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EDICIÓN | Octubre 2016

Realismo Mágico

Susana Nahmías Pintora

La distancia, las pérdidas y finalmente las ganas de vivir la vida de manera total, llevaron a esta ingeniera a dejar los números y tomar los pinceles. Encontró en el realismo la manera de expresar su arte y en escenas cotidianas el espacio para echar a volar su imaginación. 

Por María Jesús Sáinz N. / Fotografía Andrea Barceló A. 

“Con este cuadro estoy enloquecida”, dice Susana Nahmías mientras apunta hacia un óleo que reposa en el atril de su taller. Se trata de la imagen de una nadadora en plena competencia. Es una pintura llena de detalles, con gotas de agua que brillan, transparencias y movimiento. Justo como a ella le gusta. Hay mucha luz en su taller y los dibujos de sus dos pequeñas hijas, Laura y Jacinta, a quienes llama “mis mejores obras”, adornan los muros. “Este es mi espacio. Acá estoy toda la mañana. Me gusta tanto pintar que ni siquiera tomo agua para no perder tiempo”, dice con una amplia sonrisa.
Está loca de amor por su oficio. Si no, no se explica que haya dejado su prominente carrera como ejecutiva de grandes empresas, que desarrolló con éxito en Estados Unidos, Latinoamérica y Chile. Y no es que lo suyo no fuera la ingeniería. Lo que pasó es que el amor por el arte fue mucho más fuerte.
 
VIÑAMARINA POR EL MUNDO
 
Susana terminó sus estudios de ingeniería en la Universidad Técnica Federico Santa María de Viña del Mar —donde vivió desde niña— y partió a Pittsburgh a hacer un MBA. Lo que sería un viaje de un año pronto se transformaría en una estadía de tres, pues encontró trabajo, saboreó el éxito y comenzó a forjar una vida lejos de casa. “Todo el mundo me encontraba súper exagerada, pero la verdad es que me empezó a dar pena vivir lejos y ver a mi papá solo para Navidad”.
 
¿Te ganó la nostalgia?
 
Me dio pena el esfuerzo que hacía por ir a verme. Yo siempre he sido súper independiente, pero era la más chica de mis hermanos y súper regalona de mi papá.
Volver a Chile fue solo la primera de una serie de decisiones que la llevarían a estar presentando hoy, varios años después, la cuarta exposición de su carrera como pintora. 
“Por suerte me vine”, dice. Al poco tiempo su padre se enfermó de cáncer. Fueron tres meses en que se paralizó su vida y se puso a su entero cuidado. Él murió, y a los dos años partiría también su madre.
Se quedó trabajando en Chile, pero no dejó nunca de viajar. Recorrió el sudeste asiático con un grupo de amigas y luego vivió la experiencia de trabajar para una organización de ayuda en Mozambique, donde conoció de cerca los problemas de esa tierra azotada por la pobreza, la guerra, los desastres naturales y las dificultades de salud. Pintó un mural en la escuelita del pueblo.
Sin embargo, no le bastaba. Ella quería más libertad y más tiempo para explorar otros intereses. Un día, simplemente, renunció a su trabajo.
 
¿Por qué?
 
Con la muerte de mis papás tomé conciencia de que la vida se puede cortar y que es para disfrutarla, para hacer lo que tú quieras.
 
¿Es el dolor lo que explica tu vuelco hacia la pintura?
 
No solo eso. Es también que me encanta pintar y es lo que quiero hacer de ahora en adelante. Es cierto que las pérdidas te abren los ojos y te hacen darte cuenta de que tú eres responsable de hacer lo que quieres en la vida, y que las personas no tienen sólo un área de interés. A mí me gustaba mi trabajo, pero esto me apasiona.
 
VUELTA A LA REALIDAD
 
El día que conoció el taller del pintor Diego Martínez, joven exponente del nuevo realismo, pensó que si pudiera elegir un estilo, jamás sería ese. Sin embargo, tomó clases con él y esas enseñanzas del método tradicional del óleo, del trabajo minucioso y detallista y la enorme paciencia y perseverancia que hay que tener, la fueron conquistando. Hoy no se imagina lejos del realismo.
 
¿Siempre fuiste tan talentosa?
 
Me encantaba pintar en el colegio y había hecho algunas reproducciones con pasteles, pero el último pincel que tomé tenía témpera… (se ríe). No sabía ni cómo limpiarlo.
Y hoy pintas con óleo. El óleo para mí tiene una tremenda nobleza. Más que la estética del cuadro, la forma de llegar al resultado a través de capas, es lo que me maravilla. Pero es lento, hay que tener paciencia. En eso, creo que mi formación ayudó bastante, sobre todo por la rigurosidad. Yo me quemé las pestañas estudiando y ahora hago lo mismo. Hasta que no me guste una obra no la dejo. Puedo estar un año entero en la misma pintura. 
 
¿Cómo eliges el contenido?
 
Tiene que gustarte realmente lo que decidas pintar, porque es algo que vas a ver todos los días. Yo no podría hacer un cuadro por encargo, por ejemplo. Y muchas veces la foto más bonita no hace la mejor obra; tiene que ser algo interesante y que además sea técnicamente un desafío.
Su marido, el matemático Godofredo Iommi, dice que su trabajo no puede ser encasillado únicamente en el realismo, en cuanto 
representación, pues considera que el acto de escoger un fragmento es también inventar. De hecho, la noche de la inauguración de su última exposición él le dedicó estas palabras: “La obra de Susana tiene dos ideas contradictorias. La representación y la invención. En la interacción de estas dos es donde vive la parte más bonita de su trabajo”.

 

 

"Las pérdidas te abren los ojos y te hacen darte cuenta de que tú eres responsable de hacer lo que quieres en la vida, y que las personas no tienen sólo un área de interés. A mí me gustaba mi trabajo, pero esto me apasiona”.

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