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EDICIÓN | Enero 2014

The Social Network

Por Maximiliano Mills / www.betweencliffsandairports.com
The Social Network

Cuando supe de qué se trataba su guión, me asustó ir al cine, pues este mezcla tres áreas desconocidas y áridas que evito: los negocios de alta complejidad, el lenguaje binario de los programadores con sus fríos algoritmos y los litigios judiciales.

Esta es una película monumental y entretenida. Pertenece al selecto grupo que habita en mi computador ¿Razones? Por lo didáctico y afable con que aborda la línea de tiempo sin marear.
 
Por lo digeribles y atractivos que son los continuos raccontos que estructuran su esqueleto narrativo. Si le agregamos la pesadilla de edición que debe haber sido ensamblar las escenas de los gemelos Cameron y Tyler Winklevoss —encarnados por un solo actor, Armie Hammer— más el encanto de hacer interesantes los dos despiadados comparendos judiciales contra Mark Zuckerberg, finalizando con el complicado “trío” de negocios que este creo junto a Eduardo Saverin y Sean Parker. Esta película estaba destinada al fracaso con una receta compleja, soporífera y ajena para todos los que no han emprendido un negocio y/o que nunca han prendido un computador.
 
Cuando supe de qué se trataba su guión, me asustó ir al cine, pues este mezcla tres áreas desconocidas y áridas que evito: los negocios de alta complejidad, el lenguaje binario de los programadores con sus fríos algoritmos y los litigios judiciales. Pero la apertura inicial situada en el año 2003 te atrapa de inmediato, con una lección para todas las mujeres que van a una primera cita, dejando claro cuál fue el combustible que desencadenó ese fenómeno del nuevo siglo llamado Facebook. Desechado por torpeza social, Zuckerberg idea una venganza en línea que le vale el desprecio y el rechazo de las alumnas de Harvard, además de seis meses condicional por haber colapsado su red privada de computadores. Pero esto se transforma en una prestigiosa presentación dentro de Harvard y es contactado por los Winklevoss para que Zuckerberg desarrolle su idea original de una red similar a Facebook, pero solo para la reducida elite de la universidad.
 
No siendo un director sobresaliente antes de TSN, el director David Fincher llega aquí al primer pináculo de su carrera. Narrando en paralelo dos querellas por derechos de propiedad industrial, más la soledad del emprendedor, una historia de amor enternecedora, la traición practicada por omisión y la arrogancia de haber nacido en cuna de oro es una fórmula de la cual muy pocos directores pueden salir bien parados. Aquí el aporte al guión adaptado (del libro Multimillonarios por accidente de Ben Mezrich) que realiza Aaron Sorkin es fundamental por lo clarificador e intrigante. Dimensión aparte es la actuación de Justin Timberlake, en el que sea probablemente el personaje más honesto de su carrera, imbuyéndose de la turbia y arrolladora personalidad del fundador de Napster, Sean Parker. Este fue decisivo en convencer a Zuckerberg que debía abandonar Harvard e instalarse en Palo Alto, California.
 
Ambos comparendos son entretenidos hasta el hartazgo, con intercambio de frases brillantes e irónicas, sobre todo viniendo de las déspotas personalidades de los Winklevoss versus Zuckerberg, quien no duda en humillar al que ose enfrentarlo dentro del terreno del código binario, creando los mismos anticuerpos y rechazo que en su época juvenil causaron Steve Jobs y Bill Gates. En la querella de Saverin versus Zuckerberg es imposible no apoyar el gigantesco hachazo por la espalda que recibió al diluirse intencionalmente su participación en Facebook de un 34% a un 0,03%. Saverin ganó el litigio, concediéndole el tribunal un 7% de propiedad y el derecho a ser mencionado como cofundador de Facebook (hoy valorado en Usd 2.910 millones).
 
La escena final es para colocarla en el altar de las paradojas: Marylin Delpy, abogada especialista en selección de jurado primero rechaza una invitación de Zuckerberg a cenar; luego le explica que por “testimonio emocional” perdería el caso de entrada con los miembros del jurado y finalmente le dice en su cara “tú no eres un idiota, solo te esfuerzas en serlo. Pero no te preocupes. Llega a un acuerdo y lo que pagues considéralo una multa de tránsito”. Zuckerberg replica “yo solo estaba borracho, enojado y fui estúpido... y me puse a bloggear” ¿Quién hubiera pensado que estos son los ingredientes antropológicos que engendraron el experimento social más fundamental del tercer milenio?
 

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