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EDICIÓN | Marzo 2017

Una historia de vida

Victoria Valenzuela Mazzocchi escritora
Una historia de vida

Esta es la historia de una sicóloga en la búsqueda profunda de la maternidad. De una mujer que, tras varios intentos fallidos, entre tratamientos, fertilizaciones in vitro e inyecciones de hormonas, dijo “basta”. Y de cómo, en lugar de echarse a morir y rumiar su pena en un rincón, se reinventó, descubrió el deporte y escribió un libro. Su primera novela. Esta es la historia de una mujer que tuvo que perderse para volverse a encontrar.

Por Macarena Ríos R. / fotografía José Luis Urcullú.

Sus ojos almendrados no dejan escapar ningún detalle, tal como lo hacían de niña cuando vivía en Recreo y pintaba —con ese talento innato que la llevó a ganar varios concursos— en el taller del desaparecido artista español Isidoro Molleda. “Pinté Valparaíso muchísimas veces en óleo, al carboncillo, en pastel. Me lo aprendí de memoria, su geografía en relieve, las gaviotas alocadas, el aire marino. Y la niebla. No sabes cómo extraño la niebla de la mañana”, me dice Victoria, en tono de confidencia.
 
“Lavitos”, ya no vive en Valparaíso, donde transcurrió su niñez y adolescencia, tampoco en Santiago, la ciudad que la vio casarse y luchar incansablemente por ser madre, sino que en Washington, donde aterrizó hace un par de años junto a su marido y donde también escribió su primera novela: Con permiso para amar.
 
¿Es tu foto la que está en la portada del libro?
No, pero estoy segura de que lo hicieron con “su qué”.
 
Claro, no será ella, pero es igual. El flequillo perfectamente imperfecto, la boca carmín, las facciones delicadas, el mentón decidido. No será ella, pero la historia que encierran sus páginas tiene tintes autobiográficos. Definitivamente.
 
Delgada, los brazos marcados, la voz clara como la mañana. Mientras desayunamos en el Cerro Alegre, me va contando retazos de su vida. La de ahora y la de antes. Muy pronto se mudará a Queens, en Nueva York, donde quiere hacer un magíster en Escritura Creativa que se imparte en español. 
 
¿Por qué sicología?
Por miedo. Aunque el arte vivía en mí, privilegié una carrera que me diera cierta estabilidad. ¿Y sabes qué? Lo bonito de la sicología es que me permite describir a los personajes con una dimensión más profunda, explicar el porqué de los celos, por ejemplo, o de los viajes de Ana, la protagonista. A mí me gusta hablar sobre las elecciones de vida, me gusta explicar, a través de diálogos, los momentos de crisis de las personas.
 
¿Cuánto hay de Ana en ti?
Es imposible disociarme del personaje de Ana, porque yo también tuve que pasar por una aventura personal para descubrirme y reconocerme. Y eso es lo que más me identifica con Ana, que en algún punto ella se la juega por su felicidad y por su vida, con el costo que ello implique. Y se arriesga, y se atreve. 
 
¿Cómo tú?
Como yo.
 
LA LUCHA
 
Victoria, “Victuar” para las amigas, conoció a Andrés cuando trabajaba en Copesa. Después de meses de miradas cómplices y coqueteos de pasillo, se encontraron en una fonda en Maitencillo. Dice que el mar se lo trajo. Ese mar que la inspira y que la centra. En ese tiempo ya vivía en Santiago igual que él, más que por un tema de lucas, por uno social. “Quería conocer más gente, ampliar mi círculo. No me preguntes cómo, pero yo sabía que acá en Viña no estaba la persona para mí”. Y tenía razón.
 
Se enamoraron, se casaron. “Compramos el modelo de familia perfecta, la casa en Chicureo, al lado de la laguna, con un bosquecillo de abedules”, recuerda. 
 
¿Cuándo empiezas con el tema de los tratamientos?
Cuando renuncié a Copesa y me fui a trabajar a una consultora. Tenía treinta años y me sentía lista para ser mamá, pero como no pasaba nada, inmediatamente me metí a un plan de fertilidad y eso me lo cuestiono hasta el día de hoy. Por qué no esperé, por qué no fui más paciente, por qué no traté de embarazarme de manera natural. 
 
¿Pero efectivamente tenías un problema?
Lo que pasa es que a mí me faltó la amiga que me dijera eso. Con los doctores eran puras posibilidades. Posible endometriosis, posible reserva ovárica baja. Tuve dos operaciones, para ver si estaban tapadas las trompas. Durante años seguí un camino bien a ciegas, que lo único que hizo fue empeorar mi condición reproductiva.
 
¿Y no exploraste métodos más naturales?
Lamentablemente, no. Estaba obsesionada con el tema de la maternidad, queríamos que todo resultara perfecto. Cada vez que íbamos al ginecólogo con la secreta esperanza de que “ahora sí que sí” y no pasaba nada, lo vivíamos como una pérdida terrible. Caímos en una espiral de culpas, de desgaste fuerte, de sacarnos cuentas. 
 
Y en ese minuto, Victoria se perdió, con todas las incertidumbres y cuestionamientos que uno se hace en forma natural. ¿Por qué no puedo ser mamá?, ¿qué tengo?, ¿por qué a mí? Pasaba horas revisando chats de infertilidad, mientras Andrés pasaba horas inmerso en su trabajo y estudios. 
 
¿Qué hubiera pasado con tu vida si no hubieras tenido ningún problema para tener hijos?
Soy una convencida de que todo pasa por algo. Si yo no hubiera pasado por esto seguramente no estaría acá, no estaría viajando, ni hubiera descubierto lo que me encanta, que es escribir. Hay que perderse para encontrarse.  
 
BASTA
 
Victoria se despertó en la mitad de la noche. Era invierno. Hacía frío. Y no podía dormir. Su cuerpo, cansado de las bombas hormonales, del sobrepeso y los tratamientos, se revolvía entre las sábanas. Las tres de la mañana, las cuatro. En un impulso, se puso las zapatillas, un buzo y comenzó a correr por el sector de BordeRío, en Vitacura. “Sentía un calor interno tremendo. Durante años abusé de mi cuerpo, durante años lo maltraté, durante años me culpé y ahí, corriendo una madrugada de julio del 2013, la más fría que he sentido en mi vida, dije “basta”.
 
Tuvo que pasar un año y medio, desde esa sensación de libertad y desahogo, cuando se enfrentó a su primera maratón en Maitencillo. “Ahí, frente al mar, me reconcilié con mi cuerpo e hice del deporte un estilo de vida. Y fue divertida la situación, porque para poder poner mis límites y decir no, necesitaba un cuerpo vigoroso que me acompañara”.
 
¿Por qué ha prendido tanto tu tema si cada día es más común?
Antiguamente la fertilidad no era tema. Nuestras abuelas se casaban muy jóvenes y a mi edad hace rato que tenían resuelto el tema “familia”. Hoy día, lo que uno quiere como mujer es terminar una carrera, viajar, no estar atada a los horarios de oficina y vas postergando la maternidad. Y ahí es cuando vienen los cuestionamientos, los ¿por qué no te embarazaste antes?, ¿por qué no te casaste antes?, ¿por qué no dejaste las pastillas? ¡Juicios tan livianos! Consejismos baratos que no te ayudan en nada…
 
¿Por qué no se abrieron a la adopción?
Porque veníamos de cinco años desgastantes y el proceso de adopción en Chile es muy largo, cuatro, cinco años. Tengo una amiga que lleva seis años esperando… ¿Y qué hago entonces? ¿Me paso otros cinco años en torno al eje de la maternidad hasta llegar a los cuarenta? No.
 
¿Este libro fue una especie de tabla de salvación para ti?
Totalmente. Escribir el libro fue un poco jugarme la vida. Hubo un minuto en que no veía la luz, en que estaba inmersa en una depresión enorme. Nos enseñan a que ser madre es el fin, el propósito de la mujer, que es parte de tu identidad. Yo antes tenía una concepción de la vida más clásica, con familia constituida, con hijos, con perro, con piscina. Y cuando corto con esa idea y hago el quiebre para atravesar hacia la otra vereda, es cuando decido certificarme como coach ontológico y ayudar a otras mujeres que luchan por ser madres a que amplíen el espectro de posibilidades y se abran a otras opciones.
 
¿Y qué pasó con Andrés?
Estuvimos separados un tiempo. Y de a poco comenzamos a salir, a reencontrarnos, a pololear, a hablar las cosas, a llorar y a recuperar la vida que habíamos dejado atrás, buscando desesperadamente ser papás. Empecé a reconectarme con mi esencia femenina, a vivir el erotismo. Nos fuimos de viaje a Ibiza, a vivir una vida de pololos. A la vuelta vendimos todo y partimos a Washington.
 
¿Por qué Washington?
Porque la cultura americana es mucho más relajada. Allá no es tema si no eres madre. Además, Andrés había postulado a un MBA por dos años y muy cerca estaban los mejores centros de fertilidad, como el Shelby Group, un sistema colaborativo de financiamiento de riesgo compartido.
 
¿Y?
Es que ya no pude, quedé saturada. No me dio el cuerpo para seguir. Como ya estaba mucho más clara, más liberada, fue ahí cuando abracé la idea de desistir y de no hacerme más tratamientos. Lo hablé con Andrés y le dije que entendía si él quería terminar esta relación porque para él también la paternidad era importante. 
 
¿Y qué te dijo?
Que estábamos juntos en esto.
 
DICHOSA
 
Intensa y entretenida. Una de las palabras favoritas de Victoria es “dichosa”, como afirma ser su estado actual. Ama leer, viajar y hacer deporte. Dice que Andrés es su cable a tierra, que de su mamá heredó el temperamento italiano, el motor, “el lado crazy”, y de su papá, la sensibilidad con el arte, con lo creativo, “para ser artista no puedes ser una persona muy plana”. Su contacto desde siempre con la literatura, como hija de un profesor de castellano, la llevó a tomar clases en talleres literarios y estando en el país del norte, viviendo en un barrio de arquitectura inglesa, lleno de cafecitos, se reinventó a sí misma y comenzó a escribir. “Yo quería ser escritora, quería poder hablar, tenía ganas de contar historias”.
 
¿Qué te inspira?
Yo escribo desde el desgarro, desde la euforia, desde los quiebres y las contradicciones. Ahí es cuando más fecunda me pongo. Puedo escribir ocho horas sin parar. Es como si se apoderaran de mí los personajes. Te vas a matar de la risa, pero con esta segunda novela que tengo en proceso, siento que me han venido a buscar, aparecen en mis sueños y ya estoy haciendo grabaciones de audio con lo que va a pasar. Me siento súper desafiada, quiero realmente sostener el camino que empecé. Si me va bien e inicio una carrera en esto, quiere decir que todo tuvo un sentido.
 
¿Te sientes expuesta con este libro?
No es algo que me complique, siento que lo he ido soltando. Pero hubo noches en que me costó mucho conciliar el sueño pensando que había harto de mí en él.
 
¿A quién le escribes?
A las mujeres como tú.
 
"Lo bonito de la sicología es que me permite describir a los personajes con una dimensión más profunda, explicar el porqué de los celos por ejemplo, o de los viajes de Ana, la protagonista. A mí me gusta hablar sobre las elecciones de vida, me gusta explicar, a través de diálogos, los momentos de crisis de las personas”.
 
"Escribir el libro fue un poco jugarme la vida. Hubo un minuto en que no veía la luz, en que estaba inmersa en una depresión enorme”.
 

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