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EDICIÓN | Octubre 2016

Voz prodigiosa

Josefina Echeñique cantautora
Voz prodigiosa

Después de una década como vocalista del grupo Cántaro, después de varios años de vida en París en donde se perfeccionó, y después de mucho trabajo ya en Chile, esta joven cantante rancagüina acaba de lanzar su primer disco como solista: Maldita Bendita

Por María José Pescador D. / fotografía Danny Bolívar U.
Nacida y criada en Rancagua, como ella mismo dice, es esta mujer que a sus treinta y seis años ya tiene un extenso currículum como cantante. Quizás no la habíamos escuchado mucho, y es que vivió por siete años en París, en donde se perfeccionó, estudió, dio conciertos y, además, hizo clases.
 
Siempre supo que lo suyo iba por el lado artístico. Desde chica y mientras estudiaba en el colegio Coya, ya tenía clases particulares de canto con Marcela Barrios, profesora de la zona, y quien sentó las bases de Josefina. Ya en cuarto medio, además, viajaba los sábados al conservatorio en la Universidad Católica. 
 
Y a pesar de que sus seis hermanos tocaban la guitarra y a algunos les gustaba cantar, ella fue la única de la familia que siguió férrea en este rubro. Quizás los lazos con la reconocida cantante Cecilia Echeñique, prima de su padre, o quizás simplemente su gusto por el arte, fue lo que hizo que, a pesar de las advertencias de sus padres de lo sacrificada que es la vida de un músico, ella no lo pensara dos veces, y entrara a estudiar canto lírico en la Universidad de Chile, para finalmente titularse en Teoría de la Música.  
 
¿De dónde viene el canto?
En mi casa siempre se escuchaba Eduardo Gatti, Silvio Rodríguez, mis hermanos tocaban guitarra y cantaban. Y aunque mi papá es médico, es melómano, es un loco por el Teatro Regional de Rancagua, no se pierde ningún concierto, siempre ha estado súper metido en la onda musical, le encanta el jazz...
 
¿Qué te dijeron tus papás cuando les dijiste que querías ser cantante?
Me hicieron el contraste. Me dijeron que me iba a meter en un territorio difícil. Mi mamá siempre me habló de Ernesto Quezada, eran muy amigos, él falleció hace muy poco; fue un guitarrista muy importante y ella me decía que viera la vida que él había tenido, una vida muy sacrificada, igual que la del poeta Claudio Bertoni; leí una entrevista en donde él cuenta que no podría educar a una familia por su ritmo de vida. En el fondo quisieron decirme que uno tiene que renunciar a muchas cosas siendo artista… Yo niña de dieciocho años decidí seguir lo que quería, quizás ahora le tomo más el peso…
 
¿De qué forma?
Porque veo a mi generación del colegio, todos tienen hijos, familia, carreras tradicionales…
 
¿Por qué canto lírico?
Fue mi mamá la que me dijo que si quería ser cantante tenía primero que sentar las bases y para eso era necesario estudiar canto lírico, con la idea de aprender la técnica. Me dijo que los verdaderos artistas tenían que empezar por lo clásico, y que luego de esto ya estaría preparada para elegir mi opción. 
 
EL GRUPO
 
La guitarra la aprendió a tocar, en una primera instancia, de forma autodidacta, pero para aprender a tocar piano clásico tuvo que ir a clases, las que empezó en primer año de la universidad en el conservatorio de su misma universidad con la profesora Patricia Rodríguez. Pronto conocería otra rama de su carrera: Teoría de la Música, en donde se juntó con quienes serían sus compañeros en el grupo Cántaro, del que fue vocalista por una década y con quienes hizo varias giras por Europa y Chile.
 
¿Por qué teoría de la música?
Estudiando canto lírico conocí a Claudio Acevedo y con él formamos un taller de música latinoamericana, él estaba estudiando teoría de la música, me gustó, y convalidé mis ramos de canto lírico y terminé yéndome por esta área. Fue ahí donde conocí a los chicos del grupo.
 
¿Cuándo empezaste a escribir y componer?
Con el grupo. En el primer concierto que dimos ya había por lo menos tres canciones mías. 
 
¿Dónde tocaban?
En conciertos solidarios, en el Centro Cultural de España, en el Baquedano, hicimos giras a Villarrica, en el festival de Osorno, tocábamos por todos lados. Al grupo le fue súper bien, tanto así que grabamos un disco, Música de Raíz Latinoamericana, gracias a haber ganado un Fondart, donde hay cuatro temas de mi autoría. Después hicimos un segundo disco, Andarién, en donde más o menos hay un treinta por ciento canciones de mías. Este lo reeditamos en Francia, hubo un tiempo en que estaba en las disquerías de allá... Y grabamos un tercer disco inédito que se llama Buen Puerto.
 
¿Cuándo empezaron las giras al exterior?
Ya terminada la universidad iniciamos una gira a Italia, el 2006. Hicimos varios conciertos antes para juntar las lucas para irnos. En el grupo está el Tato Seves, cuyos tíos tocan en Inti illimani; ellos vivieron en Italia entonces él tenía muchos contactos allá. Mandamos cartas, recibimos invitaciones para tocar en algunas partes, estas se las entregamos al rector de la universidad y él nos apoyó con algunos fondos, y allá nos pagaban por tocar entonces ya teníamos una base para poder vivir, y nos fuimos. Tocamos en Florencia, en Bertinoro, en Lucca…
Después partieron a Francia… Sí, nos fuimos a París, tocamos al norte de esta ciudad. Nos iba increíble. Y después nos volvimos.
 
DE IDA Y VUELTA
 
Su disco, Maldita Bendita, tiene una carátula de color fucsia, y al medio está el dibujo de una carta, el rey de jotas corazón. Para hacerlo contó con la ayuda de percusionistas, flautistas, guitarristas, acordeonistas, entre otros, los que hacen un total de veinte músicos. Ella, además de ser la cantante y compositora, fue la productora general, artística y ejecutiva. No sólo fue la voz, sino que también los coros, hizo los arreglos y la mezcla. Los títulos de sus canciones llaman la atención: Insecto azul, Abeja de mi corazón, El níspero, Sin piedad… Algunos temas se grabaron en Francia, en el Angel Estudios París, y otros en Pulsar Estudios Ñuñoa, Chile. Josefina lleva poco menos de tres años ya en Chile. 
 
¿Por qué te fuiste a vivir a París?
Dos integrantes del grupo se habían ido un año antes que yo. Estaban tocando y estudiando música allá. Entonces a mis veintiséis años yo creía que Francia era el destino perfecto para ser músico y dedicarme a esto. Ahora que miro para atrás y pienso que quizás debería haber sido México… pero lo que aprendí, lo que pude absorber cultural y armónicamente tiene un valor que quizás no lo habría tenido en otro lugar…
 
¿Te fuiste sin saber qué ibas a hacer allá?
No. Me fui con un programa en el cual el gobierno te paga los pasajes por ser artista con la idea de ir a trabajar como asistente de español por seis meses, eso fue en Montpelier… y me terminé quedando siete años.
 
¿Qué más hiciste allá?  
Aprendí mucho. El grupo se empezó a armar en París porque de a poco fueron llegando los músicos allá. Entonces cuando terminaron los seis meses de la pega, tome mis cosas y me fui a vivir a París. Me inscribí en un conservatorio para clases de guitarra y jazz. Al año siguiente, con la profesora de canto, empecé a estudiar canto jazz. Estuve cuatro años en este lugar, y me diplomé de canto jazz.
 
¿Por qué volver?
Por amor…
 
¿Qué echas de menos?
La organización del francés. Por ejemplo, tenía un concierto y citaba a los músicos a las diez de la mañana y a esa hora llegaban. Aquí los citas a las diez y llegan una hora tarde… Allá se usa mucho que los ensayos son de tres horas. Acá imposible, es mucho tiempo… El músico chileno en muchas cosas es superior al francés, tiene mayor versatilidad, puede tocar de todo, dedicarse a varias cosas a la vez. Los de Francia se dedican a una sola, se concentran, se organiza bien.
 
¿Ha sido muy difícil entrar al mundo de la música en Chile?
Como en todas partes del mundo, creo que la música está muy monopolizada por un grupo pequeño que tiene los contactos, entonces entrar ahí es difícil. En Francia pasa lo mismo.
 
¿Cómo fue producir tu propio disco?
Partí en Francia, con la ayuda del Carlos “pájaro” Canzani que es el integrante uruguayo de Los Jaivas. Con él hice cuatro temas y los siguientes los terminé aquí en Chile.  
 
¿Te gustó el resultado?
Sí, pero hay cosas que no voy a repetir. Ciertos sonidos. Me gusta trabajar con la guitarra acústica, la guitarra peruana folklórica, y trabajar mucho con el blues. Creo que mezclar la música real con la electrónica es la fórmula perfecta.
 
¿Te sientes orgullosa?
Más que orgullosa me siento capaz. Ahora sé que lo puedo hacer y tengo mucho más claro lo que quiero escuchar. 
 
¿Cómo describirías tu disco?
Es un disco folk pop jazz. Es una clasificación que no existe, la estoy inventando…
 
¿Se puede vivir de la música?
No me ha costado tanto, pero es porque yo cuento con la parte docente. Hago clases de canto. Partí trabajando en la academia de Verónica Villarroel y ahora estoy trabajando en La Florida. 
 
¿Qué se viene?
Otro disco el 2017.
 
"Como en todas partes del mundo, creo que la música está muy monopolizada por un grupo pequeño que tiene los contactos, entonces entrar ahí es difícil. En Francia pasa lo mismo”.

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