad del agradable sector peatonal ya estaba resguardada del sol, gracias al Beneventano del Bosco y el Vermexio —hoy sede del Municipio—, elegantes palacios aristocráticos que rodean el espacio.

 

Cada día sus sombras se van proyectando sobre la plaza hasta cubrirla, aunque en ese momento, el sol aún la iluminaba a ella, casi como si quisiera advertir que ella, la mujer de blanco que recibía su luz, era la protagonista; ágil y sonriente, del brazo de su padre cruzaba la puerta principal de la catedral, una antigua fachada barroca del año 700. Allí, en el área sacra más antigua de la isla, la novia y sus amigos desplegaban una romántica y espontánea escena de amor. Así vive Italia; entre lo viejo y lo nuevo, lo sacro y lo humano, la elegante expresión de sus tradiciones y la libre elección de sus compromisos. Porque en ese país lo viejo se mantiene joven y siempre encuentra la manera de adaptarse y trascender los tiempos; prueba de ello es la actual estructura cristiana de la catedral, levantada sobre los cimientos de un antiguo templo griego construido en honor a Athena, la diosa de la guerra y la razón.

 

Ese primer atardecer lo contemplé bajo una hilera de árboles bastante particulares, cuyos cortes tipo triángulos al revés, servían para aislar el calor generando una grata atmósfera desde donde se podía observar al naranjo pintando las aguas del mar, y el rebote del amarillo intenso sobre las embarcaciones que descansaban en la quietud del Mediterráneo, proyectando mágicos destellos hacia la tierra. Con la última luz, esa que algunos llaman la hora mágica y que dura breves minutos, tomé el camino peatonal que rodea la isla rumbo al Gutkowsi, el hotel boutique que elegí para dormir, famoso por ser una antigua casa de reunión de pescadores, con habitaciones en primera línea frente al mar; ideales para que la salida del sol sea un imperdible.

 

RESPIRANDO LA BRISA DE SU FRESCURA

 

Cientos de naranjas, mandarinas y los más variados cítricos tapizan la zona, son las especies que, junto a los olivos, decoran el Agroturismo la Frescura, una interesante alternativa para alojar si lo que se busca es desconectarse de las largas caminatas citadinas de viajes, especialmente si es verano y se añora un poco de aire. Es el aire de un lugar que sabe a limón, un aroma que me llevó a recordar a mi madre hablándome de uno de los más antiguos de la familia: bajo y furbo, astuto como suelen ser los sicilianos, así era tu vis nonno Luciano, me contaba cuando era niña. Con ingenio, siempre encontraba algo para vender, aunque su comodín eran las mandarinas; llegando incluso a venderlas al norte de Italia, en la región de Liguria, donde vive la otra parte de la familia, que aún recuerda a este innato y pillo comerciante.

 

Ubicada sobre una suave colina y rodeada por un aromático jardín de cítricos, la privilegiada posición geografía de “La Frescura”, ofrece una amplia panorámica del Golfo de Siracusa, conectado por tres puentes a la Isla de Ortiga, el valle del Anapo y, al fondo, coronando el paisaje, el Etna, uno de los volcanes más famosos de Italia. Son diez los kilómetros que la separan de la vieja Siracusa, distancia que le permite ser una especie de oasis para el descanso. A sus dueños les gusta hablar del jardín de naranjas porque, para mi sorpresa, los cítricos no son nativos de la región, fueron exportados desde Arabia, después del medioevo. Entonces, hay que regarlas y podarlas, dice la familia encargada de cuidar las doce hectáreas de terreno y sus tres mil árboles, ellos fueron los vencedores de un atractivo proyecto de restauración para agroturismo, destacado por su propuesta de conservar la piedra típica de la zona con la que se construyó la gran casona que hoy recibe a los turistas, conocida como la arenaria. El trabajo de reconstrucción, restauración y conservación comenzó en 2003 e incorporó la piedra “cai” en la decoración de algunos espacios, conservando en otros los pastelones pintados artesanales. El lugar ofrece silencio y vida natural en una típica granja siciliana de fines del setecientos, muy bien conservada y cuidadosamente restaurada según los cánones estéticos del siciliano rústico.

 

Después de un tempranero desayuno orgánico me motivaba volver a Ortiga porque aún quedaba bastante por recorrer. Usé el puente Humberto, principal conexión con la isla, que me llevó hasta el Templo de Apolo, ubicado justo al lado del Mercado Central, construcción que data de fines del mil ochocientos, época en la que sólo servía para comerciar pescados, a diferencia de hoy que suele estar ambientado con entretenidas ferias gourmet, novedosos mercados orgánicos los domingos e, incluso, conciertos y encuentros musicales. Desde las ruinas de Apolo, la panorámica hacia los puestos es completa. Después de recorrer una breve exposición de tejidos artesanales me propuse encontrar una iglesia de piedra amarilla a cielo abierto, es decir, sin techo. Me contaron que fue el terremoto de 1990 el que terminó con la estructura y, lo atractivo, es que el espacio quedó así y durante años acogió distintas actividades culturales, siendo el Ortigia Films Festival una de las más importante; aunque recientemente el arte dio paso a la oración y el lugar volvió a ser habilitado como iglesia, es la Chiesa San Giovanello, cuyo rosetón gótico, al centro, evoca su artístico pasado.

 

Son ruinas griegas, barrocas y también clásicas que se descubren entre los estrechos y antiguos callejones de esta pequeña y laberíntica ciudad con historia. La Fuente de Aretusa, es otro de sus atractivos, una pileta semicircular donde habita un grupo de silenciosos papiros; se dice que fueron varios los poetas griegos, como Virgilio, quienes le cantaron y recitaron poemas a estas dulces aguas. Frente a ellas el mar, siempre tranquilo, es también una alternativa para navegar, tomar un baño o, simplemente, sentarse a recibir su brisa mientras se saborea el cannoli, típico dulce siciliano que, aunque los hay de variados sabores, cuesta elegir otro que no sea el pistacchio. Todo hace difícil la partida y, aunque dos o tres días bastan para recorrerla, incluso si se opta por combinar el alojamiento con “La Frescura”, es probable que la estadía se alargue.

Datos:

Alojamiento en la Isla de Ortiga, antigua casa de pescadores restaurada como hotel boutique

http://hotel-gutkowski.siracusa.hotels-sicily.net/

Alojamiento en paisaje siciliano rodeado de cítricos a sólo diez kilómetros de Ortiga

http://www.lafrescura.com/

 

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