Tell Magazine

Columnas » Cine Paralelo

EDICIÓN | Junio 2014

Argo

Por Maximiliano Mills / www.betweencliffsandairports.com
Argo
Argo es una historia difícil de creer que ocurrió en la realidad. En serio. Quizás por esto ganó el Oscar a “Mejor Película 2013”. Su gestación es tan descabellada que cuando me enteré de qué se trataba pensé que era una equivocación del artículo en el diario. La acabo de volver a ver en HBO y me cuesta aceptarlo. El premio es terminar la película afirmando “a veces la solución más irrealizable es la más factible”.
En cuanto supe que era dirigida y protagonizada por Ben Affleck me negué a entregarle mi combinación de tiempo+dinero a un tipo que no actúa… ¡él es así! Pero cuando llegó al cable me lancé de cabeza a verla ¿Por qué? Seguí de cerca el secuestro de los funcionarios de la embajada norteamericana en Irán durante los cuatrocientos cuarenta y cuatro días que duró. Claro que por los diarios, radio y TV. Sin la inmediatez que hoy día entregarían Twitter, YouTube, Facebook, Instagram o CNN. Fueron días tristes y en suspenso, cuando se oían frecuentes plegarias que clamaban por una solución basada en la paz.
 
A pesar de su inmunidad diplomática, el 4 de noviembre de 1979, furiosos estudiantes iraníes ingresaron en la embajada de E.E.U.U. como represalia porque este país dio asilo al Sha Reza Pahlavi. El asalto captura a cincuenta y dos funcionarios, pero otros seis alcanzan a huir hasta la casa del embajador de Canadá sin que nadie se dé cuenta. Aquí la CIA recurre a su mejor “extractor”, Tony Méndez, para comenzar a diseñar el plan de rescate. Todos parecen riesgosos y fácilmente detectables, hasta que a Méndez se le ocurre una idea: crear una productora de pantalla y embarcarse en el rodaje de Argo, una película de ciencia ficción parecida a Star Wars para así poder sacar a los seis norteamericanos de Irán. La necesidad de escenarios exóticos justificaría la razón de filmar allá durante los días más complicados de la revolución del Ayatolá Jomeini, dándole sentido a que un grupo de cineastas canadienses visitara Teherán para efectuar una evaluación de factibilidad en su pre producción. Todo reforzado previamente con las presentaciones habituales de Hollywood en California; contratando actores conocidos, dando conferencias de prensa y pagando publicidad de una página en diarios y revistas. La mejor fachada que el gobierno autorizara a montar, incluyendo “reclutar” al productor Lester Siegel.
 
Recuerdo de manera vívida cómo seguíamos y comentábamos en el colegio los acontecimientos durante esos cuatrocientos cuarenta y cuatro días. Pero nunca nos enteramos de estos “otros” rehenes que se encontraban en un universo paralelo. En realidad, nadie se enteró hasta que Clinton desclasificó los documentos CIA, en 1997, y Antonio J. Méndez pudo publicar su libro The Master of Disguise. Los seis diplomáticos fueron sacados de Irán, en febrero de 1980, antes de la operación Garra de Águila en abril, donde E.E.U.U., intentando replicar el rescate de rehenes que efectuó Israel en 1976 en el aeropuerto de Entebbe, en Uganda, tuvo un fracaso total y quedó humillado internacionalmente. La crisis de los rehenes en Irán terminó el 20 de enero de 1981 cuando los cincuenta y dos funcionarios diplomáticos fueron regresados a E.E.U.U. Nunca olvidé cuando en una entrevista uno de ellos contó en un diario: “yo soy un diplomático y creo en la paz, pero si me encuentro con mi torturador lo mato”.
 
No hubiera premiado Argo como la película del año por estar basada en la historia reciente, pero su sobresaliente y rigurosa ambientación setentera te transporta a la revolución, te asfixia con los miedos del fanatismo religioso y te sumerge en la claustrofóbica atmósfera de la persecución. Es una producción fílmica complicada —para admirar y aprender— con centenares de extras, varias escenas en exteriores y utilizando espacios públicos como aeropuertos, mercados y avenidas. El único que desentona aquí es su propio gestor, Ben Affleck, la verdadera negación de ser un actor. Pero Argo se transforma en clásico instantáneo al agregarle humor sorpresivo donde menos se espera; con sus diálogos dentro de las oficinas centrales de la CIA. De antología es la escena cuando no pueden conseguir el nombre del colegio donde estudian los hijos del secretario de Estado, entonces el director grita como un mantra “¡¡¡We are the f@cking CIA!!!”.
 

Otras Columnas

» Ver todas las Columnas


OPINA

  • Verificación Anti SPAM, Ingrese el resultado de la siguiente operación9+1+3   =