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EDICIÓN | Noviembre 2015

The Walk

Por Maximiliano Mills / www.maxmills.com
The Walk

En agosto 7 de 1974 y después del amanecer, Petit partió caminando desde la torre sur sobre su cable de acero. Tenía veinticuatro años. Y lo que realizó es totalmente obligatorio de mirar aunque sufran de vértigo. Yo estuve la segunda mitad de la película acostado en la banca del cine, rígido, sudando… ¡Ni siquiera cuando vi El exorcista me tapé la cara!… aquí seguí mirando la película con los dedos entreabiertos.

Hace unos días, en Santiago subí al piso 53 de la Torre Titanium. Es una obra maravillosa, robusta y de gran estampa, siendo bastante más icónica que su fantasmagórico vecino-lapicera. Pero cada vez que me acercaba al ventanal mi respiración se aceleraba, paralizándome. No tengo problemas con volar —me he subido a un parapente, un globo y un planeador—, pero estar a gran altura sin desplazamiento me supera. Contemplé la capital de Chile en 180° y miré hacia abajo edificios que en mi niñez consideraba unos gigantes. En este momento recuerdo que estoy en la exacta mitad de la altura que tenían las Torres Gemelas de Nueva York, teniendo un racconto de cuando las visité en 1994. Tampoco esa vez recuerdo haberme sentido cómodo a semejante altura, aunque la vista con la silueta de la ciudad sigue estando entre mis mayores recuerdos. Por esta razón, no le di credibilidad esa vez que HBO anunciaba la exhibición del documental Man on Wire… “¿de qué se tratará? Eso es imposible, pensé”. Al final no lo vi porque estaba de viaje, pero cuando ahora comencé a ver la promoción de The Walk me convencí de que sí había existido un loco rematado que cruzó las Torres Gemelas caminando sobre un cable de acero que las unía.

El francés Philippe Petit es un funámbulo por disciplina y celebridad legendaria debido a su “paseo”. Man on Wire, de James Marsh, ganó el Óscar al mejor documental 2008. Ahora dirigida por Robert Zemeckis y con Joseph Gordon-Lewitt como Petit, nos llega en formato de película narrando una historia que me provoca risas de incredulidad cada vez que pienso en ella y repito con auto convencimiento: “¡esto no pudo haber pasado!” Eso sí, antes de ir al cine y con deliberación, me negué a buscar información sobre la hazaña. Solo sabría que no murió en el intento. Aunque mi intriga mayor provenía de la pregunta… “¿cómo logró colocar el cable entre las dos torres sin permiso”? Creo que esta es la verdadera historia de Petit. Caminar fue solo un detalle de su éxtasis privado. Durante meses de observación, espionaje, fotografías y utilizando maquetas a escala supo el aparejo que necesitaba para la caminata. Ingresaba con sus secuaces de apoyo haciéndose pasar por contratistas y, a veces, se ocultó en la azotea para verificar la intensidad del viento. Se vistieron con trajes iguales a los obreros, ejecutivos e ingenieros que circulaban por la torres, ingresando decenas de veces y anotando sus horarios de trabajo. Seis años de planificación tomó realizar el “crimen artístico del siglo”, el que además, y por única vez, unió a las Torres Gemelas a 417 metros de altura. En agosto 7 de 1974 y después del amanecer, Petit partió caminando desde la torre sur sobre su cable de acero. Tenía veinticuatro años. Y lo que realizó es totalmente obligatorio de mirar aunque sufran de vértigo. Yo estuve la segunda mitad de la película acostado en la banca del cine, rígido, sudando… ¡Ni siquiera cuando vi El exorcista me tape la cara!… aquí seguí mirando la película con los dedos entreabiertos.

Esta debe ser —quizás— la primera película que usa la pantalla verde en tres dimensiones, recreando la visión que tuvo Petit cuando hizo la reverencia, entregando un realismo que sobrecoge y marea cuando este mira Nueva York para abajo. Pero la intervención artística de Petit hoy día tiene implicancias bastante más existenciales desde que se acuñó el concepto “deportes extremos”. Petit estableció un límite humillando sin querer a todo el resto de la humanidad ¿ejemplos? El escuadrón de atletas extremos de Red Bull ahora parecen niñitos jugando en la plaza, sin importar lo que hagan buscando el reconocimiento ni el cheque de sus auspiciadores. Petit no tuvo empresas que le pagaran los gastos o un equipo de ingenieros calculando los detalles de factibilidad. Ni kinesiólogos masajeando sus piernas antes de cruzar, ni los consejos de un agente o la supervisión de un ejército de relacionadores públicos. Tampoco sabía si sería enviado a la cárcel. Y para distanciarse eternamente de nosotros, simples humanos y mortales ¡no usó arnés de seguridad!

Vi el documental, vi la película y ahora escribo esta columna… y me vuelvo a reír con incredulidad pensando que esto sí ocurrió pero aún no lo creo… solo ha sido reafirmado por Petit esa frase que dice “la aventura podrá ser loca pero el aventurero para llevarla a cabo ha de ser cuerdo”.

 

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