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EDICIÓN | Marzo 2017

Vivir al límite

Marcela Bórquez, directora de Delaia
Vivir al límite

Es el único centro residencial femenino para el tratamiento de consumo grave de drogas y alcohol de esta región. Actualmente atiende a trece mujeres, cada una con una historia de vida sobrecogedora y donde el riesgo de recaer siempre está latente. Voluntad, motivación y esperanza son palabras recurrentes en Delaia, pues el camino de la rehabilitación no es fácil y eso muy bien lo saben las internas y el equipo multidisciplinario de profesionales, dirigido por la sicóloga Marcela Bórquez.

Por Verónica Ramos B. / Fotografía: Francisco Díaz U.

Abandono, desconsuelo, soledad, abusos y violencia forman parte de un historial, más común de lo que se piensa, entre las mujeres que se sumergen en las drogas o el alcohol y que cegadas por ese poder escalofriante del consumo, no logran ver la luz. Para varias de ellas han sido años de oscuridad, de deterioro físico y mental, de autoengaño, de mentiras y pérdidas irreparables. Los episodios de sobredosis son los que marcan en ellas un ¡detente! El distanciamiento de sus hijos y de la familia sumado a una menoscabada dignidad ––consecuencias implacables de este flagelo–– se convierten en el mayor dolor.

 

Derivadas por una orden médica de un hospital o por el Tribunal de Familia, las mujeres que no desean privarse de una segunda oportunidad, hacen una pequeña maleta y se internan en Delaia. Ubicado en una antigua casona del puerto de Coquimbo, este centro residencial financiado por el SENDA, es el primero en la región que acoge a mujeres con consumo grave de drogas y alcohol y el único que, desde abril del 2013, representa la posibilidad de alejarse de todo aquello que las motiva a consumir.

 

La decisión de ingresar a Delaia es un primer paso determinante. El resto, sin duda, un largo proceso que queda en manos de la voluntad y perseverancia de la paciente y del trabajo incesante de los profesionales que atienden en este centro. Un equipo multidisciplinario formado por sicólogos, siquiatra, asistente social, técnico en rehabilitación, terapeuta ocupacional y asistente de párvulos. Quien los dirige es la sicóloga Marcela Bórquez Saavedra (34), oriunda de San Antonio, casada, madre de dos hijas y amante de su trabajo.

 

DURA REALIDAD

 

En el 2002, acompañada de su primera hija, Marcela se radicó en La Serena para estudiar sicología en la entonces Universidad Francisco de Aguirre. Al egresar trabajó un año en el departamento de educación del municipio de Ovalle y, más tarde, como coordinadora de un programa de apoyo sicosocial para cuidadores del adulto mayor.

 

Al poco tiempo, motivada por una amiga, postuló al cargo de sicóloga en CONACE y quedó. “Nunca había trabajado en tratamientos para adicciones y la verdad es que siempre me llamó la atención. Fue una muy buena experiencia, porque estaba a cargo de supervisar todos los centros de rehabilitación de la región. Además, se me dio la posibilidad de realizar, en el 2010, un diplomado sobre adicción y drogas en la Universidad de Chile. Hice varios cursos de especialización y con todo este conocimiento corroboré que era a lo que me quería dedicar”.

 

Conociste una realidad transversal a todas las edades y géneros

Así es. Después de dos años en CONACE, trabajé en un centro residencial de hombres en La Serena, que hoy se llama San Paulino de Nolasco y pertenece a la Casa de la Esperanza. Aquí me encontré con una dura realidad… hombres entre los veinte y sesenta años con historias de vida ¡muy fuertes!, de alta vulnerabilidad social, de abuso, de crecer solos, de tráfico, de vivir en la calle y delinquir. El consumo más frecuente en estos casos era la pasta base.

 

¿Recuerdas algún caso que te haya impactado?

Sí y me impactó por cómo término esa historia. Los padres de un joven fueron asesinados durante la época militar y él se fue a vivir con sus abuelos. Tenía diabetes, depresión crónica y un consumo grave de pasta base. Después de estar un tiempo en el centro, abandonó el proceso y falleció por sobredosis, solo y en medio de la basura…

 

¿Cómo te fortaleces para enfrentar estas historias?

Hice terapia por mucho tiempo con una sicoanalista argentina que vive en La Serena. Lo primero fue resolver mis temas personales y, luego, aprender a cuidar mi salud mental, mantener los límites…

 

Y manejar las frustraciones

Constantemente hay que trabajar la frustración porque siempre existe la esperanza de que la persona se rehabilite, en especial, cuando se le está entregando todas las herramientas para ello. Sin embargo, muchos no lo consiguen porque simplemente no quieren. Según mi experiencia de veinte hombres, tres salen con el alta terapéutica y ese es un gran logro.

 

PUERTAS ABIERTAS

 

Después de seis años, Marcela fue invitada a trabajar en el centro residencial de mujeres Delaia. En marzo del 2016, la sicóloga se hace cargo de un programa de rehabilitación, que en su momento, pensó que sería similar al realizado con los hombres. Y en agosto, asume la dirección técnica del centro.

 

¿Qué tan diferente es la realidad de las mujeres que consumen drogas?

Absolutamente distinta. Son mucho más complejas que los hombres, más castigadas y llegan muy solas al tratamiento. ¿Sabes quienes las apoyan? Sus papás, en cambio en el caso de los hombres, son sus mamás, esposas, hermanas, hijas, tías quienes los acompañan… y eso ocurre porque las madres de las mujeres que llegan a Delaia deben hacerse cargo de sus propios hijos y de los nietos.

 

Las historias de vulnerabilidad en las mujeres son muy potentes, ya sea por abuso sexual, violación, violencia tanto de sus padres, como de sus parejas, porque las historias o patrones se van repitiendo a lo largo de la vida. Muchas de ellas, terminan en la calle prostituyéndose porque es la manera más fácil de obtener dinero para consumir drogas. También aquí es recurrente la pasta base y, hasta hoy, hemos tenido solo un caso de alcohol.

 

¿Delaia acoge a mujeres de diferentes lugares y estratos económicos?

Damos prioridad a las mujeres de esta región, pero tenemos a una chica de Antofagasta que fue derivada por el hospital de Coquimbo. Otro punto importante es que deben estar inscritas en el sistema de FONASA y para llegar a este centro deben tener un consumo severo de drogas. Somos el centro más complejo de la red y recibimos a mujeres desde los dieciocho años de edad que son derivadas por la Unidad de Siquiatría del hospital, por centros del SENDA y por el Tribunal de Familia, porque a casi todas les han quitado a sus hijos y tienen medidas de protección, por lo cual no pueden acercase a ellos hasta que terminen su proceso de rehabilitación.

 

Tocas un tema muy importante, el de los hijos…

Y lo que a mí más me impactó cuando comencé a trabajar con las mujeres. No podía entender cómo dejaban a sus niños en la indefensión más absoluta, porque yo fui mamá muy joven y cuando me vine a La Serena nunca quise dejar a mi hija con nadie. Conocer esta realidad y ver que una chica embarazada se drogó y que después de tenerla la dejó botada ¡es terrible!

 

Pero son los hijos quienes dan la fuerza para lograr la rehabilitación

Cuando la mujer toma la decisión de rehabilitarse es mucho más aguerrida porque tiene muchos motivos para cambiar y los hijos son su principal razón. Hace poco incorporamos una técnico en párvulos, porque podemos recibir a mujeres con un hijo de hasta cinco años. El tiempo que la madre está en terapia o talleres, el niño queda al cuidado de la técnico en párvulos y el resto del día queda al cuidado de la madre.

 

¿Cómo es el día a día de las trece mujeres que viven en Delaia?

Se levantan a las siete de la mañana, preparan el desayuno y se organizan en el aseo de la casa. Tienen una rutina semanal con intervenciones individuales y grupales, talleres de yoga, zumba, trabajos manuales, terapias sicológicas, sicosocial y farmacológicas, esto es muy necesario porque deben estar bien compensadas a nivel siquiátrico. La mayoría tiene alguna patología dual como bipolaridad, depresión, trastornos de personalidad y estas con la drogadicción se exacerban mucho más.

 

¿Cuánto le cuesta al Estado mantener a una mujer en esta situación?

Mensualmente son cerca de seiscientos mil pesos lo que financia el Estado para sacar a una mujer de las drogas y el alcohol. Es una cruda realidad, porque este flagelo no distingue géneros, clases sociales, ni edades… el tipo de droga puede ser distinto, pero el estrago que causa en las personas es el mismo.

 

¿Hasta la fecha, han salido mujeres con el alta terapéutica?

Sí, tenemos tres casos de mujeres que salieron con el alta. Dos de ellas estuvieron cerca de un año en Delaia y una logró estar diez meses.

 

¿Luego viene un seguimiento?

Sí, las visitamos o ellas se acercan al centro para realizar las intervenciones y ver cómo están. Ahora, si recaen, tienen la posibilidad de volver al centro. De los casos que mencionaba antes, en diciembre le dimos el alta a una mujer de sesenta años con un deterioro físico tremendo porque consumió alcohol por más de veinte años. Se ha mantenido muy bien y lo más importante es que está junto a su familia.

 

¿Cómo ha sido el desafío de trabajar en Delaia?

Una experiencia muy bonita… ¡me encanta mi trabajo! Es una labor desgastante, pero todos los días aprendo algo nuevo de estas mujeres… más allá de lo técnico, son las historias de vida las que me van enseñando. Las conozco a cada una de ellas y siempre estoy dispuesta a escucharlas. Como equipo nuestro objetivo es que sean felices, verlas sonreír, que logren disfrutar la vida y que se den cuenta de que todo lo que han vivido pudieron superarlo. Un abrazo con sus hijos es, lejos, lo más enriquecedor.

 

“Cuando la mujer toma la decisión de rehabilitarse es mucho más aguerrida porque tiene muchos motivos por qué cambiar y los hijos son su principal razón”.

“Mensualmente son cerca de seiscientos mil pesos lo que financia el Estado para sacar a una mujer de las drogas y el alcohol”.

“Como equipo nuestro objetivo es que sean felices, verlas sonreír, que logren disfrutar la vida y que se den cuenta que todo lo que han vivido pudieron superarlo”.

 

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