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EDICIÓN | Marzo 2017

La Odisea

Bomberos de Valparaíso y Viña del Mar en San Javier
La Odisea

Durante diez días, ciento sesenta y cinco bomberos de las compañías de Viña del Mar y Valparaíso —bajo la clave Fuerza Conjunta—, lucharon hasta el cansancio contra un fuego asesino que asoló poblados, viñedos, plantaciones y miles de hectáreas de bosques nativos. Esta es la historia de un grupo de héroes que peleó a brazo partido, no solo contra las fuerzas de la naturaleza y el actuar de pirómanos, sino también con la burocracia de un sistema organizacional que no supo dimensionar el desastre que se les venía encima. En estas páginas, el reconocimiento al coraje de un puñado de voluntarios que se jugaron la vida por salvar la de sus compatriotas. 

Por Macarena Ríos R.

El martes 24 de enero, Eduardo Villarroel —conocido como el comandante “araña” —, recibió una llamada que cambiaría para siempre su perspectiva de las cosas. Aunque en sus treinta y un años de servicio había presenciado todo tipo de incendios forestales, y estaba entrenado para ello, el segundo comandante de Bomberos de Viña jamás imaginó lo que viviría los días siguientes. “Eduardo, hay que irse al sur ahora”, al otro lado de la línea, la orden de Andrés Zavala, comandante de Bomberos de Viña del Mar, era clara. “Actuaremos en bloque junto al Cuerpo de Bomberos de Valparaíso. Con Rodrigo (Romo, comandante de bomberos de la ciudad porteña) hemos organizado grupos que se irán relevando luego de turnos de setenta y dos horas. Tu liderarás este primer turno”.

Llevaba días esperando esa llamada. No sólo él, sino prácticamente todos los bomberos de su unidad. “¿Cuándo nos van a llamar?”, preguntaban los voluntarios una y otra vez. “¡Estamos muchos mejor preparados que el resto!, ¡somos los más capacitados para tratar incendios forestales!”, reclamaban, frustrados. Pero por una cuestión protocolar, debían esperar el llamado del Servicio Nacional de Operaciones (SNO), que planifica y coordina el destino de los diversos cuerpos de bomberos del país cuando hay una emergencia nacional.

Con la adrenalina a tope, partieron la noche del 25 en dirección al sur. La caravana constaba de cinco carros de ataque: tres carros forestales, uno de rescate con implementación médica y un camión aljibe, además de dos transportes 4x4 para avanzadas. Cada uno de los cincuenta y cinco voluntarios había sido elegido con pinzas. La balanza se había inclinado por quienes tuvieran los mejores conocimientos topográficos, climáticos y de combustible, además de cinco años de experiencia bomberil.

A medida que se aproximaban a su destino, la ansiedad iba en aumento, al igual que los bocinazos de los autos y las sonrisas y aplausos espontáneos que les brindaba la gente en la carretera. Puños en alto, vítores, gritos de aliento se transformaron en parte del paisaje. Junto a Villarroel, viajaba Claudio Rojas, cuarto comandante de Bomberos de Valparaíso y Hernán Pérez, capitán de la 3° Compañía de Viña, además de otros tenientes.

Eran las cinco de la mañana cuando el convoy dobló por la 5 Sur hacia Constitución. El primer kilómetro los recibió una neblina espesa y enrarecida; más allá, una barrera de carabineros les cerraba el paso. “No pueden seguir”, les dijeron, “hay fuego en la carretera”. “A eso venimos, a ayudar”, respondió Villarroel. “Tengan cuidado, hay mucho árbol caído a la orilla del camino”, les advirtieron los uniformados, mientras abrían la barrera y dejaban pasar la caravana.

Los siguientes kilómetros los recorrieron en zigzag, sorteando todo tipo de obstáculos, hasta que se encontraron con un gran árbol, arrancado de cuajo, que había caído a lo ancho del camino. Para poder seguir adelante tuvieron que cortarlo con motosierras. “En las noticias se dijo que lo había puesto la gente para que no ingresáramos y eso fue totalmente falso, ¿para qué iban a querer hacer eso?”, se pregunta Villarroel.

El paso obligado por Santa Olga hacia Constitución los dejó sin habla. Todavía se podían distinguir restos de brasas que brillaban en la oscuridad de la noche. El pueblo arrasado por las llamas, las casas en ruinas, ese inconfundible aroma de la combustión, el silencio mortal, todo se confabulaba para mostrar una postal de zona de guerra.

¿Por qué no se pudo contener el fuego en Santa Olga?

Yo creo que la naturaleza cuando quiere cobrarse, se cobra (sic). Influye la cercanía del bosque con las casas. Allá habían bosques completos sembrados de puro pino con una distancia de un metro entre cada uno, en circunstancias que esa distancia, en un bosque nativo, aumenta a tres metros. Cuando se quema un pino la llama sobresale hacia arriba y avanza más rápidamente. Cuando se prenden cientos de pinos, el fuego avanza por las copas, que es cuando nosotros decimos “se coronó”, y la temperatura y la radiación que causa es una combinación mortal donde no hay manera de combatirlo. Lo mejor fue evacuar el pueblo.

 

FUERZA CONJUNTA EN SAN JAVIER

Ya en Constitución, se supeditaron bajo las órdenes del Cuerpo de Bomberos local, como manda el protocolo e inmediatamente partieron rumbo a Quivolgo, una localidad al otro lado del río Maule, donde salvaron una casa a punto de ser devorada por las llamas que bajaban a gran velocidad desde el cerro.

Luego de un par de emergencias y de comer una ración de combate (bolsa militar sellada que contenía un estuche de leche, una barra de cereal y un galletón), el SNO les ordenó trasladarse a San Javier, a la espera de las directrices que provenían del Punto Cero —lugar estratégico donde estaba la central y el puesto de comando, liderado por el comandante local, Cristián Novoa—, ubicado en el sector Luis Cruz Martínez.

“En este tipo de incendio no sirve enviar un solo carro”, le explicaron a Novoa, “así que cuando nos llamen por radio, vamos a salir todos juntos, en bloque, con los cinco carros”. De ahí en adelante la clave para avisarles sobre las emergencias fue “Fuerza Conjunta”. Era la primera vez en la historia que dos cuerpos de bomberos trabajaban como un solo equipo, una tarea en conjunto que daría que hablar por la camaradería, disciplina y compromiso que demostraron.

 

MAREA DE FUEGO

El segundo turno llegó el sábado 28 de enero, liderado por Vicente Maggiolo, segundo comandante de Valparaíso. “Nos instalamos en la escuela Gillmore, donde también había personal de la CONAF, pero no interactuamos con ellos”. “Su prioridad era salvar a toda costa la localidad de Empedrado”, recuerda Villarroel.

Todos los días, los lugareños les agradecían su apoyo con botellas de agua y comida. Todos los días, bomberos enviaban georeferencias e información a las comandancias de Valparaíso y Viña, acerca de las emergencias que iban controlando. Todos los días, Villarroel, Maggiolo y los demás comandantes recorrían la zona del incendio para tener un panorama global y poder administrar de mejor forma los recursos que tenían.

Las órdenes de salida eran reiteradas. Botalcura, Laguna de Valpato, Sepultura, Huerta de Maule. Un carro en combate dura cuatro minutos tirando agua, de ahí la importancia del camión aljibe, que permitía combatir de forma autónoma unos veinte minutos, como les ocurrió en Laguna de Valpato. “Frente a un incendio forestal, los estanques de tres mil litros de agua se hacen nada”.

El fuego no daba tregua, y los bomberos tampoco, a pesar de dormir en el suelo los primeros días, a pesar del calor infernal, a pesar de ducharse con poca agua y fría, de usar el mismo uniforme todos los días, de la intensa picazón en la garganta y el ardor constante en los ojos, que cada noche era aliviado con lavados de suero. “Cuando los cabros (sic) llegaban al Punto Cero luego de doce horas de combate, se sacaban las chaquetas y estrujaban sus poleras”, comenta Villarroel. “Para evitar la deshidratación, tomábamos, por lo menos, unos ocho litros de agua al día”, agrega Pérez, uno de los capitanes. Las bebidas isotónicas jugaron un rol fundamental, ya que les devolvían todos los minerales que botaban a través de la transpiración. El desgaste físico fue tremendo, Villarroel bajó siete kilos en diez días. Fue el único que estuvo durante toda la emergencia.

¿Cómo se comportan los incendios forestales?

Cada incendio tiene su comportamiento propio. Cuando son grandes crean verdaderos microclimas y el viento puede cambiar de dirección en cualquier momento. Cuando el fuego se devuelve, cuando se te viene encima, es cuando estás en problemas.

¿Cómo se combaten?

Dependiendo de la dirección y la envergadura es conveniente atacar el fuego de manera lateral, de forma de ir flanqueándolo, triangulándolo, nunca de frente. Hay varias maneras de enfrentar un fuego, generalmente es a la base o en forma de abanico. Por eso hay que llevar gente con experiencia.

¿Cuál era su manera de trabajar?

Siempre en bloque, siempre en parejas, jamás nos internábamos solos en el bosque, ni caminábamos entre arbustos que sobrepasaran los hombros, porque podíamos desorientarnos. Otra cosa importante es que jamás hay que darle la espalda al fuego y debes revisar constantemente el entorno, para evitar caídas.

 

GRACIAS A “LUCHÍN”

Cada mañana la Fuerza Conjunta se reportaba en el Punto Cero para planificar el día. Con frustración veían kilómetros de naturaleza muerta. De boldos, litres y peumos convertidos en cenizas. Una tarde apareció la dueña de una viña. Evidentemente agitada, les explicó que sus viñedos se estaban quemando y que tanto la casa patronal como las de sus trabajadores corrían serio peligro. Todos los voluntarios de Valparaíso y Viña se movilizaron en un dos por tres. Por un cerro lleno de plantaciones de pinos divisaron un fuego amenazante y descontrolado que bajaba a tres kilómetros por hora por las copas de los árboles.

Junto a las unidades de Pelarco y San Bernardo, se apostaron en el terreno de la viña, con los carros preparados para tirar agua en línea. Cuando estaban listos escucharon un ruido sobre sus cabezas y en cosa de segundos apareció desde la costa, sobrevolando el área afectada, el avión ruso Ilyushin II-76. “Eso que decían que no podía bajar mucho era mentira, si prácticamente llegaba a tocar la punta de los árboles. Cuando abrió las compuertas y tiró el agua no solo acabó con el incendio, sino con todo el aparataje que habíamos preparado”, recuerdan, divertidos.

El fuego seguía día y noche. Sin tregua. A veces bomberos llegaban a las cuatro de la mañana y luego de seis horas de sueño —tal vez menos—, nuevamente estaban en servicio. Un viento arremolinado permitía que las famosas pavesas (partículas de carbón incandescente que se transformaban en verdaderos perdigones) saltaran en todas direcciones y se desplazaran kilómetros más allá, provocando nuevos focos de incendio que cuando caían en los pastizales eran atacados por los “batallones sin polera”, como llamaron a los lugareños y voluntarios, la mayoría de Santiago, que ayudaban a sofocar las llamas con ramas de espino, cuando este venía a ras de suelo. “Se le llama fuego de combustible liviano o rasante, que al ser más bajo, genera una menor temperatura y es más rápido de atacar”, explican.

La caravana solidaria que venía desde el norte era impresionante. Todos paraban frente a los carros de bomberos. Les daban agua, fruta, galletas, sandías. “Una camioneta con un carro de arrastre se paró frente al retén y se bajó la señora con el marido y los hijos. “Tomen, esto es para ustedes”, y nos dieron cajones de tomate, de choclo, de lechugas que luego llevamos a las voluntarias que todos los días nos cocinaban”, relata el capitán Pérez.

¿Vieron acciones de terceros?

Una tarde estábamos haciendo frente a un incendio en el bosque cuando divisamos a un hombre en la mitad del bosque con una antorcha. Veinte bomberos salieron, corriendo y gritando tras él, hasta que el tipo se tiró por unas zarzamoras y desapareció. Más adelante un par de bomberos de Viña vieron que se subía a una Nissan roja y advirtieron por radio a Carabineros. A los minutos un motorista fiscalizó la camioneta, pero no encontraron evidencia alguna para poder detenerlo. Dijo estar realizando estudios topográficos. Como él hubo varios casos. 

 

EL SÉPTIMO DÍA

El séptimo día prepararon el regreso a Valparaíso. Lavaron los carros, guardaron sus pertenencias y cuando ya estaban formados haciendo una arenga de despedida, apareció el alcalde de San Javier, junto al superintendente del Cuerpo de Bomberos y al comandante. “No pueden irse”, les dijo el edil. “Nos han enseñado mucho y queremos aprender de ustedes, de su forma de trabajar, ordenada y  disciplinada, de su experiencia y conocimientos”. En ese momento suena el celular de Eduardo. Era el comandante Zavala. “Lalo, no puedes irte. Nos llamó el SNO, el presidente regional y nacional. Deben seguir en sus puestos. Han hecho un gran trabajo”. Desde la Región de Valparaíso llegó el tercer y último turno a cargo de Patricio Lara, tercer comandante del Cuerpo de  Bomberos de Valparaíso.

¿Qué rescatan?

Lo más importante es que supimos unificar criterios y trabajar juntos, y eso fue un logro espectacular. Los bomberos de Viña y Valparaíso son los más experimentados en incendios forestales de gran magnitud en el país, pero faltó mayor coordinación y una vez más fue demasiado lenta la reacción de las autoridades.

¿Qué lecciones quedan?

Tenemos mucho que aprender todavía a nivel país. Faltan muchos más recursos de los que actualmente se entregan: a nivel municipal, regional y nacional. No puede ser que un bombero apague un incendio en el bosque con botas de goma y traje estructural, en circunstancias que el uniforme adecuado son bototos y tenida forestal (tela liviana hecha de kewlar y nómex, materiales que retardan el fuego).

La Municipalidad de San Javier tiene en su ingreso una bandera chilena firmada por todos los voluntarios de las compañías de Valparaíso y Viña del Mar, que trabajaron durante esos diez días. Una bandera que se transformó en símbolo de valentía, coraje y vocación de servicio de dos cuerpos de bomberos que lo entregaron todo en la Región del Maule. Una bandera que permanecerá en la memoria de quienes vivieron el peor incendio forestal del que se tenga registro en nuestro país.

 

“Cada incendio tiene su comportamiento propio. Cuando son grandes crean verdaderos microclimas y el viento puede cambiar de dirección en cualquier momento. Cuando el fuego se devuelve, cuando se te viene encima, es cuando estás en problemas”.

“Siempre trabajamos en bloque, siempre en parejas, jamás nos internábamos solos en el bosque, ni caminábamos entre arbustos que sobrepasaran los hombros, porque podíamos desorientarnos. Otra cosa importante es que jamás hay que darle la espalda al fuego y debes revisar constantemente el entorno, para evitar caídas”.

“Una tarde estábamos haciendo frente a un incendio en el bosque cuando divisamos a un hombre en la mitad del bosque con una antorcha. Veinte bomberos salieron corriendo y gritando tras él, hasta que el tipo se tiró por unas zarzamoras y desapareció”.

“Lo más importante es que supimos unificar criterios y trabajar juntos, y eso fue un logro espectacular”.

“Faltan muchos más recursos de los que actualmente se entregan: a nivel municipal, regional y nacional. No puede ser que un bombero apague un incendio en el bosque con botas de goma y traje estructural, en circunstancias en que el uniforme adecuado son bototos y tenida forestal (tela liviana hecha de kewlar y nómex, materiales que retardan el fuego)”. 

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