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EDICIÓN | Enero 2017

Súper Luna

Súper Luna

Evidentemente ya casi no miramos hacia el cielo y nuestra vista se dirige hacia abajo, lo que llamé en la investigación del "no quiero crecer", el "síndrome de las cabezas gachas". Estamos conectados y cada vez más desvinculados del universo. Entre los parlantes y los instrumentos de tecnología, hemos ido perdiendo la capacidad de hablar, de decir de frente lo que sentimos, de mirar a los ojos y todo tipo de claves de reconocimiento del otro.

Hace algunas semanas vivimos un efecto lunar llamado Súper Luna, donde íbamos a ver la luna más grande y más cerca y que eso no se repetiría en muchos años más. Por lo menos yo no lo volveré a ver de nuevo, al menos en esta dimensión.
 
El día anterior ya se veía enorme, y me tocó ir a un colegio en donde me encontré con los alumnos de enseñanza media y en la noche con sus padres.
 
En la primera reunión, con los adolescentes, les pregunté si habían mirado la luna y no hubo nadie que me dijera que sí: eran alrededor de ochocientos jóvenes. No pude evitar mostrar mi impacto y la respuesta de ellos fue que algunos la habían visto por internet.
 
En la noche, en la reunión con los padres, pregunté lo mismo y la respuesta fue similar, porque estaban muy ocupados para ver la súper luna con sus hijos o hijas. Al mencionarles que éramos de una generación que creció conociendo "las tres Marías" o la "cruz del sur", muchos de ellos se emocionaron.
 
Evidentemente ya casi no miramos hacia el cielo y nuestra vista se dirige hacia abajo, lo que llamé en la investigación del "no quiero crecer", el "síndrome de las cabezas gachas". Estamos conectados y cada vez más desvinculados del universo. Entre los parlantes y los instrumentos de tecnología, hemos ido perdiendo la capacidad de hablar, de decir de frente lo que sentimos, de mirar a los ojos y todo tipo de claves de reconocimiento del otro.
 
Ahora que ya viene el periodo para muchos de descanso, sería bueno practicar, conscientemente, mirar el cielo y los ojos de los demás. La tecnología es una herramienta maravillosa, pero nos impide relacionarnos de una manera directa. Como decía un chico boliviano que participó en la investigación: "la tecnología acerca a los que están lejos, pero aleja a los que están cerca".
 
Intentemos dejarla, apagarla y veamos qué nos pasa; les aseguro que se van a sorprender de la dependencia que tenemos de ella y cómo cambian nuestros vínculos cuando nos comunicamos directamente.
 
Apaguemos celulares, no veamos tanta televisión ni usemos la computadora y descubriremos hasta síntomas corporales que nos muestran nuestra dependencia de este circuito que parece tan eficiente, pero al mismo tiempo tan alienante.
 

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