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EDICIÓN | Enero 2017

Kon-Tiki

Por Maximiliano Mills – www.maxmills.com
Kon-Tiki

En el mundo de las exploraciones y la arqueología existe un antes y un después de la travesía del mítico navegante noruego, Thor Heyerdal en la balsa Kon-Tiki. Por eso, saber que la historia de Kon-Tiki había ganado el Oscar a la “Mejor Película Extranjera 2012” me hizo contar los días hasta que pudiera apreciarla frente a la gran pantalla.

Kon-Tiki es una película noruega de drama biográfico, dirigida por Espen Sandberg y Joachim Rønning, protagonizada por Pål Sverre y Valheim Hagen. Su narración va contando la legendaria expedición realizada por Heyerdahl a través del Pacífico Sur, zarpando desde el puerto de Callao en Perú hasta encallar en la Polinesia. Aventurero y etnógrafo, Heyerdahl organiza esta travesía como un último recurso para probar su teoría —basada en las corrientes marinas que van de Este a Oeste— de que Polinesia pudo haber sido colonizada por navegantes provenientes de Sudamérica en la época precolombina. Después de conseguir los fondos, construye una balsa-réplica utilizando materiales como madera de balsa y algunas técnicas originales empleadas por habitantes del Lago Titicaca. Reúne una tripulación de cinco hombres, escogiendo a los que, además de poseer algún conocimiento técnico que aportar durante la navegación, “tuvieran un gran sentido del humor, ya que solo esto nos podría salvar en las situaciones de mayor peligro”. Después de recorrer una distancia de 6.982 kilómetros navegando a vela durante 101 días, el 7 de agosto de 1947 arribaron al atolón de Raroia en el Archipiélago de las Tuamotu (Polinesia Francesa).
 
La película fue filmada en Suecia, Malta, Noruega, Bulgaria, Nueva York (E.E.U.U.), Tailandia y las islas Maldivas. Desde el momento del zarpe de la balsa, el espectador se embarca junto con Heyerdal en este incierto derrotero, un verdadero salto al vacío con fuertes pulsaciones de incertidumbre. Antes de hacerse a la mar no había forma de saber… Si las amarras de los troncos resistirían el desgaste del agua. Si podrían pescar lo suficiente para alimentarse bien sin desnutrirse. Cuántos días estarían en altamar. Si se desviarían del rumbo trazado para navegar en eternos círculos por el Pacífico Sur. Si la convivencia a bordo sería llevadera o terminarían todos desquiciados. El guión captura todos estos cuestionamientos de forma amena y sin angustia. Hasta se permite momentos existenciales profundos cuando en una toma de antología, la cámara se aleja de las cabezas de los seis tripulantes hasta fusionarse con la Vía Láctea y regresar (esta escena la deberían ver todos los que se creen importantes especulando con poder, dinero o influencias). Al final, es una historia que motiva e inspira cuando sales del cine. Sorprende más aún saber que un testarudo noruego, que estuvo a punto de morir ahogado cuando niño, fuera capaz de suprimir estos traumas para embarcarse en la epifanía de su vida: “Si a los quince años me hubieran preguntado si sería capaz de cruzar el océano Pacífico navegando en una balsa, la respuesta habría sido ‘inconcebible’. En esa época no sabía nadar y le tenía miedo al agua”.
 
En el mundo de las exploraciones y la arqueología existe un antes y un después de la travesía de Heyerdal en la Kon-Tiki: lo hizo contradiciendo a la comunidad científica mundial que se mofaba en su cara por pretender esta locura para solo comprobar una teoría. Puso su vida en juego para lograrlo. Pudo haber muerto en el intento. Pero de varios colegas nunca obtuvo el respeto que merecía. En la otra cara, sacó a la cultura Rapa Nui del aislamiento cuando publicó el libro AkuAku, pero todas las piezas arqueológicas que “recolectó” en la isla terminaron en su propio museo ubicado en Oslo. Osado como navegante, megalómano en tierra. Siempre respetado por la odisea de la balsa Rey-Sol que zarpó desde América del Sur. 
 

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