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EDICIÓN | Marzo 2017

Crimen y castigo

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D.
Crimen y castigo

28 de febrero, 8:00 AM, hora de China. Se cumple la pena capital y se inyecta una dosis letal a Ismael Arciniegas Valencia, setenta y tres años, colombiano, sorprendido intentando introducir cuatro kilos de cocaína. Implacable justicia, la china. No atendió a ni una súplica del Gobierno colombiano para que se suspendiese o conmutase la pena. Arciniegas fue detenido hace siete años; estuvo confinado en prisión donde incluso enfermó de neumonía. Recibió atención, medicinas, y se sanó, mas igual fue ejecutado. Sus cenizas ya están en Colombia.

China castiga el tráfico de estupefacientes con implacable dureza: cadena perpetua o pena de muerte. Hay tres colombianos más con sentencia capital ratificada; otros diez esperan la ejecución, aunque gozan de momentánea suspensión, no obstante la pena se puede aplicar en cualquier momento. Hay quince más condenados con cadena perpetua. La cancillería colombiana ha intentado mediar en todos los casos, diciendo “reconocer el derecho soberano de cada país para establecer y aplicar su legislación penal, pero que reitera categóricamente estar en contra de la pena de muerte, pues Colombia defiende la inviolabilidad del derecho a la vida”. Extraordinario discurso.

Sin embargo China, nación soberana, se protege de la peor plaga social como es la droga, castigando con máxima severidad. Y no le tiembla la mano; aplica y cumple. China sabe lo que es degradación social, decadencia y cuasi-extinción porque todo eso lo vivió en el siglo XIX. No repetirán el mismo error dos veces. En China, narcóticos, alucinógenos, etc., no se aceptan bajo forma alguna. Quien intente traficar droga arriesga pena de muerte o cadena perpetua. La advertencia está en el documento que se llena cuando se pide visa. Quien va a China con drogas por su propia voluntad y beneficio, ha de asumir el costo.

Otro caso de ejecución. En Estados Unidos, una mujer muy comprometida con la ideología feminista relató en su blog que, en el 2012, quiso embarazarse a través de inseminación artificial. Al realizarse una ecografía, supo que su bebé sería niño. Entonces lo abortó. Y escribió: “Mi cuerpo me traicionó. Estaba en shock; lloré sin control, y sufrí una angustia que sólo puede ser experimentada por aquellos que han visto sus vidas destruidas por una guerra. No podía traer otro monstruo al mundo. Ya tenemos suficientes. Igualmente (el niño) entraría en contacto con otros hombres y algún día dirá: Los hombres no son tan malos. ¿Cómo puede ser que mamá diga que oprimen y violentan a las mujeres?”.

Tener un hijo no es hacerse un piercing o un tatuaje. No se dispone del propio cuerpo para ese fin. Desde que es concebido, un niño es una persona íntegra e independiente; un ser humano que en nada difiere de sus padres; o del colombiano a quien China le aplicó la pena capital. Qué habría sido mejor: ¿abortar a un hombre porque vendrá al mundo a hacer daño? Los ocho hijos de Ismael Arciniegas no piensan así. Para ellos era una buena persona; aunque ya viejo y viendo que su pensión era magra, dio un mal paso y se fue a China con su maletín con droga. Perdió la apuesta y pagó con su vida. Pero aquel bebé de la feminista. ¿Tuvo alguna oportunidad? ¿Cuál fue su crimen horrendo para que lo eliminaran extrayéndolo hecho pedazos?

Los chinos son consecuentes. A su modo, protegen “a morir” su todo social. No aceptan nada que pueda alterar o desmoronar su país. En cambio, los demócratas occidentales dicen defender la vida, pero tiemblan como si tuviesen Parkinson cuando hay que ser firmes con lo que de verdad destruye la sociedad. Los mismos que dicen defender la vida después corren detrás de China: “¡Aquí, por favor, chinitos inviertan. Queremos trenes, puertos, desarrollo minero!”. ¡Hipócritas! Si se trata de conseguir dinero, nada se cuestiona. En eso anda por estos días un candidato local (candidato, del latín, “cándido, inocente, vestido de blanco”, aunque sabemos que es un lobo disfrazado). Fue a China a ver qué conseguía. Todo esto es muy trágico y a la vez cómico. Me recordó a las feministas nacionales, siempre furiosas, tratando de ganar espacio. Ellas, las espantadas por la violencia machista, se nutren de unos extraños brebajes ideológicos que mezclan conceptos añejos con berrinches y denuncias sobre violencia de género, mas no se amilanan en practicar, sostener, y recomendar el más terrorífico modo de violencia: el aborto.  Llaman monstruos a los varones, pero buscan instaurar la más aberrante monstruosidad social. Como la que dijo que concebir un hijo varón la angustiaba “como si su vida fuese destruida por una guerra”. Aunque en parte tiene razón, lo que se avecina es la locura desatada, el apocalipsis. Una vez más los chinos nos regalan una lección: si el crimen es muy grande se evita con la amenaza de un castigo atroz. ¿Y si en vez de despenalizar el aborto le subimos la pena?

 

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