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EDICIÓN | Febrero 2017

La hacienda de mi abuelo

Srilanka Plantation Villa

Ishara cumplía treinta años, era una mujer exitosa que había alcanzado un importante puesto bancario en Londres. De niña siempre quiso ser millonaria y estaba pronta a cumplir su sueño cuando le diagnosticaron cáncer de útero. Entonces, algo cambió, y ese anhelo se disolvió en las profundidades de su ser, abriendo un nuevo espacio para que la fe, la meditación y la tierra transformaran su enfermedad en una misión que dio origen a la Villa de las Plantas. 

Texto y fotografía Constanza Fernández C. | conifernandez@gmail.com

Todo comenzó con un diagnóstico que, junto a los problemas de salud, traía la silenciosa idea de la muerte, realidad que Oriente y Occidente enfrentan de forma muy distinta. En este lado del planeta es como si la muerte no existiera; acostumbrados a evitarla, muchas veces nos negamos a aceptarla y, antes de entregarnos, hacemos lo imposible para prolongar la vida. Al otro lado, ellos, los asiáticos, la miran de frente, le bailan, comen y le hacen fiesta porque siempre supieron que llegaría; el paso por la tierra no es más que una preparación para la muerte, decía Sidarta Gautama. 
 
Ishara creció entre budas y monasterios y, aunque estudió y se desarrolló como profesional al otro lado del mundo, fue como si ese temprano contacto con las enseñanzas de Buda hubiese plantado semillas que, silenciosas y atentas, esperaban su llamado para germinar y entregarle una base espiritual para combatir el cáncer. “Viví dieciocho años en Londres bajo la ilusión de que el dinero hace la felicidad, me alejé de la naturaleza, de los árboles, de los ríos, de los pájaros y vi mucha tristeza a mi alrededor”, cuenta Ishara y, con voz firme, afirma que es esa distancia la que nos enferma. Aunque tenía los medios para acceder a los mejores tratamientos prefirió volver a casa, a ese pedazo de tierra rodeado de mar que, por su particular forma y cercanía con India, algunos llaman “la lágrima de India”. Le habían dicho que la tierra cura, y allí, en medio del golfo de Bengala, la isla de Srilanka era la esperanza.
 
Entonces se entregó a la meditación y, guiada por los años de práctica de un amigo de infancia, se detuvo a observar la mente y sentir la vida. “La meditación necesita voluntad, fe, para conectar con algo más 
allá de esta tierra, un sentido y, antes de mi diagnóstico, no lo tenía tan claro”, recuerda mientras caminamos entre las aromáticas especias que crecen libres cubriendo cada rincón de la antigua hacienda de su abuelo, ubicada a pocos kilómetros de Colombo, capital del país. En ese verde y luminoso oasis, que ella recuperó, trabaja para restablecer el vínculo perdido con la naturaleza y ofrecer un espacio para sanar, descansar y darle respiro a la mente. Fue allí que se internó en el estudio de hierbas y especias, porque además de restaurar la vieja casona de sus ancestros, abandonada por años, se fue dando cuenta de que el jardín estaba encantado; era el “Conocimiento de la vida” o Ayurveda donde Ayur es vida y conocimiento es Veda, según la traducción del viejo sánscrito indio. Decenas de plantas a su disposición que durante siglos han sido la medicina de esta milenaria ciencia que, junto a la meditación, fueron el tratamiento que disolvió su cáncer. Le preocupa la extinción del bosque nativo, un problema que trasciende la tierra porque la muerte de los árboles, animales e insectos es una amenaza para este conocimiento. “Por eso invitamos a plantar un árbol antes de partir de la villa, para devolver algo de todo lo que tomamos, es una forma de honrar a la naturaleza, algo que los antiguos hacían a diario”, reflexiona Ishara frente a un árbol de canela mientras saca cuidadosamente un pequeño trozo. Srilanka tiene la tasa de deforestación más alta del mundo, dieciocho por ciento, según un informe de la Conservation International recogido por la coalición nacional de Social Watch, y sólo conserva el 1,5% de su bosque nativo. Son también las heridas de los conflictos armados en la zona, porque mucho se taló para dejar sin escondite a los adversarios en una lucha que aumenta la separación del hombre y la tierra. 
 
EL ORIGEN
 
Fui invitada por Ishara y su padre a la casa que juntos restauraron en Plantation Villa y, en la ruta, nos detuvimos para conocer a Nanda Perera. “Con él descubrí la meditación, lleva más de veinte años en esto, y cada vez que vamos a la villa hacemos esta parada”, decía Ishara mientras su padre abrazaba cariñosamente a este hombre, sencillo y sobrio, que rápidamente abrió una cálida conversación. “Es como sentarse a ver la película de tu vida, aprendes a reconocer tus patrones, tus miedos y deseos para, con un poquito de práctica, dejar de reaccionar cuando las cosas no son lo que quieres y comenzar a actuar”, es algo que con trabajo se vuelve un soporte para recibir y agradecer todo, decía Nanda mientras abría un coco naranjo. Pero ¿cómo puedo aceptar un cáncer?, le pregunto, y él continuaba: “Está listo para beber. ¿Te gusta así, directo de la fruta, o prefieres una bombilla?”. “Directo de la fruta”, agradecí con los brazos estirados, dejándome llevar por la espontaneidad de sus diálogos. “Tenemos que dejar el rol de víctimas y entender que todo lo que llega a nuestras vidas es consecuencia de nuestro karma (acciones pasadas) y que, si llega, es porque justamente es lo que necesitamos para crecer; entonces, en vez de lamentarnos, usamos la energía para traspasar la prueba”, reflexionaba sonriéndole a Ishara. 
 
El padre de Ishara, reconocido ingeniero, ha sido responsable de la restauración de parte importante del patrimonio de templos del país y ella, desde niña, disfrutaba visitando y admirando sus trabajos; después estudió diseño de interiores y juntos repararon construcciones históricas de Srilanka. Con su regreso a casa retomó el trabajo con su padre y se reencontró con estos espacios que han sido vitales para su proceso de sanación. 
 
Al despedirnos, Nanda recuerda la fecha del próximo retiro de meditación, están todos apuntados a la actividad, incluida la madre de Ishara que, en realidad, es quien la acompaña a las charlas y visitas de maestros budistas. Probablemente nos volvamos a encontrar en la villa porque Nanda ha guiado algunas meditaciones en el lugar y la idea de Ishara es que lo haga periódicamente, para complementar los tratamientos.
 
“LA LIMPIEZA OCURRE EN LA MENTE”
 
Después de poco más de una hora de viaje, un inmenso portón cubierto de musgo se abría frente a nosotros. Al fondo, el bosque: inmenso, viejo, sabio y poderoso, nos daba la bienvenida. Cuando una persona llega a La Villa de las Plantas recibe su habitación, los horarios de las comidas, las clases de yoga y, si es de su voluntad, pide una cita con Nishan Jayasundara, el doctor ayurvédico. Juntos caminarán por el colorido bosque nativo, serán observados por las silenciosas raíces de cúrcuma y jengibre que crecen alrededor y, seguramente, elegirán la sombra de algún viejo árbol para sentarse. Escuchando el pulso, el médico evaluará el estado de los elementos del paciente, porque para el Ayurveda la salud tiene que ver con ellos: el aire, la tierra, el agua, el viento y el éter; entiende que somos un microcosmos del cosmos y, en distintas proporciones, tenemos algo de cada uno. Nishan identificará el Dosha —elemento predominante—, para comprender el carácter, los gustos y patrones de la persona, algo así como su ADN energético en su estado natural, no alterado. 
 
Esto explicaría, entre otras cosas, por qué hay personas que fácilmente madrugan y otras que prefieren la noche, están los que se irritan rápido y los despreocupados, o los que disfrutan atendiendo amigos en casa y los que eligen ser atendidos afuera. Vata Dosha (aire), Pitta Dosha (fuego y agua) y Kapha Dosha (tierra y agua) también entregan luces sobre el estado presente de la mente, el cuerpo y las emociones mostrándonos dónde están los desbalances; si hay mucha preocupación puede haber un exceso de viento, o si la persona tiene ira, rabia o enojo, quizás el fuego se ha encendido más de la cuenta, y si el cuerpo está pesado y agotado puede ser problema de la tierra. Para restaurar el equilibrio, las plantas se complementan con una alimentación fresca y orgánica. 
 
Pero este es sólo el inicio de un vasto saber recopilado y experimentado por Nishan. Cuando terminó lo seis años de estudios universitarios se interesó por el cáncer, pero se dio cuenta de que no había mucha más literatura ayurvédica sobre el tema y, después de trabajar en diversos hospitales sin encontrar curas alternativas y menos invasivas que las ya conocidas, decidió cambiar el mar para subir a las montañas de Kandy, ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en busca de su maestro. Allí, en pleno corazón budista, los astros le abrieron la puerta del conocimiento en 1988. “No estaba seguro de si Ranbanda, que además era astrólogo, compartiría su sabiduría conmigo, porque el Ayurveda es algo que los antiguos entregan en familia y oralmente, pero había escuchado que para aceptar a alguien que no sea del linaje, le preguntan a las estrellas y, esa vez, ellas dijeron que sí”, dice emocionado al recordar el año de discípulo que vivió junto a Ranbanda y su familia. En medio de las montañas srilanquesas aprendió que el cuerpo tiene la capacidad de sanar solo y que la misión de un médico es darle un empujón al paciente con ciertas hierbas y medicinas naturales para que eso ocurra; así, el cuerpo empieza a colaborar. “Cuando entrego una medicina necesito compasión hacia el paciente para que el tratamiento se vuelva su sanación, porque una pequeña hierba puede ser un elixir”, dice, mientras recolecta con sumo cuidado cada hoja, pétalo y raíz que le regala el jardín. 
 
En el silencio de su oficina, interrumpido a veces por el revoltoso salto de los monos que libres brincan entre los techos de la hacienda, muele, pica y combina lo recolectado, tal como lo hacía en la montaña. Cuenta que el Ayurveda, más de seiscientos años antes de Cristo, ya hablaba de tumores en el “Susruta – Samhita”; en ese Veda (libro de saberes antiguos) se escribía que un tumor es resultado de algo que hay adentro del cuerpo. “Podemos quemar un tumor pero no llegaremos a la raíz y, probablemente, ese cáncer volverá”, reflexiona Nishan. Siente que la villa le está dando la oportunidad de poner en práctica lo aprendido con Ranbanda, que es una forma de honrar lo que él le enseñó y, para eso, intenta hacerlo tal como lo hacían los viejos doctores, recolectando las medicinas en el jardín de casa. “Mi motivación es recuperar el vínculo entre el ser humano y el universo, justamente por eso me interesó la propuesta de Ishara, porque ahí está la sanación. Nosotros y las plantas entregamos el soporte para que, en medio del silencio, se restablezca el equilibrio y el paciente alcance paz, porque, finalmente, la limpieza ocurre en la mente”.
 
“Mi maestro murió tranquilo el año pasado, había cumplido la misión. Estaba sereno y plácido cuando lo vi. Seguramente que en meditación ya había tenido contacto con el mundo de los cielos, entonces no había temor en su mirada, no había ansiedad en su respiración, sino más bien una profunda aceptación sellada pacíficamente con su última exhalación”, recuerda el médico de los bosques, quien ahora debe reunirse con Ishara  para planear la cena de esta noche. Nanda, sus padres y amigos vendrán para festejar un nuevo premio que los reconoce como la mejor Villa de Lujo: “Luxury Villa of the Year 2016”, entregado por la World Travel Awards.
 
En este lado del planeta es como si la muerte no existiera; acostumbrados a evitarla, muchas veces nos negamos a aceptarla y, antes de entregarnos, hacemos lo imposible para prolongar la vida. Al otro lado, ellos, los asiáticos, la miran de frente, le bailan, comen y le hacen fiesta porque siempre supieron que llegaría.
 
Además de restaurar la vieja casona de sus ancestros, se dio cuenta de que el jardín estaba encantado; era el “Conocimiento de la vida” o Ayurveda donde Ayur es vida y conocimiento es Veda, según la traducción del viejo sánscrito indio. Decenas de plantas a su disposición que, junto a la meditación, fueron el tratamiento que disolvió su cáncer.

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