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EDICIÓN | Octubre 2016

Sobreviviente

Veronika Vegvari de Fried
Sobreviviente

Tiene noventa años, la memoria intacta y, en su antebrazo, lleva tatuada la historia más triste de la humanidad: el Holocausto. Su paso por los campos de concentración y exterminio de Auschwitz y Birkenau solo por ser judía, forjó en ella un carácter fuerte y aguerrido, que sería clave para sobrevivir a los horrores de la guerra y reconstruir su vida fracturada en Chile. En estas páginas, un canto a la vida, un ejemplo de resiliencia y fortaleza inquebrantable, contados en primera persona.

Por Macarena Ríos R. / fotografía Teresa Lamas G.

“Mami, eres única”, le dijo una nieta a Veronika el día de su cumpleaños. “No todos pueden tener una abuela que hable en húngaro, que cocine recetas húngaras y que se enoje en húngaro”. Ese último domingo de julio su familia le hizo una fiesta y le regaló la historia de su vida plasmada en el libro Frutos de una sobrevivencia, con sus memorias y las de su marido, Ladislao Fried. En él narra los orígenes de las familias Fried y Weinberger —el apellido original de Veronika— en Nyirmada, un pequeño pueblito de Hungría, y cómo su vida apacible y sin prisas, se fue desdibujando a medida que avanzaba la Segunda Guerra Mundial.

¿Cómo es enojarse en húngaro?

(Ríe de buena gana) Es lo mismo que en español, mija.

El marcado acento húngaro aparece solapado detrás de un español que aprendió en dos años, cuando llegó a Chile a comenzar una nueva vida. Me tiende una mano suave, esboza una sonrisa leve y clava sus ojos verdes. “Tú dirás”.

¿Cuáles son sus primeros recuerdos de Hungría?

Una familia unida y feliz, con mi padre que trabajaba en el campo. A los once años me tuve que ir a otra ciudad (Debrecen) a seguir estudiando, porque en mi pueblo solo había preparatoria. Era fome, sólo había seis mil habitantes, pero lo pasábamos simpático. Yo vivía a cincuenta metros de Ladislao hasta que llegó la grande el año cuarenta y cuatro.

La “grande” a la que se refiere Veronika, fue cuando los alemanes invadieron Hungría, el 19 de marzo de 1944. Obligaron a los judíos a coser la estrella de David en sus abrigos. Prohibieron el ingreso a clubes y tiendas. Restringieron sus salidas. En todas las regiones del país, la orden de que los judíos debían reunirse en guetos, fue inmediata. También en Nyirmada, donde seiscientas almas fueron obligadas a trasladarse a Kisvárda, distante a unos veinticinco kilómetros.

“Dejar mi historia, mi casa, la sinagoga, no fue nada. Ver a mi padre sin saber qué pasaría en el futuro, sin saber dónde íbamos, qué llevar, qué nos esperaba, eso fue horrible. Nos fuimos en carretas con solo una maleta, ¿qué más se podía llevar?”.

¿Cómo fue la vida en Kisvárda?

Triste. Nos pusieron a varias familias amontonadas en una misma casa. Una porquería, qué quieres que te diga. De a poco comenzaron a liquidar las guaguas. Puro sufrimiento. Uno no entendía, no sabía qué iba a pasar después, tampoco por qué estábamos ahí. ¿Qué iba uno a preguntar?

¿Y qué le decía su papá?

Ellos tampoco sabían nada de nada, hasta que a las tres semanas llegó la orden del embarque a Auchswitz.

¿Cómo recuerda el viaje en tren a Auschwitz?

Terrible. Eran vagones de ganado que estaban cerrados con candados desde afuera, con una ventana chica. En cada vagón éramos ochenta personas de pie. No había agua, ni comida, ni baño. No había nada, sólo oscuridad.

¿Cuánto duró el viaje?

Tres días.

¡Tres días!

Tres días, mijita, desde Hungría a Polonia, sin comer, sin dormir. Yo nunca más volví, pero sí mis nietos. El 2 de junio de 1944 Veronika llegó a Auschwitz. Tenía dieciséis años.

¿Qué pasó cuando llegaron al campo de concentración?

Se abrieron las puertas y llegaron los soldados con perros. Separaron familias. Separaron a madres de hijos. Me separaron de mi padre y mi único hermano. Nos quitaron lo poco que llevábamos de valor, relojes, anillos, cadenas. Yo escondí bajo mi lengua una medallita. Bajamos del vagón, dimos un par de pasos y vimos la alambrada y a personas con uniformes listados. “Los locos”, pensamos, sin saber que un par de horas después íbamos a estar igual que ellos.

¿Y los niños?

Los mataron a todos, no quedó ninguno vivo. Ya no había suficientes cámaras de gas, así que hicieron hoyos y con los perros tiraban a las personas vivas a esos hoyos. Esa misma noche yo supe que mi padre y mi hermano habían muerto, porque me encontré con personas que los habían conocido.

Veronika tomó a su madre de la mano, fuerte, muy fuerte, como si en ese gesto se le fuera la vida. Al frente había un tipo alto, de ojos claros, que dividía a la gente en dos filas, como un juego macabro: los que estaban a un lado salvaban con vida, los otros, morían irremediablemente. Ese simple acto se volvería común en la vida de esta joven húngara durante toda su estadía en el campo de concentración. Después supo que se trataba de Josef Mengele, un sádico médico nazi, autor de una de las mayores atrocidades del género humano. Juntas caminaron en fila a una pieza grande. Las obligaron a desvestirse. Del techo empezó a caer agua. Las raparon y las desinfectaron. “Nos costó encontrarnos. Yo no reconocí a mi madre ni ella a mí. Nos vistieron con la ropa a rayas, con zapatos sin cordones y de distinto número. Nos trataron como a animales”.

Dos meses después, Veronika fue tatuada con una tinta especial. “Nunca me llamaron por mi nombre. Yo era el número A-26021”. Se levanta la manga de su blusa y nos muestra el antebrazo.

¿Por qué no se lo ha sacado?

Porque no quiero. Porque quiero ser una sobreviviente con orgullo.

TODO ESTÁ EN TI

Veronika nació como Wienberger, pero cambió su apellido a Vegvari después de la guerra “por uno más húngaro, aunque nunca lo ocupamos hasta que llegamos a Chile y tuve a mis hijos (Andrés, Sonia y Sandra)”.

¿Cómo era la vida en la barraca?

Fuimos designadas a la barraca N° C10. Éramos trece, que dormíamos como podíamos sobre tablas. Todos los días, a las cuatro de la mañana, nos levantaban a los gritos y nos llevaban afuera para formar una fila y nos contaban. ¿Para qué, me pregunto yo, si no íbamos a ir a ningún lado? No había forma de arrancar. Yo no sé para qué hicieron esa alambrada.

¿Cuántas veces al día comían?

¿Comer? Nada, mija, si eso no era comida. Eran pedazos de pan podrido, una sopa que era pura agua. Yo trabajaba extra, hacía todo lo posible por una papa cruda o un pedazo de jabón. Para salvar la vida uno hace cualquier cosa. No había noche, no había día.

¿En qué trabajaba?

En una sala desinfectando ropa. Pero también trabajé tirando un carro de madera lleno de caca. Y pasábamos al lado de los crematorios. Durante todo el tiempo yo estaba preocupada de esconder a mi madre de Mengele, que siempre estaba buscando a quien matar, así salvó con vida.

¿Alguien la ayudaba?

Había un soldado, un muchacho, no sé ni cómo se llamaba, que me permitía esconder a mi madre. No sé qué pasó con él.

¿Cómo era Mengele?

Muy buenmozo, el desgraciado. Pero era un animal. Lo único que me acuerdo era de su voz diciendo recht, links (derecha e izquierda, en alemán). Una fila llevaba a la muerte, la otra, a la vida. Mi excuñada tuvo a su guagua en la barraca, ellos se la quitaron apenas nació y la mataron.

Veronika hace una pausa. Breve, brevísima. Al momento de la entrevista, la acompaña Andrés Fried, su hijo mayor, visiblemente emocionado. Ella lo mira con ternura. “Yo soy más dura y más firme que él. Él se emociona más que yo, porque le duele lo que pasó, porque sufrimos, porque no merecimos esto”.

¿En algún momento perdió la esperanza?

Yo siempre tuve esperanza. Tenía una medallita de los diez mandamientos que guardé bajo mi lengua para que no me la quitaran. Tenía fe en que esa medalla me iba a salvar.

¿Qué la mantuvo con vida?

Quería vivir, nunca pensé en otra cosa. Y estaba mi madre a mi lado. Yo la salvé. Nos escondíamos juntas, caminábamos juntas, comíamos juntas. Mi madre tenía setenta y tres kilos cuando llegamos a Auschwitz y veintinueve cuando salimos de ahí. Nadie la reconoció cuando volvimos a Hungría.

¿Cómo la contactó Steven Spielberg?

Mandó un equipo de gente a recolectar experiencias por el mundo y pidieron mi testimonio, todo lo que sufrimos sólo por tener una religión distinta.

¿Vio La lista de Schindler?

No quiero. ¿Para qué?

¿Ayuda hablar de esto?

Durante tantos años no hablé nada ni con mi marido, ni con mis cuñadas, ni con mis hijos, porque no quería sufrir ni que ellos sufrieran. Nos quedamos callados y eso durmió con nosotros por mucho tiempo.

¿Y por qué ahora?

Porque ya estoy en esto hace rato. Por mi carácter hablo y después tal vez me olvido, pero quiero que la gente sepa, que conozca, para que nunca más vuelva a pasar. Por eso mi hijo Andrés le pidió a un historiador hacer el libro, para que mis nietos sepan todo lo que pasó y de dónde vienen.

¿Hizo amistades en Auschwitz?

Tengo una historia increíble. Años después de la guerra, cuando ya estaba en Chile, un día paseando por el centro de Santiago, entro a un negocio en calle Ahumada y veo a una mujer al fondo que me grita: ¿y dónde está tu mamá? Y yo le contesto ¿y dónde está tu hermana? Era una checoslovaca que también había sobrevivido a la guerra. No sabíamos los nombres la una de la otra, pero sí que yo estaba con mi mamá y ella con su hermana.

HACIA LA LIBERTAD

“Esconder, cuidar, arrancar, eso hacíamos. Después, a los pocos que quedábamos, nos metieron en vagones durante cuatro días hasta llegar a Ravensbrück, otro lager. Con frío, descalzos, sin posibilidad de nada, pura tristeza. Tenía que nevar para poder mojarnos la cara. De comida, ni hablar. Estuvimos dos meses ahí, durmiendo sobre paja”.

¿Cuándo supieron que la guerra había terminado?

Un día los soldados nos dicen “vamos” y nosotros los seguimos sin saber a dónde. Caminamos en carretera durante cuatro días. Como pude arrastré a mi mamá. Ella se iba quedando atrás, pues estaba enferma. No había fuerzas, no quedaban ya… En la madrugada llegamos a un pueblo (Malhoff) y supimos que estábamos libres, porque los soldados ya no estaban. No sabíamos qué fecha era, ni dónde estábamos. Lo único que queríamos era ir a casa.

Pero pasaría un tiempo antes de eso. A medida que avanzaban hacia el sur, hacia Hungría, iban recogiendo papas del suelo y con el dedo le hacían un hoyo y se iban tomando la leche y la albúmina. En Malahov se encontraron con un campo de liberación donde fueron atendidas. “Llegaron los rusos, los ingleses y los americanos, nos dijeron roben, hagan lo que hicieron con ustedes. Pero el corazón no daba. Yo no pude hacerlo”.

¿Cómo encontró Nyrmada?

Pésimo. No quisieron devolverme mi casa, que estaba ocupada por otra gente, mi madre con veintisiete kilos, yo con lo que tenía puesto, tuvimos que irnos a otro lado. Ahí me encontré con Ladislao Fried, que había sido mi novio a los catorce años. Durante todo ese tiempo él había estado luchando desde la resistencia. Al tiempo nos casamos.

¿Nunca hablaron de lo que ocurrió?

¿Con él? No. Nosotros tratamos de no hablar. Él tenía mucho trabajo porque habían sobrevivido dos de sus hermanas y necesitaba traerlas desde Alemania, tenía que organizar los negocios y las tierras familiares que habían quedado abandonadas. Después se le ocurrió partir a Chile de luna de miel a ver a sus hermanas que se habían ido a vivir allá, algo que no fue fácil porque era muy, muy lejos. Pero éramos valientes.

¿Por qué nunca quiso quedarse en Hungría?

¿Y para qué? El año cincuenta y tres yo ya era chilena. El intendente de esa época, Jorge Vío Valdivieso, me entregó mi ciudadanía. Desde ahí que soy mil por ciento chilena. Hungría para mí, pasó, es la tierra de mis antepasados. Yo no le tengo cariño.

¿Ha perdido la capacidad de asombro con todo lo que pasó?

En estos setenta años que voy a cumplir aquí, Chile cambió mucho. Muchísimo. Yo era orgullosísima de ser chilena. En esa época no salía la gente a la calle a decir “que me dé el gobierno”, ¿entiende? No era así el sistema, todos trabajaban, todos obedecían. Había un querer, hoy no hay ese querer. Quieren gratis todo, casa, estudio, salud. Tienen razón, no digo que no, pero es imposible llegar a la gratuidad total, no hay política que resista. Las personas no quieren dejar gobernar. Están muy exigentes. ¿Y por qué? A nosotros nadie nos dio nada. Nosotros trabajamos día y noche, sábado y domingo. Y mi hijo sigue trabajando y cuidando lo que tiene y enseñando a sus hijos a que hagan lo mismo.

¿Qué la hace feliz?

Mi familia. Tengo tres hijos, nueve nietos y seis bisnietos. Siempre estoy cerca de ellos, aconsejando, llamándolos a todos por teléfono. Nadie me llama por mi nombre ni me dice abuela. Yo soy la mami Vera para todos, quieran o no quieran. Y me encanta que me digan así.

Mientras habla, me muestra álbumes llenos de recuerdos. La nostalgia se apodera de su voz. “Te voy a mostrar la foto más triste”, me dice de repente, y abre una página donde aparece el ataúd de su marido llevado en andas por sus nietos. Al lado, otra foto de su tumba en el cementerio. “Desde que él murió nunca más fui a un cementerio. No tengo que ir, porque él está a mi lado todos los días”.

 

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