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EDICIÓN | Febrero 2017

Reforestar, renacer y respetar

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D.
Reforestar, renacer y respetar

En Chile, donde prima la tozudez, se ha puesto oídos a ideologías que sostienen que todo era mapuche. ¡No! Antes de los mapuches ya había pueblos más antiguos; y así, hasta llegar a quince mil años atrás cuando sólo había cóndores y huemules. No hay tierras ancestrales; todos somos inmigrantes.

Ardieron plantaciones, pueblitos, bodegas y aserraderos. Luchando contra las llamas, miles de héroes anónimos; los que mueren sin discursos ni monumentos.  Al igual que millones de compatriotas, aporté en silencio. Triste e impactado, vi la destrucción implacable mientras oí las insatisfactorias palabras de las autoridades e intenté seguir sus decisiones. Por formación, quise saber más sobre cada tema, así como escuché y leí a tanto súbito experto que creía tener la mejor explicación. Estudié el DL 701, al que se le culpa de favorecer la proliferación de pinos y eucaliptus. Pero nada me ha convencido. Sigo pensando en lo que sospeché desde un principio: el incendio es el resultado de la irresponsabilidad, la ignorancia, y el descuido a todo nivel. La culpa nos cae a todos. 

Desde hace tiempo hay un llamado subliminal proponiendo acabar con las plantaciones madereras. De ahí a quemar bosques (no importa quién es el dueño, ni las consecuencias), había sólo un paso. Inspirados, motivados por esos reclamos estarían actuando pandillas de encapuchados, quizás las mismas que se parapetan en los campus universitarios y queman neumáticos e inmobiliario urbano. No es terrorismo organizado; no todavía. Esta es una guerrilla flaite, rasca, pero que acumula éxitos. Avanza y se envalentona según sus burdas pero efectivas tácticas. Pasaron de chamuscar buses del Transantiago a quemar miles de hectáreas. Se puede convivir con las bacterias, pero cuando se hacen mortíferas hay que desinfectar; la próxima recaída será fatal.

Para civilizaciones antiguas, que ya pasaron por todo tipo de conflictos, y que con no poco dolor han logrado consolidarse en unidades políticas poderosas, hay un hecho que jamás se pone en duda ni se discute: la unidad nacional. En China, India, Japón o Indonesia, bajo circunstancia alguna se permitiría que una etnia, o un grupo específico reclamase porciones de soberanía y poder. ¡Nunca! Por otro lado, se ha concluido que bienes primarios estratégicos no pueden ser poseídos ni manejados por los privados, sino sólo y de modo directo por el Estado. Por ejemplo el agua, el recurso más escaso y vital. Subterránea, corriente, en lagos, lagunas, sobre todo el mar, el agua es estatal. Excepción es el agua almacenada o producida, y que ha significado trabajo y costo propio. También es patrimonio soberano de la nación organizada el subsuelo, la vegetación y todas las especies naturales. Pero no se usa el concepto de “tierras ancestrales”, argumento ideológico que genera tensiones insoportables. ¿Quién llegó primero a China o a India? ¿Cuál es el “espacio ancestral”, qué límites tiene, cómo aplicar parámetros modernos a reclamos legendarios? ¡Absurdo! Lo que antaño eran espacios de culturas preagrícolas no se aplica al hoy; menos todavía a culturas nómades. Países que tienen quince mil años, evitan el tema.

Para terminar, un ejemplo positivo: Tíbet. Su clima de altura poseyó una cobertura vegetal majestuosa, pero frágil. El bosque himaláyico lo constituían especies de lento crecimiento, como el ciprés de los Himalayas. Los humanos llegaron al Tibet hace diez mil años, y de a poco se adaptaron al duro paisaje. En el desarrollo de la vida y la cultura se taló el bosque hasta hacerlo desaparecer. Sólo quedaron manchones en sectores aislados. En los estrechos valles despejados de bosque, se practicó una agricultura paupérrima y se plantaron frutales; mas el bosque original nunca se reemplazó. Hoy, China, administradora del Tíbet, ha impulsado un plan de reforestación de ciencia ficción. El poderoso Estado chino ha instalado, en varios lugares, colosales viveros, donde ha logrado hacer crecer millones de arbolitos en macetas especiales, y los van plantando en las montañas, según un bien planeado programa. Vi los sitios reforestados. Eran patrullados por guardias que cuidaban los tiernos cipreses como si fuesen niños. Árboles que se demorarán cien años en alcanzar quince metros. Doscientos años en ser adultos. No hay apuro; no se plantan para ser cosechados por esta ni por la próxima generación. Son un legado para la Humanidad. ¿Estaremos nosotros listos para empezar a reforestar? 

 

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