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EDICIÓN | Marzo 2014

Transformers

Por Maximiliano Mills / www.betweencliffsandairports.com
Transformers
El cine nunca ha vuelto a ser el mismo después de la llegada de los Transformers. Su nivel de prolijidad, detalles,
perfección, acuciosidad, coreografías, estética y humana credibilidad con estos autos transformados en humanos, lanzó las posibilidades del cine del siglo XXI hacia toda una nueva veta de expansión visual, impensable hace solo unos años.
En la historia del cine hay tres hitos definidos: la primera película con audio, The Jazz Singer de 1927; los sólidos cimientos visuales de Citizen Kane, en 1941, y la tridimensionalidad de Avatar el 2009 (3D mejorado, pues esta técnica data desde la primera película 3D en color, Zum Greifen Nah, de 1937). Coincido con los dos primeros hitos, pero para mí la verdadera tercera ola del cine es la película Transformers, de 2007. La vi primero en el computador de un amigo de paso por Chile, y acabó con uno de mis pasatiempos cinéfilos favoritos: descubrir los errores cuando se juntan en la misma pantalla actores humanos con actores creados por efectos especiales. En los tiempos previos, ocupando la pantalla azul la técnica era perfecta y casi imperceptible en el cine, pero la misma película observada en televisión delataba esas auras extrañas alrededor de Godzilla, una
alienígena o el mismo Chapulín Colorado.
 
Soy contemporáneo de Transformers —aunque nunca fui fanático ni compré sus juguetes— y recuerdo a mediados de los ochenta llegar a ver, después de clases, su serie animada japonesa en la TV. El ingenio exhibido para idear la compleja mutación de piezas metálicas provenientes de una inexpresiva carrocería de auto en un gigante con sentimientos y morfología humana, aún no deja de sorprenderme. Tanto así que jamás pensé que esta película podría ser llevada algún día al cine… lo creía imposible… ¿cómo hacer que no se note un robot Decepticon parado junto a una persona? Pero ese día llegó y nuevamente pensé “ah, luce perfecto porque lo vi en una pantalla de computador de catorce pulgadas”. Así que cuando un mes después Transformers llegó al cine, la fui a ver pensando en regocijarme contando y descubriendo los errores de aura imposibles de esconder, aunque ahora se utilizaran CGE (efectos generados por computadora) de avanzada y la perfeccionada pantalla de fondo verde. Desde el instante en que aparece el primer Autobot hablando con un ser humano me sentí derrotado… ¡analicé cada pieza del auto y no pude encontrar ningún error! En las sombras, las manchas y los abollones ¡nada! Memorable es la escena cuando Optimus Prime y Bumblebee se esconden en el jardín, tratando de no destruir ninguna planta ni árbol, utilizando su motricidad fina ¡la fusión visual llega a asustar y estremecer por la sublime perfección obtenida!
 
La academia confirmó mi admiración por la nueva dimensión visual que inauguran los Autobots contra los Decepticons, otorgándole tres premios Oscar por Mejor edición de sonido, Mejores efectos visuales y Mejor Sonido” (era que no). Basada en una marca de juguetes de Hasbro y una serie de animación japonesa, fue dirigida por Michael Bay y producida por Steven Spielberg. El principal ejército de programadores de CGE que trajeron a la vida a los Transformers vino de ILM, la empresa de efectos visuales de George Lucas. El guión de Roberto Orci y Alex Kurtzman es creíble e intrigante, situando a Megatron varado en el ártico y descubierto por el capitán Archibald Witwicky, para conectarlo un siglo después con su nieto Sam y los Autobots.
 
El cine nunca ha vuelto a ser el mismo después de la llegada de los Transformers. Su nivel de prolijidad, detalles, perfección, acuciosidad, coreografías, estética y humana credibilidad con estos autos transformados en humanos, lanzó las posibilidades del cine del siglo XXI hacia toda una nueva veta de expansión visual, impensable hace solo unos años. Para mí, Avatar está llena de imperfecciones, con un guión cobarde y muy distante en espíritu de ser “la” película que abrió una nueva era tecnológica en el cine. ¡Transformers sí que lo hizo! Y el reconocimiento se vio en los setecientos millones de dólares que recaudó. Lamentable, sí, es ver cómo productores “mercachifles” escudriñaron en la misma veta para filmar megalómanas variaciones de la idea japonesa original: robots gigantes peleando cuerpo a cuerpo, como las películas Real Steel (2011) y Pacific Rim (2013). No sé si Spielberg o ILM patentaron los programas que fueron creados para Transformers o los dejaron en código abierto, pero sí seré un agradecido infinito por habernos traído esta nueva frescura estética y plástica, inaugurando de verdad el cine del tercer milenio con artesanos imaginativos que modelan criaturas impensables.
 

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