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EDICIÓN | Febrero 2017

Discriminación y prejuicios:Paradigmas en una sociedad pigmentocrática

Hernán Cortés Olivares. Académico e historiador. Universidad de La Serena.
Discriminación y prejuicios:Paradigmas en una sociedad pigmentocrática

La fisonomía de una sociedad se expresa en las relaciones de las personas que la constituyen y está fuertemente consolidada por las jerarquías que la dividen y segmentan, permaneciendo a través del devenir histórico en actos concretos, mediante la imposición del poder y la retórica de la propaganda de las teorías filosóficas y políticas. Estas se diseminan como verdades irrefutables del poder dominante.

 

El primer paradigma y tal vez el más antiguo en la historia del hombre es la esclavitud del otro, justificada por razones religiosas: fieles e infieles. Diferencias culturales: bárbaros y civilizados. Raciales: blancos y negros o cobrizos. Por el espacio vital o el equilibrio de poder entre sociedades vecinas. La sociedad serenense y todo el reino de Chile levantarán sus estructuras con este entramado complejísimo de paradigmas y realidades de la cultura del viejo y del nuevo mundo más las nuevas experiencias generadas por el choque entre ambas culturas.

 

La rápida imposición del poder blanco sobre las élites teocráticas de los imperios indígenas significa la transferencia al conquistador español de todos los pueblos esclavizados bajo la impronta del terror que es continuada en las islas del Caribe y Centroamérica. La única institución que puede detener y reemplazar estos paradigmas basados en el terror, es la Iglesia y sus sacerdotes, quienes deben convencer al rey y sus letrados de conservar a los indígenas entregados por el papa para su protección y evangelización o ser explotados por los súbditos blancos, hasta extinguirse. La encomienda indígena será la solución, pero la presencia del mestizo y su nueva cultura con valores y prejuicios propios, difiere del blanco, del indio y el negro, ya que es el único que goza de libertad. Su impronta es generar hijos e hijas por donde deambula sin ninguna responsabilidad social, es el esporádico engavillado, el peón minero o gañán rural, el vagamundo, salteador y cuatrero. También arreador de recuas de mulas hacia Potosí, Arica; o el Tucumán y Córdoba.

 

La supremacía blanca es el primer peldaño de las jerarquías socio raciales establecidas en La Serena, las que se verán reforzadas e incrementadas con los privilegios de nobleza familiar y solar conocido en España o Europa, como los Aguirre, Pastene, Bravo de Morales, Blumenthal, Voon, Irarrázabal, etc. Los servicios militares y políticos prestados a la Corona para ensanchar sus dominios y la riqueza real, incrementan su prestigio, el poder económico proporcionado por mercedes de tierras y mano de obra indígena y de color, además de las minas de oro y plata. Los dispositivos de control administrativo sobre instituciones tales como gobernaciones, audiencias, obispados, parroquias, capitanías de mar y tierra, o bien, los modestos cargos en los cabildos de las ciudades como La Serena, Santiago y Concepción, acrecientan su poder y prestigio.

 

Estas rígidas estructuras de la sociedad serenense y sus similares, basadas en el color de la piel, la ubicación política jerárquica y el control de las actividades económicas, adquieren mayor solidez al imponer la Iglesia nuevos paradigmas y prácticas para constituir la familia. Los españoles debían casarse con doncellas vírgenes para asegurar la legítima descendencia del heredero. En cambio, los indígenas valoraban de sobremanera a las mujeres que tenían una amplia experiencia sexual antes del matrimonio, y la poligamia jamás fue totalmente erradicada, pues era sinónimo de poder y riqueza, por la cantidad de hijos e hijas y su capacidad de producción. Los jesuitas, pese a su febril batalla por condenar la poligamia, luego se dieron cuenta de que era la única manera de mantener e incluso aumentar la disminuida población indígena, asegurando la mano de obra y la permanencia al sur del Bío-Bío. Por su parte, el poder blanco mantiene la premisa de Aguirre: “se sirve mejor a Dios y al Rey procreando hijos que yendo a misa”.

 

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