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EDICIÓN | Octubre 2014

Puerto salitrero para aventureros

Caleta Buena

Asombrados por la inmensidad del paisaje más se admira ese asentamiento que desde 1890 hasta 1929 fue un centro lleno de vida, en apenas una ceja de 800 m de largo y no más de 100 de ancho, donde hubo un puerto pujante, donde nacieron muchos caletinos, entre ellos, en 1912, el famoso boxeador Arturo Godoy.

 

texto y fotografía Juan Vásquez T.

Ese halo de misterio y difícil accesibilidad que rodea a Caleta Buena, la llena de un encanto especial, que funciona como imán para los amantes de la historia o del trekking y la aventura, que aspiran a llegar hasta este ex puerto salitrero, distante apenas cuarenta kilómetros al norte de Iquique.

Para llegar a este enigmático puerto, se puede tomar el camino que sale desde Alto Hospicio en dirección al Alto Caleta Buena, lo cual, salvo inconvenientes menores, no ofrece mayores complicaciones, llegando en una hora hasta una planicie donde se ubicaba todo un poblado, donde partía y llegaba el Ferrocarril de Agua Santa y donde los andariveles tenían sus estaciones para bajar a Caleta Buena, cuya existencia fue breve, pero intensa.

Pero si se quiere emprender desde el Alto hacia ese puerto que se divisa a la distancia, como una ceja de ruinas junto al mar inmenso, desde esas cumbres que superan los mil metros de altura, hablamos de un descenso que llevará no menos de cuatro horas de caminata y otras cinco o seis para volver a ascender, entre las abruptas paredes de la Cordillera de la Costa.

Otra desafiante alternativa es llegar por mar, sin que existan itinerarios regulares de naves de turismo, aunque empresarios como Allan Walton, de Nautitur, esté dispuesto a emprender algún viaje especial. Pero estamos en abril, un mes movido en este territorio, lo cual no hace sino más motivante la experiencia y la posibilidad llegar desde Directemar.

Con dos nóveles historiadores, madrugamos para abordar el LSG “Iquique” y emprender con rumbo norte, llamando de inmediato la atención el cambio radical en la fisonomía del borde costero, que aquí toma mayores alturas, concluyendo sin término medio en el mar. Algunas escasas planicies apenas alcanzan a ser excepción, mientras el sol que sí supera los cerros, asoma en espléndido amanecer.

EL DESEMBARCO

Después de una hora y fracción ya estamos frente a Caleta Buena. Desde el LSG “Iquique” se descuelga un zodiac, que nos aproximará y buscará un lugar propicio para nuestro desembarco, en un mar movido y donde sólo algunos roqueríos próximos a los que fueron los estanques de petróleo, resultan relativamente seguros.

Así que sólo queda saltar y aferrarse con equipos fotográficos y de terreno a las rocas, para luego encaramarse al verdadero muro que constituía la base de esos estanques. Hay un desembarcadero más fácil a unos dos kilómetros al norte, en Punta Rabo de Ballena, pero la idea es llegar directo al pretendido puerto menor del salitre y sus golpeadas osamentas.

Asombrados por la inmensidad del paisaje más se admira ese asentamiento que desde 1890 hasta 1929 fue un centro lleno de vida, en apenas una ceja de 800 m de largo y no más de 100 de ancho, donde hubo un puerto pujante, donde nacieron muchos caletinos, entre ellos, en 1912, el famoso Arturo Godoy, boxeador que disputara el título mundial de los pesos pesados nada menos que a Joe Louis.

Nuestro primer recorrido de norte a sur es donde se situaban la fragua, las calderas, las maestranzas, los corrales, todo derruido y reconocible por su ubicación en planos y por Google Earth.

LA HISTORIA

Hacia el este, a unos treinta kilómetros de distancia, se había construido una de las mayores oficinas salitreras de la época, en que por primera vez se había aplicado el Sistema Shanks por don Santiago Humberstone. Esta oficina se llamaba Agua Santa, propiedad de Campbell, Outram y Cía., desde 1874, que luego se convierte en la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Agua Santa, en 1890.

El mismo don Santiago se dedicó a buscar un lugar adecuado en ese complicado litoral para embarcar el salitre, construyendo un camino que termina llegando al Alto Caleta Buena, donde, además, proyectará la construcción de andariveles o ascensores, para llevar el salitre y los insumos necesarios hasta el naciente puerto.

El poblado fue creciendo al ritmo de los embarques de salitre, proyectándose entonces la construcción del Ferrocarril de Agua Santa, que cuando se amplía cubrió los cantones de Negreiros y de Huara. Asimismo, se construyeron nuevos andariveles, que llegaron a cuatro, utilizándose tanto para carga como para pasajeros.

El pueblo llegó a tener escuela, cuartel de policía, iglesia, su administración y un teatro. Fue precisamente en el teatro donde comienza el fin de esta caleta. Fue un domingo de febrero de 1929 cuando se inflamó la película que se exhibía y que inició un incendio incontrolable que acabó con 4/5 de las viviendas e instalaciones. Las que lograron mantenerse, fueron devastadas por un aluvión luego de las inusuales lluvias de 1940, en esta zona de tan escas precipitaciones. Y Caleta Buena, lo pudimos constatar, se localiza en la “desembocadura” natural de las serranías de la cordillera costera.

Seguimos nuestras andanzas y llama la atención la playa de cantos rodados de diversos colores, relucientes por el mar que los hace bramar. De la calle Prat, la principal del poblado, sólo quedan algunas paredes y cimientos en los que alcanzamos a identificar los principales edificios y el recorrido que hacía un tren de trocha angosta por el poblado y hacia la zona de embarques.

Ningún ser humano en kilómetros a la redonda. Ni pescadores o “algueros”, que extraen el huiro, algún ermitaño... nadie. Sólo nos acompañan las aves marinas, algunas “iguanas” que vigilan cada movimiento que realizamos, mientras que entre los roqueríos nada un simpático “chungungo”, una nutria de mar y la hermosura de dos patos liles.

Subimos unas centenas de metros para llegar hasta el devastado Barrio Bellavista, que salvó del incendió pero colapsó con el aluvión. Impresiona haberlo divisado en fotografías de época y verlo todo hecho fragmentos. Al lado norte, una cancha de fútbol: es inevitable imaginar lo trabajoso que debió ser el “ir por la pelota”, cuando esta caía y llegaba hasta el bajo.

A media altura se halla el cementerio. Salvó de las vicisitudes, pero no del despojo, de la transgresión irrespetuosa de los saqueadores, hallándose muchas de sus tumbas alteradas y hasta curiosamente dañadas. El Mausoleo de la “Bomba de Caleta Buena” llama la atención, por su estructura y por los daños recibidos. Igual queda mucho que apreciar en esa especial arquitectura que fue parte del ritual funerario de los caletinos.

Las tumbas más importantes guardan los nombres para la memoria. En las más humildes, hacia el norte del camposanto, las cruces de madera ya han perdido la inscripción y la identificación de quien allí descansa.

La vista es magnífica. La belleza del litoral, incluso lo abrupto de este, con ese remanso demasiado exiguo que es la caleta, impresiona los sentidos. Sí, Caleta Buena es un lugar especial, lleno de sorpresas, que guarda momentos de dolor, pero también de la alegría de quienes allí vivieron y que con su historia es capaz de trasladar en el tiempo o quedarse con su belleza escénica.

Entre tantos detalles y aspectos llaman la atención las configuradas baldosas de la que fue la Casa Administración. Y, por supuesto, los trazados de los andariveles.

Ya comienza a atardecer. En cualquier momento la LSG “Iquique” nos pasará a buscar, esperamos, porque los cerros parecen cimbrarse hacia nosotros mientras cae el sol. Oteamos el horizonte, hasta que aparece la nave y se dispone el embarco en el mismo punto. Esta vez la maniobra fue más fácil y con hambre y sed a cuestas, abordamos para retornar a Iquique. Vamos plenos de fotografías y de vivencias en uno de esos lugares a lo que uno siempre quiere llegar y resulta formidable decir, allí estuve, lo recorrí y reconocí las historias que escuché cuando niño y muchos de sus espacios que son parte de este desierto y su conjunción con el mar.

 

La vista es magnífica. La belleza del litoral, incluso lo abrupto de este, con ese remanso demasiado exiguo que es la caleta, impresiona los sentidos.

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