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EDICIÓN | Enero 2017

Olor a muerte

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D.
Olor a muerte
Conocí a un médico tanatólogo, científico riguroso; una correcta persona que en momentos de confianza contaba acerca de su tétrica labor. Y decía que se le pegaba el olor a muerte; aún bañándose bien, parecía quedar impregnado. Lo habían atacado perros callejeros; más de una vez sufrió agresiones inexplicables, pues las personas, de modo inconsciente, perciben ese olor y reaccionan de forma violenta: se les desordena la razón, se ponen en extremo agresivas.
Según publicó Frontiers in Psychology, la putrescina, producida por la descomposición de los tejidos, causa una reacción psicológica de intención de pelea, o de huida. Otros estudios confirman lo mismo: el aroma corporal que más cambios de conducta produce es “el aromas mortecino”.
 
Eso dice la ciencia hoy. Pero, como otras cuestiones profundamente humanas y propias de la naturaleza, todo eso ya se sabía desde hace milenios. En India, la muerte es un capítulo completo de la sabiduría tradicional. Desde siempre, los que se hacían cargo de los muertos y todo ese tema, eran personas que llevaban una vida apartada y distinta. Con el tiempo, dieron origen a un estrato inferior dentro de la sociedad de castas: los dalits, que no eran despreciados per se, sino a consecuencia de su oficio. Vivían aislados; lejos de las aldeas, donde no podían entrar. No podían usar los mismos pozos y fuentes de agua que los demás. Sabiduría antigua; miles de años antes que se conocieran los microbios, se suponía que los dalits cargaban humores que ensuciaban lo que ha de ser puro. Dice un texto antiguo “Los hijos de Kali (deidad que personifica la muerte), producen desconcierto; portan semillas destructivas”. Curioso, en el hinduismo, la diosa Kali es también la Madre universal. Kali es el aspecto destructor de la naturaleza, pero que trae renuevos; Kali es la más profunda oscuridad previa al amanecer. Kali destruye el Mal, para que renazca el Bien.
 
Pero, con el paso del tiempo, los desdichados de castas muy bajas, que se hacían cargo de enterrar a las vacas (en la India las dejan morir de viejas); los que limpiaban los sitios de incineración, recogían basuras y se deshacían de los despojos, llevaban una vida miserable. No era gran consuelo saber que si se era manso y servil realizando tan mezquinas tareas, Kali otorgaría después el mejor de los renacimientos. Los dalits, en verdad, llevaban una vida de ignominia y humillación.
 
Hoy creemos vivir en una sociedad avanzada, incluyente, y otras palabras que engolosinan a los cientistas sociales. Patrañas. Estamos igual, o peor, que sociedades tradicionales que a lo menos vivían en equilibrio. No es el oficio relacionado a la vida y la muerte lo que hoy hace despreciable. Hasta diría que la muerte es un tema de moda (véase el cine, y toda la adoración por lo feo, lo horripilante y siniestro). No. La desgracia; la muerte social la causan otras bacterias y agentes mortíferos. Es cuando los medios sociales fijan la atención en alguien y deciden destruirlo. Pobre de aquel que es involucrado en algún hecho socialmente incompatible con lo políticamente correcto. Caerá bajo la línea de la tolerancia. Será desde ese día parte de los despreciables y ni siquiera Kali lo podrá ayudar. Si se tiene la mala fortuna de aparecer en la prensa amarilla, o en una columna de internet manejada por algún grupo de matones modernos, se caerá en estrato de descastado. Ese dalit chileno será aislado; será borrado de listas y sus propios amigos lo evitarán. Huirán de él. El así estigmatizado causará desconcierto porque tendrá olor a muerte. Si se presenta en una reunión, todos se mirarán incómodos sin atreverse a decir: “por favor, no puede estar aquí, en este templo inmaculado. Usted está sucio. Por favor, váyase”.
 
Pero, nuevamente la vieja civilización de India nos enseña. El olor a muerte no viene del dalit, sino se le ha pegado haciendo su abnegada labor. Igual cosa, si usted no ha estado encaramado en el promontorio donde se apelotonan los miedosos, los que están donde calienta el sol, los timoratos y comodones, sino se ha mojado justamente recogiendo a los que se caen al agua, sepa que usted está limpio, impecable. El aroma a muerte viene exactamente de lo que se está muriendo, cayendo a pedazos, y en plena descomposición. Además, a la larga todo se da vuelta y la vida vuelve a renacer. El Reino será para los perseguidos, para los que tienen sed de Justicia.
 

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