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EDICIÓN | Septiembre 2016

Explosión de vida

Carola Galaz artista fundadora de La Caracola
Explosión de vida

Pasó del baile al arte, siempre buscando un espacio donde expresar las miles de ideas que daban vueltas en su cabeza. Y con el arte llegó a los niños, a crear para ellos un espacio mágico, de aprendizaje y crecimiento que ya lleva casi dos décadas. De su taller a los colegios, y de la sala de clases a las salas de hospitales. La Caracola llega con sus cartones y pinturas… y todo parece un poco mejor.

Por Mónica Stipicic H. / fotografía Andrea Barceló A.

“Hola, hablas con la Caracola”, me dice la primera vez que hablamos por teléfono, bien asumida con quién es y qué representa.

Pero esa Carola La Caracola no es la misma que vive en el mar en las canciones de Mazapán. Esta vive con los pies bien puestos en la tierra, vive con su mameluco manchado de pintura, con la parte de atrás de su casa inundada de niños y con su auto cargado de materiales para partir a hacer clases a colegios y a hospitales. Vive levantándose al alba para alcanzar a hacer todo lo que tiene planificado, para poder cumplir con sus obligaciones, pero también para poder nadar, meditar y ser mamá. Y para reír todo el tiempo, con sus rulos rubios como marco de un rostro que ofrece muchas más certezas de las que ella misma imagina.

Carolina Galaz creció rodeada de arte. Pero además creció sintiéndose diferente, sabiendo que le costaba aprender de la manera tradicional y debiendo crear sus propios métodos para entender las materias tradicionales. Carteles gigantes de papel kraft y matemáticas a través de los colores fueron algunos de los sistemas que sola fue creando. Cada número era un color… y lo sigue siendo. A tal punto que su única hija se llama Azul, no sólo por la inmensidad de ese tono, sino porque el azul es el número ocho, el del infinito.

Pero también creció bailando. Todo el día y a cada momento. A los dieciocho años ya hacía talleres de expresión corporal con niños. Hasta que agarró sus cosas y se fue a Estados Unidos. A bailar. Y lo hizo durante un largo tiempo, hasta que una lesión complicada la obligó a bajarse de los escenarios y la encontró sola y sin trabajo en la selva neoyorkina.

“Como había estudiado pantomima, me hice unos personajes: una avestruz muy divertida y plumosa, y una culebra que actuaban juntas en un teatro portátil con el que animaba cumpleaños. Un día pensé que podía ser bueno llevarles ese espectáculo a los niños enfermos y partí con todo al Hospital de Nueva York. No fue tan fácil que me dejaran entrar, pero finalmente lo logré y llegué a hacerles una función a un grupo de niños, la mayoría de ellos con cáncer. En ese minuto me di cuenta de que eso era algo que yo tenía que hacer”.

Comenzó a ir con más frecuencia y al teatro le agregó una maleta con materiales para trabajar, pintar, dibujar y hacer esculturas. “El arte no era un fin, sino que un medio para conectarse con las emociones. Hacíamos sombreros de acuerdo a las emociones de cada día, con las mismas sábanas de los niños hacíamos marionetas de ellos mismos donde íbamos metiendo objetos importantes en sus vidas. Y si un niño moría la colgábamos un buen rato en su honor”.

En ese contexto conoció a Peter, un niño que la marcó para siempre. Él fue quien la bautizó como La Caracola, porque es el lugar donde se guardan los sonidos para volverlos a escuchar. Cuando él murió el mundo se le dio vueltas. A tal punto que abandonó todo, hizo las maletas y volvió a Chile. Fueron años muy difíciles para ella.

¿Cómo lograste empezar a construir de nuevo?

Eso se lo debo en gran parte a Ricardo Caponi, quien fue mi psiquiatra y uno de los maestros que he tenido en mi vida. Con él me di cuenta de que yo había creado esta manera de trabajar a través del arte para ayudar a morir y él me propuso que hiciera un cambio, que lo enfocara para ayudar a vivir… y ahí me di cuenta de que era yo la que estaba viviendo mi propia muerte, la de haber vuelto de Estados Unidos, la de mi lesión, la de haber abandonado el baile.

LOS NIÑOS

A partir de ese momento comenzó a crear las herramientas y la metodología para hacer de ese anhelo una realidad. Y como siempre le gustaron los niños y se sintió cómoda con ellos, decidió que ellos fueran el foco.

“Me he encontrado con muchos niños como yo: empilados, medio dispersos, artistas, extrovertidos, honestos, profundos, llenos de energía. Me encuentro todo el rato conmigo misma en los niños, en los jóvenes, en la gente con que trabajo… a estas alturas sé que no hay encuentros casuales”.

En esa etapa se casó, tuvo a su hija, se separó y se lanzó con La Caracola. Todo partió muy artesanalmente, en la casa de una vecina que le pidió un taller de verano para sus hijos. Después fueron otras casas, luego su papá le prestó un taller pequeño, después tuvo otro en Vitacura, arrendó otro en Luis Pasteur y así hasta el 2010, cuando decidió adaptar su espacio de trabajo en la parte de atrás de su propia casa, cerca de la rotonda Irene Frei.

Hoy realiza tres talleres a la semana donde reúne a cuarenta niños. Muchos de ellos llevan varios años trabajando, por lo que las listas de espera son frecuentes esperando un cupo en sus cursos. “Hace un par de semanas tuve una reunión con exalumnos… llegaron cerca de cuarenta, la mayor de veintinueve años. Fue súper emocionante, impresionante el cariño, cada uno escribió sobre lo que había significado para ellos este espacio y hablaban de viajes interiores, espacios para el amor… me lo lloré todo”.

¿Qué hacen los niños cuando entran a La Caracola?

Aprenden lo que es la libertad responsable.

¿Y cómo definirías la libertad responsable?

Es el espacio en que puedes tomar iniciativas, aprender a pensar libremente y a entender que aprendes y puedes, pero que siempre hay alguien al lado que también tiene que poder. Es aprender a respetar mi espacio con el espacio del otro y el material del otro. Es cuidado adentro y afuera, una radiografía en que vas sacándote las capas para empezar a reconocerte y a confiar en ti mismo, en tus propios recursos.

También hay una veta social en tu trabajo.

Fue para el terremoto del 2010. Un día escuché hablando en la radio a Felipe Cubillos sobre reconstrucción y sentí que eso tenía que hacer; reconstruir, pero un poco más allá… reconstruir el alma. Partí a la Fundación Astoreca a ofrecer meter mi tema en el currículo escolar, como un espacio de expresión creativa, abierto a la prevención y a entregar más herramientas a los niños. Y lo hice, me fui a meter a un séptimo básico y la experiencia fue de alto impacto… terminamos exponiendo unas esculturas gigantescas al frente de La Moneda.

LA PÉRDIDA Y LA ESPERANZA

Junto a Carolina trabajan cinco personas. Todas artistas. Una de ellas aparece de pronto y coordinan juntas una visita al Hospital Calvo Mackenna. Hablan de un proyecto que las entusiasma, de una pierna que le fabricaron a una niña que acaba de perder la suya. Se ve que ayudar en algo las hace inmensamente felices.

La Caracola también trabaja en todos los colegios municipales de Vitacura, donde suma trescientos cincuenta alumnos más y en el Hospital Calvo Mackenna. “Llegué a través de la Fundación Vivir más feliz, que hizo TROI, un centro para niños en tratamiento ambulatorio de cáncer y trasplante de médula. Pero cuando nosotros llegamos el edificio no estaba listo, así que empezamos a funcionar adentro del hospital, en los pasillos de oncología, con los niños en las salas de espera. Hoy vamos tres veces a la semana”.

¿Cómo es tu trabajo con los niños ahí?

Después del ambulatorio, nos permitieron entrar a trabajar con los niños hospitalizados, de a poco comenzamos a abarcar todas las áreas. Y eso es una bendición, porque hacemos el recorrido completo con los niños: desde el diagnóstico, cuando empiezan las quimioterapias ambulatorias, la neutropenia, las quimios de cuatro días… he tenido que estudiar muchos términos y procedimientos médicos; tuvimos que hacer capacitaciones, inducciones, porque además nos interesa hacer equipo con los que trabajan todo el día allá, con médicos, enfermeras, técnicos y psicólogos. Y al final el trabajo en la sala termina siendo como una terapia grupal, yo voy a las reuniones médicas y hemos ido encontrando el espacio para hacernos parte de un proceso hospitalario. Y así nos enteramos de cuando existen temas específicos que tratar con un niño.

Como la pérdida de una pierna…

Claro, lo hablamos con la psicóloga y preparamos algo para ayudar en ese proceso. En el caso de esa niñita, yo la vi llegar recién diagnosticada con un osteosarcoma y con un dolor tremendo… entonces uno la quiere desde el primer minuto. El ochenta por ciento de los niños que ahí se atienden son de provincia y se produce una integración alucinante. Yo siempre les digo a los niños que el cáncer les ha servido para muchas cosas: para saber lo fuertes y valientes que son, para darse cuenta de cuánto los quieren sus mamás, para decirles a ellas lo mucho que las aman…

¿Y a ti para qué te ha servido?

Para darme cuenta de que este es mi camino, que es algo más fuerte que yo. No me creo salvadora del mundo, pero me hace feliz acompañar estos procesos de vida... o de muerte.

 

"Me he encontrado con muchos niños como yo: empilados, medio dispersos, artistas, extrovertidos, honestos, profundos, llenos de energía. Me encuentro todo el rato conmigo misma, en los niños, en los jóvenes, en la gente con que trabajo”.

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