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EDICIÓN | Marzo 2016

Artesanos del confite

Andrés Merello Norero, gerente general de Confites Merello.
Artesanos del confite

Este año cumplen ochenta y cuatro años deleitando a grandes y chicos con su amplia variedad de caramelos, gomitas, malvas, grajeados, chocolates, bombones, entre muchas otras delicias. Un placer para los sentidos y que en cada producto nos trae a la memoria algún momento de nuestra niñez.

Por María Inés Manzo C. fotografía Teresa Lamas G. y gentileza de Andrés Merello

¿Quién no recuerda las idas al cine con las clásicas guagüitas o visitar a la abuela y comer los típicos caramelos de anís?, esos son sabores que, sin duda, han marcado a muchas generaciones y que los Merello han sabido conquistar desde que abrieron su fábrica de caramelos en 1932. Ubicados en la tradicional ciudad de Limache, la empresa partió con el nombre La Genovesa y liderada por las familias Merello y Minardi, descendientes de italianos como tantos otros que llegaron a la zona.

“Los fundadores fueron Adolfo Minardi y Pablo Merello, que era mi abuelo, y comenzaron la fabricación de confites totalmente artesanales, como dulces de anís, mermeladas y caramelos frutales, que al poco tiempo distribuyeron por la provincia de Valparaíso. En la década del cuarenta, Merello le compra a Minardi y desde ese minuto se forma como una empresa absolutamente familiar, liderada por nosotros. Ahí se incorpora la segunda generación, compuesta por mi padre con algunos tíos. Y así, lentamente, la empresa fue creciendo, abarcando nuevos mercados y tecnologías, sobre todo en la década del cincuenta y el sesenta. Los años más difíciles fueron en la década del setenta y principios del ochenta, con una serie de recesiones, y ya en el noventa se incorpora la tercera generación de la que soy parte”, nos cuenta Andrés Merello Norero, gerente general.

Hoy en Confites Merello trabajan alrededor de setenta personas, con una red de más de quince vendedores en todo Chile y abarcando el 98% del mercado doméstico, más algunos productos para la exportación: a Estados Unidos, mix de caramelos y gomitas; a Perú, grajeados, huevitos de almendra, entre otros; y a Colombia, gomitas y productos de menor gramaje.

Además, Andrés Merello es parte del directorio de la Asociación de Empresas de la V Región ASIVA, compuesta por prestigiosas empresas de la región. “Nuestro mercado abarca confites de todos los grupos etarios, desde niños a ancianos. Los canales de venta son un 40% retail (presentes en todas las cadenas de supermercados), un 30% comercio el detalle y el otro 30% elaboramos productos institucionales. Por otro lado, tenemos desarrollo con cadenas farmacéuticas que ocupan el caramelo como un vehículo para agregar, por ejemplo, al propóleo; y preparamos materias primas para otras empresas, como lo son las líneas de mostacillas”, agrega.

DULCE TRADICIÓN

Confites Merello está enfocado a la línea de caramelos duros (tradicionales, envueltos y no envueltos); los clásicos (tronquitos, gajos de limón, berries, etc., dulces de anís); gomitas, mashmelows y guagüitas; grajeados (huevitos de almendra, porotitos; y chocolates con productos bañados, naranjitas, jamoncitos, confitados, entre otros). Su fábrica en Limache, además, cuenta con una hermosa confitería —con una sucursal en Olmué— llenade sus productos más queridos, con los tradicionales frascos dulceros, afiches, cajas de metal y maquinaria de los años veinte. Una tienda, que tras su gran mesón de madera nos recuerda las antiguas dulcerías.

¿Tienen una línea sin azúcar?
Claro, tanto en confites como en chocolates. Todavía es un mercado relativamente pequeño, pero que está creciendo muy rápido. Yo diría que el futuro va para allá, sobre todo con la nueva ley de alimentos que comienza el próximo año.

¿Cuáles son las tecnologías que han incorporado el último tiempo?
La calidad de las materias primas es mejor a la que existía antes, con una serie de certificaciones y mucho más amigables con el medio ambiente. Entonces, en todo el proceso hemos visto una mejora. Hay tecnologías menos contaminantes, más maquinaria, envasados automáticos; controles de calidad y de laboratorio.

Ustedes cuentan con varias certificaciones…
Sí, destacamos el programa de la Dirección del Trabajo por buenas prácticas laborales y la otra es el Acuerdo de Producción Limpia que tienen las industrias de alimentos de la región. Ello nos obliga a que, prácticamente, todos nuestros desechos deban ser procesados.

Por ejemplo, los cartones y los plásticos hay que llevarlos a una empresa recicladora. Tenemos control de emisiones y las ampolletas deben ser enviadas a un vertedero especial para procesarlas. Estas certificaciones nos ayudan a que esto sea un entorno mucho más amigable con el medio ambiente. De hecho, estamos en la mitad de la ciudad, por lo que tenemos que ser tremendamente cuidadosos con nuestros vecinos.

ARTE FAMILIAR

“Antiguamente, todos nuestros productos se repartían en tren a Viña del Mar, Villa Alemana, Quillota, Santiago; al norte y al sur. La mercadería salía en cajones, en carretela tirada por un par de caballos, hacia la estación de ferrocarriles. Recién hace cuarenta años tuvimos un camión que distribuía hacia todo Chile y desde entonces no hemos parado. Estamos en un mercado dominado por gigantes, pero nos hicimos nuestro lugar, gracias a nuestras recetas tradicionales que son el resultado de un verdadero arte familiar”, recuerda con cariño el patriarca, Reynaldo Merello.

Hoy de ochenta y nueve años, y pronto a cumplir los noventa, don Reynaldo llega a trabajar, de lunes a viernes, a las 6:15 de la mañana y no se retira hasta las 20:00 horas, tal como en sus inicios. Una labor que hace con pasión y que lo ha hecho muy conocido en Limache. Junto a su padre, Andrés Merello trabaja, también, con su prima y espera que más adelante el negocio siga en la familia.

¿Sus hijos seguirán el legado de los confites?
Tengo tres hijos y dos de ellos estudiaron ingeniería civil industrial. El mayor egresó hace dos años y está trabajando en Santiago y el otro se titula este año. Lo más probable es que estén un buen tiempo trabajando afuera, pero por suerte son carreras afines y espero que cuando hayan tenido otras experiencias quieran unirse a la empresa. Yo trabajé en Santiago durante quince años y volví, fue una excelente decisión y estoy muy contento con todo lo que hemos logrado.

¿Nunca estuvo la idea de irse de la región?
Hace unos veinte o veinticinco años atrás, probablemente nuestro único destino era irnos a Santiago, porque allá estaban nuestros principales clientes y centros de distribución, pero hoy día tiene más ventajas que desventajas el estar en Limache y en esta región. Primero, porque las redes de comunicación te permiten estar conectado. Segundo, con la red de carreteras que tenemos mandamos vehículos y camiones todos los días a la capital y nos demoramos muy poco. Y el tercer elemento es la mano de obra, que creo que es mucho más sana y productiva.

¿En qué sentido?
El hecho de que nuestros trabajadores no tengan que viajar a sus casas media, una o dos horas, les mejora su calidad de vida. Muchos de ellos viven a diez minutos de la empresa y están temprano con sus familias. A la larga eso pesa, y hace que la gente llegue con mucha mejor disposición a trabajar, un factor que en Santiago no se puede lograr.

¿Cuáles son los desafíos de mantenerse tantos años?
Afortunadamente, todos estos años hemos podido crecer. Pero, sin duda, creo que hoy día estamos enfrentando una serie de cambios que crean incertidumbre. Por un lado, cambios complicados en el tema tributario; además, vienen normas laborales que son bastante rígidas y que, a mi juicio, van atentar contra la productividad. En materia constitucional no sabemos qué va a pasar y, además, estamos ad portas de una ley durísima que está muy mal planteada.

La ley de rotulado de alimentos…
Así es y que entra en vigencia este año, pero que lamentablemente no da una señal correcta al consumidor. Hoy todos los productos traen la información de lo que contienen, pero esta ley se refiere a los “semáforos”, es decir, vamos a tener que colocar una alarma al consumidor, generalizada, porque se está haciendo en base a los cien gramos y no a la porción. Por ejemplo, si te compras una barra de chocolate, que equivale a treinta gramos, no saldrá cuánto te engordarán esos treinta sino los cien. Esta norma la vemos como una amenaza, porque viene con errores desde su origen, traerá un costo altísimo para etiquetar y para la industria en general, cosa que no ocurre en ninguna parte del mundo.

Se viene pesado el camino….
Sí, sumado a la misma situación económica, pero nosotros en ochenta y cuatro años hemos vivido y pasado de todo y seguimos en pie: terremotos, dólar fijo, dólar libre, incendios, guerras, alza y bajas de precio; azúcar con y sin banda. Al final vemos este desafío como uno más y habrá que pasarlo y seguir.

 

"La calidad de las materias primas es mejor a la que existía antes, con una serie de certificaciones, y mucho más amigables con el medio ambiente”.

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